Los Sabios del antiguo Egipto
De Imhotep a Hermes Trimegisto, faraones, sacerdotes,
arquitectos y escribas que forjaron una civilización
IntroducciónUna
vez descifrados los jeroglíficos por Champollion, en 1822, los estudiosos han
tenido acceso a un inmenso tesoro: los textos egipcios grabados en piedra, preservados
en papiros y otros soportes. A partir de esta abundante documentación fue
posible escribir la historia del Antiguo Egipto, centrada en la cronología y en
acontecimientos más o menos confirmados.
Esta
visión no era la de los antiguos egipcios, que basaban su civilización en un valor
fundamental: la sabiduría.
Aun
cuando este término ya no significa nada para la mayor parte de los filósofos contemporáneos,
resulta
ser una clave básica para apreciar la epopeya de los constructores de pirámides,
de templos y de moradas de eternidad cuya belleza fascina todavía al mundo
entero.
Durante
más de tres milenios el ideal de sabiduría de los antiguos egipcios no ha variado.
De Imhotep, el creador de la pirámide escalonada de Saqqara, a Hermes Trimegisto,
el último maestro del pensamiento esotérico, los sabios sucedieron a los sabios
y transmitieron sus enseñanzas de generación en generación.
Algunos
eran faraones, otros no; todos poseían la cualidad de «halcón», es decir, una
visión profunda de lo real, una percepción intuitiva de los secretos de la creación
y la capacidad de acceder al conocimiento. ¿El sabio no es, acaso, «aquél que
encuentra la palabra que falta», esa palabra perdida sin la cual el mundo se hace
incomprensible y el destino del hombre, absurdo?
En
compañía del faraón, símbolo del gran templo,
varios consejos de sabios dirigían
los asuntos del reino; y el propio faraón, lejos de restringirse a una simple actividad
de hombre de poder o de personaje político, debía consolidarse como sabio, ejerciendo
una inteligencia ligada a la armonía del cosmos. Servidor de los dioses y de su
pueblo, era también su guía espiritual.
El
alma de los dioses declarados «veraces de voz» residía en el cielo en compañía
de las estrellas, trazando un camino hacia la eternidad. La
sabiduría es indisociable del respeto y de la práctica de Maat, la Regla creada por
la luz divina. Maat es la rectitud, la verdad, la justicia y la armonía, fuera
de las cuales la existencia terrenal se convierte en un infierno. Y Maat está
ligada a la función real que, al transmitir la luz del origen, permite a los
dioses residir en este mundo.
La
Regla de Maat excluye el fanatismo, el dogma y los libros llamados «sagrados»
que imponen una verdad absoluta y definitiva. Sin cesar, los sabios de Egipto
remodelan y reformulan el pensamiento y los rituales con el fin de mantener un
nexo vivo con las potencias creadoras.
Pierre
Nora constataba que la memoria, es decir, la Historia, había sustituido a lo sagrado. Ahora bien, el Egipto faraónico había abolido
la Historia, los acontecimientos y lo
anecdótico, para vivir el mito y lo sagrado. «La vida de todos los
días, incluso la más humilde y la más necesaria —escribía François Daumas—, reviste
un sentido profundo, cósmico, que nuestras civilizaciones modernas, urbanas, que
se han convertido en muy artificiales, ya no pueden ni siquiera sospechar».
Gracias
a una visión ritual que se extendía del interior del templo hasta las actividades
económicas, el tiempo profano era sustituido por la veneración de los antepasados,
el respeto de Maat y la celebración de las fiestas. «Nos hallamos en presencia
de una concepción de la creación que trata de encontrar de nuevo el primer día
en cada salida del sol, en cada nuevo año, en cada acontecimiento real e
incluso en cada aparición del rey en el trono o en el campo de batalla».
Cuando
es coronado un faraón, es de nuevo el año 1 de la creación. No hay referencia a
un dato histórico como antes o después de Cristo, pues sólo cuenta el mito de
creación que da un sentido al conjunto de las realidades, de la más espiritual a
la más material. No hay ningún texto egipcio
estrictamente histórico) pues la dimensión mítica está siempre presente. Así,
faraones de la época tardía copian la narración de batallas compuesta varios siglos
atrás. Lo que cuenta es el modelo simbólico,
la victoria de la luz sobre las tinieblas.
«Ved
las palabras divinas, y seréis sabios según los planes de los dioses». Se recomienda.
La documentación nos ofrece el testimonio de numerosos sabios, desde los orígenes
de la civilización faraónica hasta sus últimos rescoldos, y nos ha parecido
útil reí su historia recordando a poderosas personalidades y enumerando sus enseñanzas
más importantes. Así, quizá, nos acercaremos a la conciencia que tenían los
antiguos egipcios de su prodigiosa trayectoria espiritual.
IMHOTEP

Maestro de obras, escriba, mago y
sanador
Hacia
el año 2670 a. C., un extraordinario faraón, Zóser, cuyo nombre significa «el
sagrado» y «aquel cuya encarnación es más divina que la de los dioses», funda la
III Dinastía, que marca el final de una larga evolución que lleva a la emergencia
de un Egipto fundado sobre la unión de las Dos Tierras, la del norte (el Delta)
y la del sur (el valle del Nilo).
Este
faraón, de apariencia severa y autoritaria, eligió como jefe del ejecutivo a un
personaje excepcional, Imhotep, «aquél que viene en plenitud».
El
emperador le otorgó un honor fabuloso permitiéndole grabar sunombre y sus
títulos en el pedestal de la estatua que lo representa, probablemente como
escriba, depositada en el interior del recinto real de Saqqara, donde el alma
del faraón renacía eternamente. Dicho de otro modo, Imhotep se hallaba
asociado, así, a la eternidad real.
Situada
en una de las capillas que bordeaban la columnata de entrada de este inmenso
templo del más allá, esta estatua evocaba la amistad profunda que unía al faraón
con su primer ministro, considerado como hermano suyo y su álter ego.
¿Qué
nos enseñan las inscripciones de este sorprendente monumento
sobre la carrera de Imhotep? En un principio
fue artesano, especialista en la difícil fabricación de jarrones de piedra, y carpintero
al servicio de una vieja institución que le permitió dirigir equipos de
técnicos y gestionar expediciones de productos destinados al palacio real.
Responsable de los constructores y de su material, el soberano se fijó en
Imhotep, al que elevó a la dignidad de maestro y director de las obras.
Convertido en «primero por debajo del rey» y administrador del palacio, Imhotep
fue iniciado en los misterios revelados en Heliópolis, la ciudad santa más
antigua del país, y accedió a la función de gran vidente.
Una
carrera notable, que indicaba un rasgo de genio: la invención del arte de construir
con piedras talladas. Sin duda, antes de Imhotep conocemos construcciones o edificios
de piedra, pero estas obras son modestas ante el vasto conjunto de Saqqara.
Debido al impulso que dio a la arquitectura egipcia, Imhotep se convertirá en
maestro de obras por excelencia y será considerado el creador del plano de
todos los templos. Al frente de un «clero de iniciados», según la expresión de
Lauer, este genio redactó el «libro de la planificación del trabajo del
templo», proporcionando el conjunto de reglas de construcción, simbólicas y
técnicas al mismo tiempo.
Si
este libro se ha perdido, la gran obra de Imhotep ha traspasado los siglos, y
la pirámide escalonada,
madre de todas las otras, continúa dominando
en el sitio de Saqqara, la necrópolis de Menfis, capital del Egipto del Imperio
Antiguo, no lejos de El Cairo.
Saqqara
fue el libro de piedra de Imhotep, destinado a traducir de manera concreta el pensamiento del Rey-Dios,
Zóser. «El cielo vive en este lugar —firma el texto—, la luz divina se eleva de
él».
Saqqara:
lugar totalmente formado por la mano de los constructores, como más tarde
lo será la meseta de Gizeh. Saqqara, quince hectáreas, en forma de cuadrado doble,
el «cuadrado largo» (227 metros de este a oeste, 544 metros de norte a sur), símbolos
por excelencia del espacio de creación. Ya
desde la entrada del lugar sagrado, una sorpresa: una sola puerta de piedra,
¡abierta para siempre! He aquí el único acceso de un gigantesco recinto que
comprende 211 bastiones. Un muro de 10 metros de altura impedía que las miradas
profanas manchasen los misterios que se llevaban a cabo en estos lugares.
Sólo
el ser espiritual del faraón, el ka, su potencia creadora, podía pasar por esta
abertura. Utilizaba un camino estrecho, bordeado de capillas, antes de alcanzar
el vasto patio, símbolo del pantano original del que nacían todas las formas de
vida.
Identificado
con el sol, el rey recorría el espacio a grandes pasos, y tomaba posesión del
cielo y de la tierra. Uniendo el norte y el sur, reuniendo a la totalidad de
las divinidades con ocasión de su fiesta de regeneración, el soberano
contemplaba la luz creadora bajo forma de una escalera de piedra, la pirámide
escalonada que le permitía subir hacia el más allá y volver a bajar hacia el
bajo mundo con el fin de sacralizarlo.
Contrariamente
a lo que incansablemente se repite en numerosas obras, Imhotep no acumuló
bancos de piedra unos sobre otros a ciegas, sin saber adónde iba. Como afirma
Rainer Stadelmann, la pirámide de seis escalones fue concebida así ya desde el
comienzo de las obras.
¿Una
tumba, en el sentido moderno del término? Sin duda, no. Los apartamentos subterráneos
de Saqqara son el palacio del ka real y no el sepulcro destinado a un cadáver.
Allí vivía eternamente el cuerpo de luz de Zóser, al que se ve realizar el recorrido
de la regeneración, testimonio de su imperecedero vigor. En contacto permanente con lo invisible, el
rey renace de este rito, en medio de azulejos azules ritmados por los pilares
que simbolizan la resurrección de Osiris, vencedor de la muerte.
En
las galerías de este palacio subterráneo, miles de ánforas, platos y cuencos de
piedra, indispensables para celebrar el perpetuo banquete. El aspecto sutil de
los alimentos se ofrecía al alma del monarca, que bogaba más allá del tiempo y
del espacio. No había frontera, ni obstáculo, sino una fiesta en la que se
afirmaba la alegría de vivir para la eternidad.
Saqqara
fue el «acontecimiento» de la vida de Imhotep. No poseemos ningún documento
referente a su gestión de un Egipto sereno y poderoso, a excepción de una curiosa
estela en la punta meridional de la isla de Sehel, al sur de Asuán, sin duda de
la época tolemaica, mucho después de la desaparición física del sabio. Según
este texto, tras siete años de crecidas insuficientes, una hambruna habría
amenazado al país en el año XVIII del reinado de Zóser. Preocupado por el bienestar de la población,
el rey recurrió al único sabio capaz de resolver este angustioso problema: Imhotep.
Cuestión
fundamental: ¿dónde nace el Nilo? Para obtener la respuesta hubo que consultar
los archivos de la Casa de la Vida. Y la respuesta fue clara: el río nutricio surgía
en una caverna de Elefantina donde residía el dios Jnum, el alfarero con cabeza
de carnero que el monarca vio en sueños. Allí se hallaba «el comienzo del
comienzo, la sede de la luz divina. Dulzura
de vivir es el nombre de su morada».
Única solución: hacer ofrendas a Jnum para que levantase sus sandalias y
liberase una buena crecida. Así, gracias
a la intervención de Imhotep, Egipto gozó de una perfecta inundación.
Durante
el milenio que siguió a la muerte de Imhotep, su genio no fue olvidado, y se
conocen testimonios de veneración. En la época de Amenhotep III (1386-1349
a.C.) la situación evoluciona. Un texto nos dice que cada escriba, antes de
ponerse a trabajar, hace una especie de libación en honor de Imhotep. Esta
consistía en verter un poco de agua proveniente de su cangilón para celebrar el Ka
de Imhotep, santo patrono de los letrados. Y he ahí, pues, el arquitecto de
Zóser elevado al rango de maestro espiritual de los escribas y de los
ritualistas, guardián de los libros utilizados en los templos.
A
partir de la XXVI Dinastía (672-525 a. C.), numerosas estatuillas de bronce representan
al sabio Imhotep sentado, leyendo un papiro, que tiene desenrollado sobre sus
rodillas. Se toca con el casquete del dios Ptah, creador por medio del verbo, y
patrono de los artesanos, pues su pensamiento ya no es el de un ser humano,
sino el del hijo de esta divinidad.
Conociendo
el «libro de Dios» llegado del cielo y los secretos del palacio, Imhotep
se hizo muy popular en la época tolemaica. Tenía la facultad de restaurar lo que
había sido destruido y de proporcionar a sus discípulos la inteligencia de los textos
esotéricos. Dotado de una habilidad análoga
a la de Tot, regenerar alquímicamente a los servidores del dios de la
sabiduría.
Guardián
del orden y de la armonía, Imhotep fue considerado el mago por excelencia,
capaz, según las inscripciones del templo nubio de Debod, de transfigurar los
miembros del faraón y de recrear así al ser cósmico en la fuente de toda vida.
En Saqqara existía una escuela de magos bajo la égida del viejo sabio, que era
también astrónomo y astrólogo. «Arquitecto del cosmos», según la expresión de
Wildung, enseñaba el movimiento de las estrellas y el significado de los
decanatos.
Durante
la XXVI Dinastía, Imhotep fue elevado al rango de dios —otros dicen de «santo»—
venerado en todo Egipto. Puesto que podía dar la vida, al modo de la luz divina,
Ra, se celebraba la ascensión al cielo de su alma-pájaro (el (Ba) y la transformación de su individuo mortal en
ser de luz. En Menfis, en el sudoeste del templo de Ptah, se hallaba una
«ciudad de Imhotep» y en Saqqara, no lejos de la pirámide escalonada, se había
edificado un templo de Imhotep, cuyo emplazamiento exacto es desconocido.
Varios sacerdotes estaban encargados de conservar viva la memoria del sabio
celebrando un culto cotidiano por su ka.
Desde
la época de Ramsés, Khaemwaset, uno de los hijos de Ramsés II, ruega a los
dioses del sur y del oeste que se reúnan y vengan a rendir homenaje a Imhotep
el Grande, hijo de Ptah, pues se sentirán satisfechos por los actos excelentes
que éste realizó en su favor.
Un
enigma de importancia: la localización de la tumba de Imhotep. Algunos han creído
reconocerla en la gran mastaba nº 3517 (56 metros x 25 metros) que muestra la misma
orientación que la pirámide escalonada. Pero
este monumento, muy degradado, no tiene ninguna inscripción y sigue acarreando
dudas. El descubrimiento de la morada de eternidad de Imhotep, quizá intacta
bajo la arena, ¿no continúa siendo, acaso, una de las misiones de la
egiptología?
Menfis
y Saqqara no eran los únicos yacimientos que podían acoger a Imhotep, puesto
que también está presente en Karnak, donde forma una tríada con Hator y Horus-que-une-las-Dos-Tierras
y se afirma como una «manifestación maravillosa» de los dioses guardianes; en
Deir el-Medina,
en el templo de los constructores; en Edfu,
cuyo templo creó; en Elefantina, cuya Casa de la Vida está puesta bajo su protección;
en Filé, el último santuario egipcio en activo en el que se lo asocia al dios creador
Jnum-Ra. Se ofrecía incienso a Imhotep, que volaba hacia el cielo al modo de un
halcón. Alma venerable, se mezclaba con los planetas, ignorando la fatiga, y bogaba
en la barca solar, en compañía de las estrellas imperecederas.
Desde
la XIII Dinastía, en el siglo XVIII a. C., la tradición atribuyó a Imhotep poderes
curativos. Ya que ofrecía salud a todos los seres, incluso a la gente modesta, se
convirtió en patrono de los médicos. Intermediario
entre la humanidad y las divinidades, era venerado en la puerta de los templos,
frontera entre lo profano y lo sagrado. Capaz de aliviar los sufrimientos,
Imhotep se aparecía ciertos enfermos, con un libro en la mano, y les revelaba el
remedio adecuado. «Dueño de la vida, otorgador
de vida, soberano de la salud, que reanimaba a los muertos, causando el desarrollo
del huevo, yendo hacia aquéllos que lo imploran, aliviando sus dolores», Imhotep
transmitía la verdad de los dioses y curaba por orden de éstos. Renovando así
el acto creador de su padre, Ptah, restablecía la armonía del origen, mantenía
la Regla de Maat y prolongaba el plan divino.En
Deir el-Bahari, en el último santuario creado por la reina-faraón Hatshepsut, Imhotep
el sanador fue consultado en compañía de otro sabio del que volveremos a hablar.
«Sin
dormir de día ni de noche con el fin de animar el cuerpo de sus fieles»,
Imhotep actuaba de modo que los cuerpos prosperasen, y «se vivía de verlo».
Escuchando
la voz de Egipto, continuaba velando sobre éste.
La
longevidad del Imhotep sanador fue notable, pues los griegos lo convirtieron en
su Asclepios (Esculapio), dueño de la vida y de la salud, al que se atribuían curaciones
milagrosas. Esta figura de taumaturgo, de mago y de médico aparece en los textos
herméticos y perdura incluso en los tratados de alquimia árabes. El Renacimiento sigue citando a un Imhotep alquimista,
que de este modo habrá conseguido atravesar los siglos oscuros que van del fin del
Egipto faraónico al descubrimiento de la clave de lectura de los jeroglíficos.
Ni
siquiera la Revolución francesa fue capaz de destruir a Imhotep. Una de las estatuas
que lo representaban y que llevaba la inscripción «Imhotep da la vida» formaba
parte del tesoro de la abadía de Saint-Denis y debía haber sido fundida.
Milagrosamente,
pudo escapar a los revolucionarios y Alexandre Lenoir erudito interesado por
los misterios de la Antigüedad, la conservó en el Museo de los Monumentos
Franceses; después la compró un coleccionista húngaro, que la donaría al museo
de Budapest.
A
través de los tiempos, Imhotep siguió siendo el modelo de sabio egipcio.
Arquitecto,
escritor, hombre de Estado, mago, astrólogo, sanador, alquimista, practicaba
todas las ciencias sagradas con igual maestría y encarnaba, en el grado más
alto, la ley de la armonía que hizo de la era de las pirámides una edad de oro
sin igual. Constructor de una civilización sin historias y situándose
resueltamente más allá de la Historia, se convirtió, por sí mismo, en un mito cuyos
aspectos más importantes eran creación y transmisión.
SNEFRU

El constructor bienhechor
Entre
los faraones que merecen ser considerados como sabios, podrían citarse los nombres
de soberanos predinásticos y de reyes de las tres primeras dinastías, entre
ellos el de Zóser, inseparable del de su maestro de obras Imhotep. Juntos, como
hemos visto, crearon la arquitectura monumental en piedra.
Las
primeras pirámides lisas se deben a un faraón que no es suficientemente conocido.
Fundador de la IV Dinastía, hacia 2613 a. C., Snefru
nació quizá en Menat-Snefru,
«la nodriza de Snefru», localidad de la provincia XVI del Alto Egipto. La
duración de su reinado sigue discutiéndose: de veinticuatro a cuarenta y ocho años.
Al subir al trono, colocó su nombre en un óvalo, el cartucho, que simboliza «lo
que rodea a Ra», el circuito del universo.
El
nombre
de
Snefru
puede
traducirse
de
diferentes
maneras:
«el
que
hace perfecto», «el hombre de la perfección», «el hermano de la
perfección», o bien «el que lleva a cabo la perfección».
Representado como un halcón, especialmente en las
inscripciones del Sinaí, Snefru encarna todas las cualidades del dios Horus:
visión penetrante, conocimiento de las leyes celestes, facultad de elevarse por
encima de las contingencias.
Al
garantizar la paz, dominando a los nubios en el sur y a los libios en el oeste, Snefru
construye fortalezas con el fin de proteger las Dos Tierras, realiza censos de población
y de ganado, y vigila los cálculos del nivel de las crecidas, hace construir numerosos
barcos de transporte y pide a sus escultores que «traigan al mundo en el palacio»
gran cantidad de estelas y de estatuas.
A
su lado, una gran esposa real excepcional: Hetepheres, que dará a luz a Keops.
Su
sepultura, descubierta en 1925 en Gizeh, contenía un soberbio mobiliario, que ilustraba
la riqueza y el refinamiento de esta época: sarcófago de alabastro, cofre con canopes, silla
de palanquín, sillones
de madera recubiertos
de oro, jarrones alabastro que
contienen perfumes y
ungüentos, aguamaniles y
copas, barreño de cobre, brazaletes de plata.
El
poder y la prosperidad de su país son puestos por Snefru al servicio de un fenomenal programa
de construcción: ¡por
lo menos dos
pirámides gigantes, probablemente
tres, y varios templos en el Alto y Bajo Egipto! Por eso le hicieron falta
un centenar de barcos destinados a transportar los materiales necesarios. Las «ciudades
de pirámides», que acogían a los constructores, fueron exoneradas, para la eternidad,
de impuestos y tasas.
En
Seila, en la región de Fayum, una pirámide escalonada, carente de corredores interiores,
fue, quizá, la primera obra de Snefru.
En
el lado oriental, estelas; por el lado norte, un altar de alabastro. Así, pues,
se celebraban ceremonias en este lugar, y se considera a este monumento un
signo del poderío real.
Con
la pirámide de Meidum, a 80 kilómetros al sur de El Cairo, comienza la más extraordinaria
aventura arquitectónica de la historia egipcia. Primera pirámide lisa, morada
de Atum y encarnación de la Unidad, esta obra de arte simboliza el recorrido espiritual
ofrecido al alma del faraón. Templo del valle, calzada que desemboca en el templo
alto, en el que figura un pequeño laberinto, camino interior que conduce a la cámara
de resurrección: Snefru crea el modelo del «conjunto piramidal» que volverá a
ilustrar en Dahshur, al sur de Menfis, haciendo construir dos pirámides
gigantes, de 105 metros de altura, «la que parece radiante» (cuyo sobrenombre
es «la roja») y «la que aparece radiante en el sur», de doble declive (llamada
«romboidal»).
Dos
pirámides, una de dos declives, dos entradas, dos cámaras de resurrección: todo,
en Dahshur, es ilustración monumental de la dualidad creadora que Snefru lleva en
su nombre.
Contrariamente
a una teoría inexacta, ¡el maestro de obras de Snefru no cometió ningún
error de cálculo respecto al ángulo de pendiente! Más bien al contrario, el edificio fue
concebido y realizado
de manera rigurosa
con el fin
de encarnar el instante de creación en el que el Uno se
convierte en Dos para permitir el nacimiento del conjunto de las formas de
vida.
Con
sus tres pirámides, Snefru revela las tres formas de la piedra primordial, surgida
del océano de los orígenes, en el alba de la creación. La amplitud de esta obra,
su precisión, su potencia son asombrosas. El simple hecho de contemplar estos rayos
de luz petrificados y recorrer estos lugares permite oír el mensaje espiritual
de Snefru cuya intensidad no ha sido alterada por el tiempo.
Por
las Enseñanzas del visir Kagemni, Snefru era considerado «un rey bienhechor en
todo el país». Este Kagemni, que dice ser visir de Snefru, vivió en realidad al
menos dos siglos y medio después. Elevado al rango de protector de la
necrópolis de Menfis, redactó un texto del que conservamos sólo algunos
fragmentos. Esperar la sabiduría, indica Kagemni, exige evitar la presunción,
la glotonería y la ebriedad, y respetar lo que ha sido prescrito.
A
Snefru le gustaba reunirse
con los sabios
y los magos,
especialmente con Neferty, que
podía revelar los
secretos del pasado
y predecir el
porvenir. Con humildad, el
soberano tomó un
papiro y algo
con que escribir
para anotar las revelaciones del vidente. Revelaciones
realmente terroríficas: cuatro siglos después de la desaparición de Snefru se
producirá un desastre, la invasión de Egipto por asiáticos. Entonces serán
profanados los templos y la población, martirizada, pero surgirá un salvador,
es decir, un nuevo faraón que, adecuándose a la Regla de Maat, armonía celeste
y terrenal al mismo tiempo, expulsará a los invasores y restablecerá la
libertad y la prosperidad.
Por consejo
de otro mago,
Cabeza-en-Vida, Snefru dio
un paseo en
barca acompañado
de bellas sacerdotisas de Hator, de cabellos trenzados y pechos firmes, a imagen de
las diosas del
amor. Ahora bien,
la superiora de
estas remeras de excepción dejó caer al agua un colgante de
turquesa en forma de pez. La superiora era la encarnación de la diosa de oro
que podía situarse en la proa de la barca de luz y dirigir una navegación feliz
hacia los paraísos del más allá; y el rey juega el papel de Ra, que
viaja eternamente con
Hator. ¡Pero el
gozo celeste corre
el riesgo de desaparecer si no se encuentra de nuevo la
joya ritual, símbolo de resurrección! Así, pues, se impone un milagro, y el
mago lo realiza pronunciando palabras eficaces, capaces de levantar una mitad
del lago y de posarla sobre la otra mitad. Se encuentra la joya y se restituye
a la superiora de las remeras, el mago vuelve a colocar las aguas en su lugar y
la feliz navegación de la luz puede proseguir.
Debido
a la popularidad del monarca, más de una veintena de localidades se refirieron a
Snefru, considerado glorioso
antepasado al que
se debían honores divinos. Durante
la XII Dinastía
(hacia 1991-1785 a.
C.), mucho después
de la desaparición física
de este soberano
sabio y bienhechor,
se le rindió
culto y se restauró el templo de su ka, su
inalterable potencia creadora. Tras la grave crisis que había marcado el fin
del Imperio Antiguo, los soberanos del Imperio Medio veían en Snefru al faraón
ejemplar de la edad de oro, al garante de la Regla de Maat, de la justicia y de
la armonía.
En
la región menfita y en el Sinaí, el culto de Snefru permaneció en vigor hasta épocas
tardías. Y en el siglo VII de nuestra
era, el obispo Juan de Nikiu evocó los cuarenta y ocho años de reinado de un
sabio y virtuoso monarca, dotado de una energía
inagotable y de
una vigilancia a
toda prueba. Este
Snefru, cuyo nombre significa «buena nueva», reconstruyó
las ciudades y las aldeas de Egipto, restauró todo el país y le garantizó la
felicidad. Así, con este transparente nombre prestado, el faraón Snefru había
encontrado el favor de un dignatario cristiano.
HORDYEDEF

Hijo de Keops, descubridor de textos
antiguos y escritor
Algunos
privilegiados vieron la terminación de la gran pirámide que el faraón Keops hizo
edificar en la meseta de Gizeh. Entre ellos, el hijo del monarca, Hordyedef,
cuyo nombre significa «Horus, él permanece», o, dicho de otra manera, la afirmación
de la realeza celeste encarnada en la persona simbólica del dueño de las Dos
Tierras.
Servidor
de Maat, diosa de la justicia, director de 1os escribas, venerado junto al Dios
grande, Jefe de los secretos, profeta de Ra. Hordyedef fue, para los egipcios, uno
de los personajes más importantes de la época de las pirámides. Encargado de inspeccionar
los lugares sagrados de la necrópolis de Menfis, se lo consideró como un sabio
tan célebre y amado que su nombre fue tomado por numerosos dignatarios de la
región, asociándose así, mágicamente, a él.
Según una
leyenda, Hordyedef jugó
un papel esencial
con ocasión de la edificación
de la gran pirámide. Su padre, Keops, buscaba el número de cámaras secretas
del santuario de Tot, es decir, el dispositivo arquitectural de su futura obra maestra.
Hordyedef le indicó la existencia de un mago, Dyedi, de ciento diez años de edad
y dotado de un sólido apetito, pues comía cada día medio buey y quinientos panes, y
bebía un centenar
de cántaros de
cerveza. De todos
modos, ¡había que convencerle de que abandonase su
tranquilo retiro, a sus servidores y a su masajista, y que
fuese a la
corte! Fino diplomático,
Hordyedef tuvo éxito
en esta delicada misión.
Dyedi
reveló a Keops el lugar donde se hallaba un cofre de sílex, oculto en Heliópolis,
la antiquísima ciudad santa en la que se veneraba la luz. En su interior estaba
el documento que ofrecía a Keops el indispensable secreto. El mago le nunció el
nacimiento de tres
niños de un
sacerdote de Ra,
destinados a convertirse
en faraones. El mayor, futuro «grande de los videntes», aportaría el
valioso texto al constructor de la gran pirámide. Como recompensa, Hordyedef
acogió a Dyedi en su palacio y le ofreció mil panes, cien cántaros de cerveza,
un buey y cien cajas de legumbres.
Hordyedef
hizo construir su morada de eternidad al este de la gran pirámide,
y los
sacerdotes veneraron la memoria de este infatigable investigador que, al
recorrer los templos, descubrió varios textos sagrados, preservados en el Libro
para salir al día.
Así,
en Hermópolis, cuando
viajaba para inspeccionar
los santuarios, las ciudades,
los campos y las lomas de los dioses, exhumó un cofre secreto que contenía «el misterio
del imperio de los muertos», el
de las cuatro
antorchas de glorificación que
iluminan a los bienaventurados. A través de la llama viene el ojo de Horas que
salvaguarda al justo
y derriba a
sus enemigos. Desde
este momento, dispondrá del
control de las estrellas imperecederas.
En
el mismo sitio, dedicado a Tot, dueño del conocimiento, Hordyedef observó un
bloque de cuarcita incrustado de lapislázuli verdadero, bajo el pie del dios.
«Una
fuerza lo acompañaba para que llegase», se afirma; el texto de este bloque daba
al iniciado la
posibilidad de caminar
en paz sobre
las aguas tras
haber sido reconstituido y
regenerado al obtener el ojo sagrado. Y los aciertos de Hordyedef no se
limitaron a esto. Ofreció, asimismo, a la posteridad el «libro de la
transfiguración del bienaventurado en el corazón de la luz divina (Ra), hacer
que fuese poderoso junto al Creador
(Atum) y magnificado
junto a Osiris»;
este texto permite atravesar las montañas, abrir los
valles y viajar eternamente beneficiándose de la libertad de movimiento
garantizada por la luz. Y el hijo de Keops descubrió otro texto fundamental, la
«fórmula para impedir que el corazón de un ser no se oponga a él en el imperio
de los muertos».
En
efecto, con ocasión del juicio del más allá, el corazón debe ser puro, no
testimoniar contra su poseedor y no mostrarle hostilidad en presencia de
la balanza. No se trata
de un simple
órgano de carne,
sino del receptáculo de la
conciencia no sometida a la muerte. Y esta fórmula estaba inscrita en un
escarabajo de electro, colgado del cuello del difunto.
Hordyedet fue,
un escritor célebre,
autor de una Enseñanza que
se seguíaestudiando bajo
los Ramesidas y que fue
popular hasta la
época romana. Los aspirantes a
la sabiduría escuchaban
las palabras de
Hordyedef.
comparado a Imhotep. Por desgracia, no subsiste más que
un pequeño número de fragmentos de esta obra tan apreciada.
¿La felicidad?
Una parcela de
tierra inundable y
cultivable, poder pescar, alimentarse gracias al trabajo de sus
brazos, fundar una familia. Estos elementos materiales
no bastan; es necesario, asimismo, saber juzgarse a sí mismo y corregirse antes
de que lo hagan los demás. De este modo el corazón se purgara, y se actuará de forma
que nadie pueda acusar al actuante ante la divinidad.
Y el
sabio Hordyedef recomienda
construir una morada
de eternidad en la necrópolis
haciendo que este lugar sea perfecto en el corazón del occidente, la tierra de la
resurrección, pues, escribe
de manera, sorprendente,
«la casa de
la muerte pertenece a la vida».
MERESANJ

Reina, ritualista, iniciada
L a célebre meseta de
Gizeh esconde muchas riquezas mal conocidas. Así, la necrópolis del este acoge
una admirable morada de eternidad, la de la reina Meresanj, esposa del faraón
Kefrén, cuya pirámide es casi tan alta como la de Keops.
El
nombre de la reina significa «Ella ama la vida o La Viviente ama», y su tumba, casi
intacta, es de una belleza asombrosa. Textos, relieves y esculturas ensalzan a
esta mujer excepcional, iniciada en los misterios de Hator y de Tot.
Atum,
el príncipe creador, es al mismo tiempo masculino y femenino y, ya en las primeras
dinastías, una mujer podía convertirse en faraón, que es una pareja formada por
el rey y la gran esposa real. Madre y esposa de la pirámide, esta última es
Isis, el trono del que nace el soberano.
Al
penetrar en la «tumba» de Meresanj, descubrimos un lugar de vida. No hay anécdotas
sobre la existencia temporal de la soberana, pero sí la revelación de sus funciones rituales
y de su
recorrido inicia tico.
Capaz de ver
a los hermanos enemigos, Horus y Set, en el seno
del mismo ser, el faraón, la reina los reconcilia y recrea la unidad haciendo
amar a Horus, el halcón de vista aguda, portador de la luz divina.
Meresanj
fue iniciada en los misterios de la morada de la acacia en la que la muerte era
transformada en resurrección. Y nosotros tenemos el privilegio de asistir a los
episodios que vivió la reina durante su viaje hacia el conocimiento.
Etapa
capital: respirar el loto. La madre de Meresanj le revela el secreto, el de la creación,
simbolizada por esta flor que emerge del océano original. Al gozar de su perfume,
la reina adquiere la energía de la primera aurora.
Luego,
siempre acompañada por su madre, Meresanj se aventura en el corazón del
pantano primordial, fuente de múltiples formas de vida, y sacude el papiro en honor
de la diosa Hator.
Los
sonidos producidos se parecen a los que emitía el sistro, que podían disipar las
ondas negativas y rechazar las fuerzas del mal. Entonces son aniquiladas las tinieblas, y la
reina ve «todas las cosas buenas que se encuentran en el pantano». El zumbido
de los papiros encantaba a Hator, la cual hacía alegrar a la tierra. Surgiendo de
la vegetación, la diosa ofrecía a sus fieles una eterna juventud.
Hator
es Hut-hor,
«el templo de Horus». Matriz celeste, expande a través del universo esmeraldas,
malaquita y turquesa
con el fin
de formar las
estrellas. Al convertirse en una
Hator, Meresanj reactualiza la creación del mundo. Protegida
de Anubis, que le abre los caminos del más allá, la reina somete a dos animales
inquietantes, la hiena y el órix.
Habiendo salido
del desierto, detentan
una fuerza peligrosa
que el iniciado consigue dominar
para disponer de una potencia
vital purificada de
todo mal.
«Transfigurada
por el embalsamador», Meresanj preside la siembra de los cultivos: puesto en el
suelo, el grano osiriano parece morir antes de renacer. Y ricas moradas, simbolizadas
por mujeres y hombres, llevan hasta la reina inextinguibles ofrendas.
Un
conjunto de esculturas convierte a la tumba de la reina en algo aún más excepcional:
una cofradía de diez mujeres parece salir de la pared. No se trata de formas fijas,
sino la evocación
de los grados
que franquea la
reina, desde el aprendizaje hasta
la maestría. En
primer lugar, tres
personajes adolescentes y de tamaño creciente;
luego seis adultos;
finalmente, la Venerable,
con un tocado diferente del de sus Hermanas.
En
nuestra opinión, se trata, al mismo tiempo, de una comunidad de sacerdotisas y
de etapas de la iniciación de Meresanj que, al término de su recorrido, accede
al conocimiento luminoso.
«Que ella
pueda caminar en paz por
los caminos que
recorre una Venerable cuando se hace mayor, se le desea,
cuando el cumplimiento perfecto se ha producido para ella a la vista del gran
dios».
Obra
maestra del Imperio Antiguo, la tumba de la reina Meresanj revela una personalidad
de primer plano y la amplitud de la espiritualidad femenina que se vivía en
esta época.
PTAH-HOTEP

Visir, sabio y autor de éxito
La
era de las grandes pirámides se acaba. La V Dinastía ya no ve levantarse gigantescos
edificios, pero los valores de la edad de oro perduran, y bajo el reinado del
faraón Dyedkare-Izez la función de visir
es ocupada por un sabio llamado Pyah-Hotep, cuyo nombre significa «Ptah está en
su plenitud». Ptah, señor de la antigua ciudad de Menfis, es el dios de los
artesanos y da forma a la creación utilizando el Verbo. Asimismo, inspiraba a
este alto dignatario, principal colaborador del rey.
A
los ciento diez años, el visir juzgó necesario redactar las Máximas de la
palabra Cumplida,
fruto de su larga experiencia. Este texto conocerá un enorme éxito, ya que será
leído por numerosas generaciones de estudiantes y de buscadores de sabiduría.
Incluso
el
Egipto
cristiano
consultó
al
viejo
pensador,
apreciado
todavía
por
los hermetistas y resucitado en el siglo XIX cuando se halló un papiro
que contenía su obra.
Ésta
nos permite conocer la visión del mundo de un sabio dedicado al servicio de Maat,
diosa de la justicia y de la armonía, sobre las que reposa el Estado faraónico.
Levantándose
pronto por la mañana, Ptah-Hotep evita la agitación y venera a Dios pues sólo
lo que El ordena se cumple, y no las maniobras del género humano. Al que Él
guía no puede perderse, pero aquél al que priva de barca no atravesará de
manera satisfactoria el río de la vida.
Felicidad notable,
que el sabio
sabe apreciar: haberse
casado con una
mujer alegre. Al amarla
con ardor, se
ha preocupado de
hacerla feliz a
lo largo de su existencia,
de alimentarla, de vestirla, y de no provocar su cólera. Tierra fértil y luminosa,
una buena esposa es un tesoro inestimable.
Incapaces
de fundar una morada, los individuos fútiles no podrían conocer esa felicidad.
Preservarla implica no mostrarse egoísta y satisfacer a sus íntimos gracias a os
favores que asigna el destino. En caso de infelicidad, sólo los íntimos, y no
los extraños, proporcionan ayuda.
Y
Ptah-Hotep se muestra de una sorprendente modernidad al recomendar que no se
critique a los que no tienen hijos. ¿Felicitarse por tenerlos? ¡Vanidad! Hay
muchos padres y madres
infelices, mientras que
una mujer sin
hijos es más
serena que aquéllos. Dios puede
favorecer la evolución espiritual de un solitario, mientras que el jefe de un
clan familiar reza de manera ansiosa para encontrar un sucesor. Esperar a la
sabiduría no exige en absoluto una descendencia carnal.
Si
se quiere vivir en paz, hay que contentarse con lo que se posee. Así, los
dioses se
muestran generosos y los dones provienen de ellos mismos en favor de un ser desprovisto
del espíritu de posesión. Sobre todo, no nos llenemos la boca con sus eventuales riquezas,
no gemir sobre
su pasado cuando
nos convertimos en acomodados
tras haber conocido
incomodidades y no
entrar en competición
con alguien que haya seguido un recorrido idéntico. Y no confiar en la
acumulación de bienes materiales.
¿La
fuente de todos los males? La avidez. Esta enfermedad es incurable, no hay médico
que pueda erradicarla. Siembra la desgracia por sí misma y a su alrededor.
Sólo
la coherencia del corazón permite evitarla, no desperdiciar la acción justa y desarrollar la
potencia creadora. Es
necesario, pues, hacer
caso al corazón
y no escuchar al vientre.
Cuando
el visir Ptah-Hotep se presenta en el consejo del faraón, controla sus opiniones.
La mayor virtud: el silencio. El pecado capital: ser parlanchín. No habla más
que cuando es capaz de aportar una solución. Hablar, en efecto, es más difícil que
cualquier otro trabajo.
Al
ser un dirigente y un guía, Ptah-Hotep debe llevar a cabo acciones elevadas preocupándose
de sus consecuencias y sin prestar oído a las alabanzas. Así, busca toda
ocasión de mostrarse eficaz e irreprochable. La primera de sus preocupaciones es
la cohesión social basada en la justicia. Se impone satisfacerlas necesidades
vitales de la población, pues los individuos sin medios se vuelven violentos y
agresivos.
Al
presidir el tribunal de justicia, Ptah-Hotep tiene conciencia del carácter
básico de
esta institución. La conducta de un magistrado ha de ser semejante a la
rectitud de la plomada y privilegiar el escuchar. Cuando se escucha bien, la
palabra es buena Dios ama a aquél que escucha.
Asimismo, el
visir y juez
Ptah-Hotep presta atención
a las demandas.
El querellante
puede «vaciar el saco» y no sentirse por ello rechazado. En cuanto al ignorante
que no escucha, no se hará nada en su favor. Éste vive de lo que hace morir, su
alimento es el discurso retorcido, criminal y malhechor.
Ptah-Hotep
tiende a la imparcialidad; al evaluar el pro y el contra, no interpreta los
hechos según su humor o sus preferencias. Su meta consiste en impedir que el
mal triunfe y hacer
que se consolide
la justicia. «Castiga
principalmente, enseña completamente»,
decreta, pues detener al mal permite el establecimiento duradero de la
rectitud. Y todo castigo debe adaptarse al delito cometido. ¿Indulgencia? Sí, a
condición de que un culpable manifieste su rectitud, en particular no
reincidiendo.
La
exigencia básica de un gobernante: no poner una palabra en el lugar de otra y no
volverse incoherente. El arte del debate se resume con frecuencia en una máxima
simple: dejar que
se expresen los
pretenciosos y los
incompetentes, que se desvalorizarán por
sí mismos. El
sabio no presta
atención alguna al
rumor maldiciente y no se hace eco de él. Es una pesadilla que hay que
apartar de sí y de la que hay que protegerse.
Una
vez acabado el trabajo, llega el momento del banquete. En él se efectúa la circulación
del ka , la energía creadora. Las palabras pronunciadas en esta ocasión privilegiada
alegran el corazón, a condición de evitar las trampas de la seducción y de no
tener un carácter ligero. La felicidad real es reunirse con los amigos. Si hay
zonas de sombra, es conveniente disiparlas sin tardanza, y no tolerar la
hipocresía ni las evasivas, dirigiéndose directamente al amigo del que se
sospecha.
En
el atardecer de su existencia terrenal, Ptah-Hotep hace una constatación: el recuerdo
que se conserva de un buen gobernante, mucho tiempo después de haber ejercitado
el poder, es la bondad. Y él trata de transmitir su experiencia a un hijo espiritual, su
«bastón para la
vejez», capaz de
escuchar las directivas
de los antepasados. Si camina por
una mala dirección y se porta de manera vil hay que expulsarlo. Por el
contrario, si escucha las enseñanzas y actúa de manera eficaz, gozará de
múltiples beneficios.
«Que
tu corazón no sea vanidoso a causa de tu saber —recomienda Ptah-Hotep a su hijo
espiritual—; toma consejo del ignorante lo mismo que del sabio, pues nadie alcanza
los limites del arte, y no existe artesano que haya adquirido un brillo
perfecto.
Una
palabra perfecta está más oculta que la piedra verde, pero podemos encontrarla incluso
entre los siervos que trabajan en la muela».
El
deseo de Ptah-Hotep se vio satisfecho: su libro de sabiduría fue transmitido de
generación en generación y, más de cuatro milenios después de su redacción,
sigue siendo leído y estudiado. La prodigiosa civilización del tiempo de las
pirámides ha desaparecido, las palabras
de rectitud han
desafiado al tiempo
y a la
barbarie.
«Grande
es la Regla —afirma Ptah-Hotep—, duraderas son su eficacia y su precisión. Radiante,
útil es la Regla. No ha sido perturbada desde los tiempos de Osiris».
UNAS

Creador de la pirámide parlante
Último
faraón de la V Dinastía, Unas reinó en torno a treinta años. Encargado,
según uno de sus nombres, de «que las Dos Tierras fuesen verdes», tras su muerte
fue divinizado y venerado durante largo tiempo. En el siglo VIII antes de nuestra era, los faraones negros
ordenaban a sus escultores que se inspirasen en las escenas grabadas en los
monumentos a Unas.
No
hay ningún logro «histórico» en el origen de esta notoriedad, sino un conjunto arquitectónico
excepcional, algunos de cuyos elementos son todavía visibles hoy en día, en
Saqqara. Cerca del acceso actual al lugar, los vestigios del templo del valle, del
que parte una impresionante calzada, antaño cubierta, de 666 metros de longitud
y 6,70 metros de anchura. Los muros de caliza, de más de tres metros de altura,
estaban cubiertos de bajorrelieves que han desaparecido casi totalmente. No
subsisten más que algunas escenas, que representan la fabricación de ánforas,
el trabajo de los orfebres, el trueque que se practicaba en el mercado o el
transporte por barco de columnas de granito rojo, provenientes de Asuán y
destinadas al santuario real. El techo
de la calzada,
que desembocaba en
el templo alto,
estaba adornado con estrellas.
Coronaba
el conjunto la pirámide
más pequeña del Antiguo Imperio, situada en el
ángulo sudoeste de la pirámide escalonada de Zóser. La obra de Unas fue considerada
tan importante que uno de los hijos de Ramsés II la restauró.
La entrada
de esta pirámide
no se sitúa
en una de sus caras,
sino en el embaldosado. Da
acceso a un
pasillo descendente que
se hace horizontal
y nos conduce al corazón del
edificio, formado por tres piezas, entre ellas la cámara de resurrección, que
contiene el sarcófago.
Este
último es el verdadero punto de partida del viaje celeste del rey. Asimilado a una
barca, le permite pasar de la muerte a la vida cósmica.
Por
primera vez desde que los egipcios edificaban pirámides, un faraón tomó una decisión notable:
inscribir en la
piedra la tradición
oral, revelar el
ritual que se celebraba en el interior de estas matrices
de resurrección. Gracias al rey Unas, la pirámide hablaba.
Largas columnas de
jeroglíficos recubiertos de
una capa de verdiazul ofrecen el texto fundador de la
espiritualidad faraónica.
La
mayor enseñanza: la pirámide es Osiris, el cuerpo de piedra del dios asesinado y
resucitado con el que se identifica el faraón. Y es asimismo el montículo
principal, surgido del océano de energía en el alba de la creación.
Las
primeras palabras de este libro excepcional, cuyo estudio detallado necesitará todavía
prolongadas investigaciones, afirman: «El faraón no ha partido muerto, ha partido
vivo». Tras haber partido, volverá; tras haber dormido, se despertará. El rey «vive
la vida y no muere la muerte». Nacida en el tiempo, la muerte morirá; al no haber
nacido nunca, la vida no podría morir. Ahora bien, el faraón no tiene padre ni madre
entre los humanos, y no muere en la tierra entre ellos.
El
medio decisivo para consolidar los lazos del rey con el universo de las fuerzas creadoras
es la ofrenda, asimilada al ojo de Horus que permite ver la acción divina.
En
el faraón, ni un solo miembro está vacío de Dios; su cuerpo está hecho por los dioses,
él construye sus moradas, los templos.
Según
los textos de la pirámide de Unas, el secreto de la vida reside en la luz. Así,
el faraón se convierte en un ser luminoso, y por lo tanto útil, y brilla hacia
el oriente, semejante a un nuevo sol. Destinado al cielo, va y viene con la
luz, sube por ella, y toma la forma de un destello fulgurante.
«En
la tierra, se existe —se afirma—; en el cielo, se vive». Gracias al poder de
los jeroglíficos que componen este ritual de una potencia inigualable, el rey
accede a los paraísos del más
allá y recorre
el universo por
medio de incesantes
mutaciones.
Barcas,
escalera, llama, humo de incienso, aves, insectos... Utiliza múltiples medios para
tener éxito en su ascenso y permanecer en perpetuo movimiento.
Viviendo
en compañía de las estrellas imperecederas e indestructibles, el faraón se
convierte él mismo en estrella única y compañero del Verbo. Sus huesos son ya
de metal celeste, sus
miembros, de oro.
Realización de la
Gran Obra alquímica, conseguida la transmutación,
expresa el brillo de la creación.
«La
abominación de Dios es la falsedad de la palabra», por lo que el rey debe mostrarse
«veraz de voz» en función de sus actos. A él le corresponde colocar la Regla en
el lugar del desorden, la justicia en el de la injusticia, la armonía en el del
caos, la
luz en el
de las tinieblas.
Entonces, el faraón
se afirma como
la «gran palabra», en el origen
de toda vida.
De esta
visión espiritual emana
una realidad sorprendente
para nosotros, individualistas
furibundos: sólo el faraón, luz y estrella, está en contacto con las divinidades.
La plegaria personal no lleva a ningún sitio, pues el faraón es el único canal por
el que pasa el amor celeste.Asociarse al
ser real resulta,
pues, esencial. Y
existen verdaderas ciudades construidas
alrededor de la pirámide y que agrupan a sus fieles, a los que lleva hacia el
más allá. La generosidad del faraón no se limita a los miembros de su corte: él
es responsable de todo su pueblo. Pero, además, es necesario, para subir a la
barca real, haber sido reconocido como «veraz de voz» ante el tribunal de
Osiris.
La
iniciativa de Unas tuvo consecuencias duraderas, ya que los Textos de las Pirámides
sobrevivieron hasta los últimos instantes de la civilización egipcia. En primer
lugar, reyes y reinas de la VI Dinastía los hicieron grabar en el interior de
sus propias pirámides, añadiendo
variantes o nuevos
versículos; con posterioridad, algunos dignatarios fueron
autorizados a que figurasen en sus tumbas y, cuando ya no se construían
pirámides, extractos del gran libro original fueron reinterpretados e inscritos
en los sarcófagos. El célebre Libro de los Muertos, nacido en el Imperio Nuevo,
retoma elementos de los Textos de las Pirámides que los faraones de la época saíta, en los
siglos VII y VI antes de nuestra era, recuperarán. Y siguen
presentes, reinterpretados o reformulados,
en las amplias
composiciones de los
templos tolemaicos.
De acuerdo
con el grande
de los videntes,
el superior de los iniciados
de Heliópolis,
Unas decidió revelar por medio de los jeroglíficos las «palabras de los dioses»,
lo que, hasta entonces, quedaba limitado al campo de la arquitectura. En efecto, las
pirámides anteriores tenían
el mismo lenguaje,
pero por medio
de la geometría, de los números y
de las formas.
Nos
parece imposible percibir los valores de la espiritualidad faraónica y las bases
de su civilización si ignoramos el contenido de los textos de las Pirámides.
Gracias
a la morada de eternidad de Unas, podemos acceder al pensamiento de los sabios
fundadores, entre los que está Imhotep, y participamos del impulso creador de una
edad de oro, vencedora de la muerte.
ISI DE EDFU

Un sabio de provincias
Y
así hemos llegado al reinado de Teti,[41] sucesor de Unas y primer faraón de la
VI Dinastía. Éste continuó la obra iniciada por su predecesor al decorar la cámara
de resurrección de su pirámide con columnas de jeroglíficos. Fue un reinado tranquilo,
sin acontecimientos notables, en un país feliz y con un primer ministro riguroso,
el visir Isi. Era el jefe del ejecutivo, encargado de llevar a la práctica el pensamiento
del rey, que residía en Menfis, y aun así Isi estuvo muy unido a Edfu, ciudad del
Alto Egipto consagrada
al dios Horus,
protector e inspirador
de la monarquía faraónica.
Admirando la sublime estatua de Kefrén, en el museo de El Cairo, se ve que el
halcón Horus se ha posado sobre la nuca del rey y le transmite la visión
celeste, más allá del tiempo y del espacio.
El
término, ya consagrado de visir no da una idea adecuada del egipcio Chati
«el de la cortina», es decir, el que
conoce los secretos del palacio real y del arte del gobierno, «amargo como la
hiel». En jeroglíficos, el término se escribe con una cría de pájaro que pide
comida. Personaje clave del Estado, el visir debe exigir sin cesar a sus
subordinados informes exactos y completos sobre la economía, la agricultura, la
seguridad y todos los demás campos de los que el monarca le ha hecho
responsable.
¡Difícil tarea,
realmente! Isi la
desempeñó tan perfectamente
y obtuvo tantas alabanzas, como visir, juez, amigo
único y jefe de provincia, que su muerte dio comienzo a una reputación
gloriosa. Fue en Edfu, lejos de la capital, donde este alto dignatario decidió
pasar su eternidad reposando en una gran tumba, que pronto se rodeó de estelas,
de pequeñas naos y de mesas de ofrendas dedicadas a él por los habitantes de
la ciudad. Considerado
«santo visir» y
«dios viviente», Isi
será venerado durante cinco siglos.
¿Por qué
tanto respeto? Porque
Isi hizo el
bien. Deseoso de
ver su nombre alabado junto al Dios grande,
pronunció opiniones equitativas, sin disgustar a nadie.
No
contento con decir el bien, lo repitió, lo propagó y no profirió ninguna mala palabra
contra nadie. Y nadie ha podido acusarlo de haber mentido o robado.
Cuando
dirigió las sesiones del tribunal, ante la puerta del templo, Isi respetó
rigurosamente la Regla de Maat, cumpliendo la voluntad de Dios, es decir,
privilegiando la rectitud en toda ocasión.
Gobernador
de su provincia, Isi siguió escrupulosamente las directivas del faraón. Ejecutó los
trabajos que exigía
el soberano y
cuidó los templos,
morada de las divinidades cuya presencia en la tierra
garantizaba la armonía espiritual y la cohesión social.
Nombrado superior
de los sacerdotes
puros y de
los servidores del ka de
la pirámide de Unas, Isi era un escriba real que conocía el conjunto de
los ritos.
En
Edfu, capital de su provincia dio muestra de las mismas competencias. Servidor
de Horus, conocía los secretos del cielo; fiel de Osiris, percibía los de la
resurrección.
Isi
no escribió máximas como su ilustre predecesor Ptah-hotep. De todos modos, fue
el perfecto ejemplo de un sabio plenamente consciente de sus deberes y de la calidad
de la época en la que vivía. Esta sabiduría y el sentido de la responsabilidad se los
transmitió a su
hijo Qar, también
él gobernador de la provincia
de Edfu. Convertido en amigo
único, responsable de los secretos y superior del Alto Egipto, Qar se mostró
vigilante y eficaz. Como su padre, cumplió todos los trabajos del rey, controló
la circulación de los barcos por el Nilo, organizó expediciones comerciales a través
del desierto y garantizó la prosperidad de los artesanos y trabajadores.
Educado
en Menfis, como su padre Isi, Qar volvió a Edfu, a la que imprimió un gran
desarrollo sin olvidarse de dar pan al hambriento, ropa a los desheredados, de reembolsar
los préstamos a los endeudados, y de proporcionar una buena sepultura a quien
no tenía hijos. Todos los habitantes de la provincia de Edfu se beneficiaban, como
mínimo, con el pan y la leche.
Tarea prioritaria:
salvar al débil
protegiéndolo del poderoso.
El Egipto del Imperio Antiguo
no reconoce la ley del
más fuerte y
combate resueltamente la injusticia y lo arbitrario. Un detalle
sorprendente que, en nuestros días, pondría fin a numerosas ambiciones: Qar era
un gobernante acomodado que daba asistencia a sus administrados víctimas de
dificultades materiales, utilizando su fortuna personal y no recurriendo al
Estado. Si la riqueza era un don del cielo, implicaba, según la Regla de Maat,
generosidad y lucidez.
Isi de
Edfu y su
hijo Qar fueron
considerados sabios porque
asumieron sus responsabilidades
con un sentido del deber y una atención constante a los habitantes de su
provincia. Un comportamiento semejante
permite comprender mejor
la coherencia de la
sociedad del Impero
Antiguo y, más
allá de su
incontestable felicidad material, su aspiración a una sabiduría vivida,
visible y útil.
HEKA-IB

El sabio de Elefantina
Cuando
Pepi sube al trono, hacia 2278 a. C., sólo tiene seis años. Al elegirlo como
faraón, los sabios no se equivocaron, pues reinará noventa y cuatro años, ¡sin
duda un récord de longevidad para un soberano!
El
rey continuó la tradición de los Textos de las Pirámides y gobernó un país rico y
tranquilo que, sin embargo, comenzaba a verse amenazado por fuerzas exteriores.
Los libios,
eternos enemigos; los
palestinos, a quienes
se hizo entrar
en razón rudamente; v en el sur,
los nubios. Las tribus negras, formadas por feroces guerreros, podían atacar la
capital de la primera provincia del Alto Egipto, la actual Asuán.
Pepi
II hallará a los hombres competentes para explorar el Gran Sur, someterlo y explotar sus
riquezas. Paulatinamente, Nubia
se convertirá en
un protectorado penetrado por la
civilización egipcia.
Entre los
dignatarios, que eran
al mismo tiempo
aventureros, diplomáticos y gestores, Heka-ib, «aquél que controla su
corazón», fue un personaje notable. Nacido probablemente en Elefantina, se
convirtió en jefe de los intérpretes, escribas que podían hablar los dialectos
nubios. Ascendido a la dignidad de general, supo medir la amenaza: se
corría el peligro
de que las
tribus rebeldes se
creciesen y lanzasen incursiones mortíferas incluso en el
propio Egipto.
Le
tocó a Heka-ib difundir el temor hacia Horus, es decir, al faraón, en los
países extranjeros,
e impedirles hacer daño. En tres misiones en Nubia y en Asia, eliminará a los
disidentes, restablecerá la paz y traerá de vuelta a Egipto prisioneros y
animales.
Al
igual que otros sabios, el rudo Heka-ib dice el bien, no propaga nada malo, y desea
que su nombre sea reconocido ante Dios grande. Además, hay que dar pan al hambriento
y ropa a quien no la tiene. Asimismo, Heka-ib se preocupó de respetar la Regla
de Maat y accedió a la función de sacerdote funerario de la pirámide del rey Pepi
II. Amigo único, tesorero, director de la ciudad que agrupaba a los artesanos encargados
de construir el edificio, jugó un papel decisivo con ocasión de la creación de
la morada de eternidad del faraón.
Al
final de una existencia muy activa, Heka-ib, jefe de la provincia de
Elefantina, se
retiró a su villa preferida, donde deseaba reposar para siempre. En efecto,
este sitio mágico estaba situado
en la frontera
meridional de las
Dos Tierras; esta
ciudad comercial se desarrollaba alrededor de un templo del dios Jnum,
el alfarero que forma a los seres y que sujeta los flujos de la crecida bajo
sus sandalias y que sólo los libera a condición de recibir las ofrendas
adecuadas.
Casi inmediatamente después
de su muerte,
Heka-ib fue elevado
al rango de protector divino. Numerosos habitantes de
la región tomaron su nombre, y se le dedicaron estatuas, estelas y mesas de
ofrendas. Se edificó incluso un templo en su honor y su reputación póstuma
superó el marco de la provincia y subsistió más allá del final del Antiguo
Imperio.
El
nombre de Heka-ib es, por sí solo, una enseñanza: controlar el corazón, es decir,
dominar la propia conciencia, lo que le confiere su plena eficacia. Con este buen
genio de Elefantina, nos hallamos ante un sabio que no disocia la acción—incluida
la militar— del respeto de una espiritualidad ancestral. Próxima ya la grave crisis
que amenazaba a Egipto, da uno de los últimos ejemplos de estos dignatarios indestructibles
que, sirviendo al faraón, saben que contribuyen al mantenimiento de la armonía
entre el cielo y la tierra.
En
efecto, para Heka-ib el Horus dueño de las Dos Tierras es sobre todo un hombre
político. Encarnación del Dios grande, templo construido por las divinidades, el
faraón aumenta la presencia de Maat entre los humanos, tan dispuestos a
destruir y difundir la injusticia. Servir al rey es prolongar la obra del
creador y garantizar la prosperidad del país manteniendo los nexos que unen lo
material a lo espiritual, fuera de toda doctrina esterilizante.
¿Cómo
imaginar, bajo el sol y el cielo azul de Elefantina, que las tinieblas iban a invadir
Egipto?
IPU-UR

El profeta
Las
Profecías de Ipu-Ur[42] plantean un delicado problema a los
egiptólogos, y los
debates eruditos continúan. Objeto de las controversias es un papiro que data de
la XIX Dinastía, la de Ramsés. Por el contrario, la lengua utilizada se remonta
a una época anterior, al menos al Imperio Medio. Y se admite que el texto fue
copiado y vuelto a copiar. Pero ¿cuándo fue escrito? Al haberse perdido el
comienzo, no se sabe bajo qué monarca vivió el sabio Ipu-Ur, cuyo nombre
significa «es un gran formulador»,
o bien «grande
es el que
pronuncia [importantes]
palabras»; resumiendo, un ser
ilustrado cuyo mensaje
es esencial. Pero
hay que hacer
una salvedad: Ipu-Ur califica
al monarca reinante
de «rostro asustado»,
por lo tanto incapaz de luchar contra el mal y de
hacer frente a la adversidad. Pobre soberano, en realidad. Y todos los males
derivan de la incapacidad de este faraón para cumplir sus funciones.
La
mayoría de los eruditos estiman que las desgracias mencionadas por Ipu-Ur se produjeron
durante el Primer Período Intermedio, llamado así porque constituye una época
de perturbaciones entre el final del Imperio Antiguo, hacia 2180 a. C., y el nacimiento
del Imperio Medio, hacia 2060 a. C. Las Dinastías VII y VIII se conocen particularmente
mal: gran número de soberanos dudosos, así como orden de sucesión y duración de
los reinos imposibles de concretar. Se tiene la impresión de que varios príncipes locales
reinan al mismo
tiempo y que
la clara jerarquía
del Imperio Antiguo, basada en un
faraón que había unido las Dos Tierras, se ha hundido.
¿Por
qué la edad de oro de las pirámides ha terminado? Se han barajado varias hipótesis:
cambio climático, crisis económica, excesivo poder asignado a los jefes de provincia,
pérdida de autoridad de un poder central debilitado. En realidad, no hay certezas.
El
profeta Ipu-Ur ve llegar estos tiempos difíciles y describe una sociedad
egipcia presa de los
peores desórdenes cuando
se vea privada
de la sabiduría
y de un auténtico faraón. ¿Qué es lo que prevé? A
causa de la presencia de los bárbaros, el sol no saldrá más y no iluminará la
tierra con sus rayos. En pleno día habrá tinieblas.
Catástrofe
absoluta: la pirámide, morada de eternidad del faraón, será violada, y el
país se verá privado de la realeza por un pequeño número de humanos que ignoran
los planes de la creación y extienden el mal. Profanarán la momia real,
divulgarán los secretos de los momificadores y saquearán las tumbas. Se
rebelarán contra la luz divina, y no dudarán en robar los escritos de la cámara
sagrada. Las fórmulas mágicas circularán por todas partes y, memorizadas por
los profanos, perderán su eficacia. Ya no se celebrarán los rituales de
ofrendas.
La
esfera de lo sagrado será destruida, la sociedad entera se descompondrá. En las
calles, la gente pisoteará las leyes emanadas de la sala de juicios. Ya no se
llevarán a cabo correctamente las tareas políticas y administrativas, y los
grandes, estimados antaño, ya no podrán fraternizar con el pueblo, que se
regocijaba antes por estas buenas relaciones. Ninguna función ocupará su lugar
adecuado: los individuos se parecerán a un rebaño que vaga sin pastor.
Los
sabios serán condenados a trabajos mediocres, y sus palabras serán ignoradas.
La
única obsesión: acumular el máximo de bienes materiales. Faltarán los productos
valiosos, los artesanos ya no tendrán los materiales necesarios.
La
fuerza y el terror se impondrán a todos, las bandas se apoderarán del país y de
sus riquezas, los que no poseían nada se convertirán en bandidos y ladrones, y
nadie los castigará. Será imposible desplazarse con seguridad. Olvidada la
Regla de Maat, los saqueadores serán los amos. El mal y el crimen serán
omnipresentes; el hombre virtuoso vivirá tristemente y el individuo innoble
triunfará.
Todo
padre acabará considerando a su hijo como un enemigo, y se darán pruebas de una
constante crueldad al no socorrer a los desgraciados agredidos o muertos a nuestro
lado. La risa se apagará, la voz sonará falsa. Sobrevendrán años de tumultos: el
ruido y la suciedad dominarán. Se olvidarán las necesarias purificaciones y los
ritos funerarios, y los cadáveres serán lanzados al río. Los árboles serán
talados, el corazón de los animales llorará y las mujeres serán estériles.
«Hay
un fuego malo en el corazón de los humanos —estima el profeta Ipu-Ur—Dios
creador no se ha apercibido y la desgracia ha llegado al venir al mundo. Si
esto pudiera ser el fin de la humanidad, si ya no fuese a haber concepción ni
nacimiento, entonces la tierra dejaría de gritar de dolor, ya no habría más
tumultos».
Esta
siniestra constatación no desespera al sabio. Ante la adversidad, una única solución: eliminar
a los enemigos
de la venerable
residencia real y
favorecer el advenimiento de un
auténtico faraón, decidido a luchar contra las tinieblas. Deberá poner en
acción las cualidades de un Horus, es decir, el verbo y la intuición creadora.
Deberá
restablecer a Maat en un país que ya no es más que malas hierbas, violencia y conflictos.
Y él expulsará a los bárbaros, a los criminales y a los saqueadores.
Reencontrar
la esperanza implica recordar los verdaderos valores, en especial el de la
justa disposición de los ritos.
Entonces será posible
conocer de nuevo
la felicidad. Y el sabio Ipu-Ur escribe una de las más bellas páginas de
la literatura egipcia: ¡Qué felicidad, con todo, cuando los barcos remontan el
río... y que ya no haya ladrones!
¡Qué
felicidad, pues, cuando se cuidan las tumbas, cuando las momias reposan en
ellas, cuando los caminos están libres para pasear por ellos!
¡Y qué
felicidad cuando las
manos de los
hombres construyen pirámides, cuando
se excavan estanques, cuando las plantaciones de sicomoros se hacen para
los dioses!
¡Qué
felicidad, así, cuando las bocas expresan la alegría, cuando los jefes de las provincias
contemplan el regocijo después de sus estancias, vestidos de lino fino, la
frente pura, sólidamente estableados en su fuero interno!
¡Qué
felicidad, con todo, cuando las camas están hechas, cuando las cabeceras de
los grandes están protegidas y en buen estado, cuando una [simple] estera [colocada]
a la sombra colma las necesidades de cada uno!
El
profeta Ipu-Ur no se había equivocado. Pese a la gravedad de la crisis, Egipto la
superará. Y, gracias a un texto conocido por el nombre de Enseñanza a Merikare,
sabemos de qué modo un faraón consciente de sus deberes puso fin a la desgracia
y al desorden.
JETI

Un faraón da a su hijo el sentido de la
realeza
En pleno
Primer Período Intermedio,
la ciudad de
Heracleópolis, en el
Alto Egipto, se
consolida como un
centro de poder.
Los príncipes locales
son elevados
a la dignidad de faraones, y uno de ellos, Jeti, consigue restablecer la Regla de
Maat, después de que se produjeran violencias incluso en la necrópolis,
causando la destrucción de los monumentos.
El
rey sometió a los rebeldes, pacificó todo el oeste del país hasta la costa,
controló el Bajo Egipto y rechazó a los asiáticos. Se reanudaron las
entregas de varias
clases de maderas
y abundantes tributos enriquecieron a
la corte real,
Jeti restableció las
provincias y erigió
una sana administración de
las grandes ciudades,
obligando a los
funcionarios a trabajar.
Incluso
en caso de mala crecida, la gestión de las reservas alimentarias evitó que la población
padeciese hambre.
El
éxito se basaba en una buena práctica de la realeza, y Jeti quiso
transmitírsela a su hijo Merikare
redactando una Enseñanza notable,
verdadero tratado de la monarquía
faraónica.
Aquél
que es fiel al faraón es un seguidor de Dios y debe llevar a cabo cierto número de
deberes con un
rigor sin fallos,
bajo riesgo de
fracasar.
Precaución
elemental: defender las fronteras del país edificando fortalezas y manteniendo
un ejército eficaz, gracias al reclutamiento obligatorio. Bien pagada y con
tiempo, la tropa amará a su rey.
Precisamente,
un buen faraón debe otorgar su amor al pueblo, pues de este modo es como
quedará presente en su memoria y pondrá fin al infortunio. Mientras que la maldad
nos hace estériles, el amor permite construir monumentos duraderos. Durar, en
la tierra, implica la práctica de Maat, coherencia, armonía y justicia.
Confiere al pensamiento de un rey una indispensable rectitud. Asimismo, su voz
es veraz ante Dios. Sus súbditos constatan que posee una voz aguda y que
discierne lo que está lejano. Una conducta impecable, ¿no forma, acaso, el
cielo de un ser?
Los
humanos son el rebaño de Dios, buen pastor que les ha concedido numerosos favores.
Así, ha creado el cielo y la tierra, destinados a ellos; ha hecho nacer el aire
para que respiren, pues fueron formados a su imagen. Bajo forma de sol les da
la luz, y los nutre gracias a la vegetación, el ganado, las aves y los peces.
Dios escucha a los que sufren, y la institución faraónica protege al débil de
la injusticia. En cuanto a la magia, ésta permite evitar los golpes del
destino.
Por
desgracia, los humanos ignoran las buenas obras de la divinidad y, en vez de venerarla,
se rebelan. El mal no está inscrito en el proceso de creación, sino sólo en la pervertida
cabeza de los rebeldes, condenados a ser aniquilados.
¿Cómo evitar
el desastre? Coronando
a un faraón
digno de este
nombre, un predestinado que Dios
ha elegido entre millones. Y este ser es único, no tiene hijo ni hermano, pero
ha de organizar una corte formada por servidores conscientes de la importancia
de la función faraónica, y no por aduladores. Grande es el grande cuyos grandes
son grandes. Sin dignatarios de calidad a su alrededor, un rey no podrá construir. Y
deberá enriquecerlos de
manera que no
tengan ninguna necesidad material y se preocupen solamente
del bien común. Un notable así evitará mostrarse parcial y traicionar la Regla
de Maat, a condición de ser gobernado por un rey justo y no buscar su interés
personal.
Jeti
recomienda a su sucesor que escuche el mensaje de los antepasados, que lea sus
escritos y que se convierta él mismo en sabio utilizando la ciencia que le han transmitido.
Que aprenda el arte fundamental de la palabra, pues la formulación será su
brazo y será más eficaz que cualquier arma.
Un
faraón debe cumplir lo que sea útil al ba, el alma-pájaro que se envía hacia el
sol con el fin de alimentarse de luz y vuelve a la tierra para animar a toda
forma, en especial los templos y las estarnas. Calzado con sandalias blancas,
celebra los ritos en el seno del templo cubierto, abre la naos de modo que sea
perceptible la presencia divina y adorna con innumerables alimentos celestes y
terrestres la mesa de ofrendas.
Dada
la mediocridad de la naturaleza humana, Dios se ha ocultado. Es el reyquien
debe revelar su presencia construyendo receptáculos dignos de acogerlo. El faraón
es, en primer lugar, un maestro de obras, preocupado por hacer perfecta su morada
de eternidad en el occidente, donde tendrá lugar el proceso de resurrección.
Que
el faraón no haga diferencias entre un dignatario y un hombre modesto, y que los
juzgue según un único criterio: la calidad de sus acciones. Que se preocupe de
las viudas proporcionándoles medios
para subsistir, que
devuelva la serenidad
a los infortunados y que no prive
a ningún hijo de la herencia legada por su padre. Y, sobre todo, que no se haga
culpable de laxismo alguno ante una mala acción y condene la avidez, resultado
de la ignorancia.
¿Castigar?
Sí, pero sólo cuando sea útil y nunca sin una razón. Hay que impedir que el
agitador haga daño, el rebelde de verbo alto, pues éste lleva al desorden y a
la decadencia.
La
práctica de la violencia sólo se justifica en un caso: cuando se impone la necesidad
de luchar contra bárbaros que destruyen los templos y los altares de los dioses.
En este caso, no hay compromiso ni diálogo posibles, pues está en juego la calidad
espiritual del país.
A
su hijo Merikare el rey Jeti le pide que piense en el tribunal del más allá. No
manifestará la más
mínima indulgencia hacia
los opresores, los
culpables y los injustos. Es inútil contar con el número
de años, pues para los jueces divinos una existencia humana es comparable a una
sola hora. En el momento de la muerte, las acciones de un ser se amontonarán
junto a él y serán examinadas severamente. Aquél que se mofe de este tribunal
es un insensato, carente del sentido de la eternidad. Con todo, llegar al otro
mundo sin haber cometido el mal permite vivir a imagen de las divinidades y
bogar como le plazca en el seno del paraíso.
¡Sorprendente
y admirable enseñanza de un monarca a su sucesor! Estamos lejos de la imagen de
un déspota oriental que actúa según le place y que no se ocupa en absoluto de
su pueblo. Por el contrario, el faraón aparece como el corazón del país, el eje
de una jerarquía que se basa en la responsabilidad y no en la arbitrariedad.
MENTUHOTEP II

El reunificador alquimista
El
británico Howard Cárter será para siempre el más célebre de los egiptólogos por
haber descubierto en 1922 la tumba de Tutankamón, cuyos tesoros están lejos de
haber desvelado todos sus secretos. En cambio, se conoce menos que Cárter, antes de
ese instante excepcional,
estuvo muchos años
en Egipto e
hizo otro descubrimiento notable,
en 1898. Esta vez no hubo largas investigaciones, sino un simple paseo a
caballo en Deir el-Bahari y un agujero muy arqueológico en el que se hunden las
patas del corcel... El arqueólogo acababa de hallar un acceso a la morada de eternidad
de Mentuhotep II, a
quien los egipcios
consideraron uno de sus
faraones más grandes.
Fundador de
una nueva era,
llamada «Imperio Medio»
por los egiptólogos, Mentuhotep
II gozó de un renombre comparable al de Zóser pues, al igual que éste, unificó
las Dos Tierras, el Alto y Bajo Egipto y, tras un período de disturbios y debilitamiento
del poder faraónico, restituirá al país cohesión e influencia.
La
tarea, probablemente, no fue fácil, pues ciertos potentados locales,
satisfechos con su pequeño principado, no estaban dispuestos a inclinar la
cabeza ante un faraón dominador.
Una
vez
sometido
el
norte
y
los
últimos
príncipes
de
Heracleópolis, Mentuhotep II
extendió su supremacía lejos hacia el sur, hasta la Baja Nubia. Y se desarrolló
un reinado pacífico, de unos cincuenta años que vio cómo Tebas
se convertía en la
capital de un Estado digno de su pasado esplendor.
Los
nombres del rey describen su programa de gobierno y marcan sus principales etapas:
«Dios de corona blanca», debido a su origen meridional y a su punto de partida
como soberano del sur, Mentuhotep II fue, con ocasión de la coronación, «el que
vivifica el corazón de las Dos Tierras», y luego «el que unifica las Dos
Tierras».
Protegido
por Montu, temible dios-halcón que incitaba al combate y a la guerra,el
rey añade la noción de hotep, «paz, plenitud».
Montu-hotep
podría traducirse como «guerra y paz», o
bien «la paz después de la guerra». Timón de su pueblo, dominando el recorrido
de la luz
divina, Mentuhotep II
fue el modelo
de faraón capaz
de garantizar la felicidad y el equilibrio en Egipto.
Todavía
en vida, se rindió culto a sus estatuas, receptáculos de su ka, su poder creador.
Y ochocientos años después de su muerte, seguirá siendo un antepasado venerado.
Hatshepsut lo consideró su padre espiritual, la XVIII Dinastía le consagró monumentos,
y estará presente en el Rameseo, el templo de los millones de años de Ramsés
II.
Su
obra, ciertamente, fue considerable. Al dar nuevo vigor a función de visir,
jefe del ejecutivo,
refundo una administración sólida,
otorgó cierta autonomía
a las provincias, sin dejar de
estar conectadas con el poder central. De sur a norte cubrió Egipto de templos,
de los que, por desgracia, sólo subsisten vestigios. En Elefantina restauró
edificios antiguos, especialmente el santuario del sabio Heka-ib, del que hemos
hablado antes.
En Gebelein,
yacimiento mal conocido
a unos 30
kilómetros al sur Tebas, Mentuhotep II
reafirmó su soberanía,
haciendo grabar bajorrelieves
que lo representan
vencedor de los nubios, de los asiáticos, de los libios y de los rebeldes egipcios
(estos cuatro pueblos representaban la totalidad de los enemigos que podían amenazar
la armonía de Maat). Gracias a esta victoria y al restablecimiento de las provincias,
según el plan de los antepasados, Egipto volvió a ser uno e indivisible. Y el
faraón pedirá a Hator, la soberana de las estrellas y diosa del amor,
protección divina.
Y ésta le ofrece la posibilidad de hacer que su país sea próspero y fecundo, a condición de
consagrar regularmente las
ofrendas y cumplir
con los ritos
de purificación. Al alimentar al rey con la leche celeste, Hator
confirma y consolida la institución real, sin la cual ninguna armonía terrenal
es posible.
El
santuario hatoriano de Gebelein, cuyos bloques fueron utilizados de nuevo para un
templo edificado en la época
tolemaica, fue una
especie de programa fundador. Siendo al mismo tiempo su
propio padre y su propio hijo, Osiris y Horus, Mentuhotep II saca a la luz las
buenas acciones divinas.
Fue
en Deir el-Bahari, en la orilla al oeste de Tebas, donde Mentuhotep II creó su obra
maestra, en este lugar donde, en el Imperio Nuevo, la reina-faraón Hatshepsut construirá
un templo extraordinario.
En
el Imperio Medio el lugar estaba todavía virgen. Sin embargo, el grandioso anfiteatro
rocoso exigía un monumento digno de él. El rey concibió un conjunto arquitectónico
comparable al del Imperio Antiguo: templo del valle, calzada bordeada de
estatuas del monarca vestido con la túnica de la fiesta de regeneración y
templo llamado «funerario». ¿A qué se parecía este último, hoy reducido al
estado de ruinas?
Tras pacientes
investigaciones, se sabe
que se trataba
de una vasta
plataforma, precedida por un pórtico de pilares cuadrados, sobre la que
se hallaba una colina coronada por árboles, es decir, la tumba de Osiris.
Mentuhotep II relacionaba de este modo
a Amón, el protector del templo, con el señor de la resurrección, y enseñaba la
necesidad de juntar el más allá con este mundo. Este cerro osiriano era una
nueva formulación de la pirámide; el faraón se asimilaba a la luz, vencedora de
la muerte.
Volvamos
al caballo de Carter: Mentuhotep II disponía al menos de dos tumbas.
Una
de ellas era un cenotafio, es decir, una sepultura simbólica, destinada al ka.
Un
pasillo de 150 metros conducía a una sala subterránea, bajo el montículo, sobre
el que surgía una sorprendente
estatua del faraón:
no precisamente un
retrato, sino la representación del rey alquímico con
corona roja, con túnica blanca y carnes negras.
Nunca,
sin duda, se encarnó de manera más sorprendente el proceso de transmutación del
individuo reinante en el faraón inmortal.
Mentuhotep
II fue el autor de un ritual célebre en la orilla al oeste de Tebas, y precisamente
en Deir el-Bahari, conocido con el nombre de Bella Fiesta del Valle, siendo
este último un lugar sagrado en el límite de lo visible y de lo invisible donde
los vivos podían comunicarse con los resucitados. Viniendo de su templo de la
orilla este, la estatua del dios Amón atravesaba el Nilo para alcanzar la
«tierra de la vida», a bordo de su
gran barca ritual.
Aun oculto a
la vista de
los hombres, el
dios manifestaba su presencia. El camino terrestre de la barca,
remolcada por sacerdotes puros, estaba cubierto de flores.
Con ocasión
de la iluminación
de la necrópolis,
se presentaba un
ramillete llamado
«Vida», se hacían ofrendas a los muertos convertidos en justos y el agua del rejuvenecimiento
a las divinidades. Los vivos presentes en la tierra participaban de un gran
banquete en compañía de los vivos en los paraísos celestes. Los cánticos se elevaban hasta
las estrellas, suprimiendo
la frontera entre
lo perecedero y lo imperecedero.
Presentes por sus estatuas, los convertidos en justos transformaban las tumbas
en «moradas de gran regocijo».
En el
interior de los
santuarios, cerrados a
la población, se
celebraban ritos secretos.
Sacerdotes que se cubrían con máscaras del halcón Horus y del ibis Tot vertían
aguardiente sobre las estatuas divinas, que así se regeneraban. Elevando el símbolo
del cielo, el faraón unía su espíritu al de las potencias creadoras.
Deir
el-Bahari era la última etapa de la Bella Fiesta del Valle. Sólo el rey podía caminar
hasta el último santuario donde se realizaban los grandes misterios de Osiris, proclamando
el triunfo de una vida transfigurada gracias a la veracidad de la voz.
Una
vez que se apagaban las antorchas en leche, se terminaban las ceremonias. Y Mentuhotep
II volvía a sus deberes temporales, consciente de que el gobierno de Egipto no
se reducía a una simple gestión de los bienes materiales. Él, restaurador de la
unión de las Dos Tierras, ligaba la felicidad de su pueblo al reconocimiento de
los dioses.
SESOSTRIS III

La potencia de grandes orejas
El
Imperio Medio estuvo marcado por un gran reinado, el de Sesostris III
, para el
cual su antepasado y modelo no era otro que Mentuhotep. Su nombre parece significar
«el
hombre
de
la
Poderosa»
,
diosa
compuesta
por
la
temible
leona Sejmet y por el
apaciguante Hator. Se conocen más de cien estatuas de este rey, representado de
mayor y provisto de grandes orejas. A pesar de ciertas efigies de Sesostris
joven, nadie duda de que nació viejo, grave y plenamente consciente de la amplitud
de
sus
inmensas
responsabilidades.
Portador
de
una
potencia
que
debe dominar en todas las
circunstancias, escucha y oye todo gracias a sus orejas, de unas dimensiones
notables. Encarnación ideal del sabio, este faraón no descuida nada y se preocupa,
día y noche, de la felicidad de su pueblo. Por eso la fatiga ha demacrado su rostro,
sin que emita la más mínima protesta. En él, el rey ha devorado al hombre, y sólo
cuenta la función.
El
reino de Sesostris representó un giro en la administración del país y en la gestión
de las finanzas públicas. Aleccionado por la crisis que había caracterizado el fin del
Imperio Antiguo, el
faraón suprimió los
privilegios abusivos de
los que gozaban algunas grandes
familias. A partir de entonces, los cargos de los dirigentes no se
transmitirían sistemáticamente de padres a hijos; y los jefes de provincia, por
muy poderosos que fuesen, hubieron de obedecer y respetar las directrices
políticas y económicas del poder
central. Severo y
tajante, Sesostris supo
mostrarse suficientemente diplomático como para evitar conflictos que
podrían haber conducido a revueltas locales.
Por el contrario,
su autoridad fue
reconocida plenamente, y aceptadas las instituciones.
¿Por
qué los dioses y los antepasados se alegraron de la actitud del rey? Porque aumentó
las ofrendas. Haciendo revivir a los egipcios, apartando el mal de su pueblo, le
ha permitido criar pacíficamente a sus hijos y enterrar dignamente a sus
muertos.
Gracias
a él, todos pueden dormir tranquilos, pues el corazón del rey garantizaba la tranquilidad
de todos sus súbditos.
Canal
que regula el curso del Nilo, fresca sala que permite a cualquier persona reposar durante
la estación cálida,
habitación seca y
caliente en la
estación fría, muralla
indestructible, montaña que rechaza la tormenta y la tempestad, Sesostris ofrece
un refugio perfecto.
Tirando
con el arco como le ha enseñado la poderosa diosa leona Sejmet, el faraón supo
hacer frente a sus enemigos con el in de proteger a su país de toda agresión.
Asimismo,
se enfrentó a los nubios, a los que trató con extremada dureza. «Yo soy un rey
que habla y actúa en consecuencia —afirma una estela fechada en el año 16—. Lo
que mi corazón concibe, mi brazo lo realiza. En mi corazón, una decisión no se
adormece. Aun cuando escucho las súplicas y me apoyo en la suavidad, no mostraré
ninguna indulgencia hacia el agresor. A quien me ataca, yo lo combato. No hacerlo
es reforzar al adversario».
Sesostris impuso
su mano férrea
a Nubia y
la convirtió en un
protectorado estrechamente controlado.
Y este rigor
no le acarreó
ningún odio, ¡al
contrario!
Calificados
de «miserables de corazón destrozado», los nubios lo elevaron al rango de un
verdadero dios. Le consagraron templos y capillas, y los bajorrelieves nos lo muestran
dando vida a sus sucesores del Imperio Nuevo, que se proclaman «amados por Sesostris
III». Tutmosis III,
en particular, utilizará
la red de
fortalezas de Sesostris, edificios
que tienen una
triple función: militar,
económica y sagrada.
Incluían capillas
dedicadas a los
dioses y al
monarca, servían como
centros económicos y
garantizaban la seguridad
de las poblaciones
locales y del
propio Egipto. Mil años
después de su
muerte, Sesostris III
el Pacificador todavía
era venerado en Nubia.
Y el faraón
negro Taharqa le
dedicó un altar
a este lejano antepasado llegado del norte.
Repleta
de actividades, nació la leyenda de Sesostris, conquistador de Arabia, Libia y
luego de la
tierra entera. Gran
constructor, legislador sin
par, excelente administrador de
un país rico y próspero, era un nuevo Osiris, el monarca de la edad de oro.
En
Medamud, cerca de Tebas, Sesostris III edificó un templo de regeneración en un lugar
donde se hallaba
un muy antiguo
santuario de Osiris,
dentro de un bosquecillo. Dos cerrillos de forma
ovoidal correspondían a fases de la resurrección, recordando la emergencia de
la colina primordial fuera de] océano de energía. «Los cerrillos de Osiris» que
se conocen gracias a los Textos de las Pirámides, marcan las etapas de
los grandes misterios
cuyo conocimiento permitía
acceder a una
vida eterna.
En
Dahshur, donde surgían dos pirámides gigantes construidas por el «buen rey» Snefru,
Sesostris III hizo erigir la suya, que medía tan sólo 63 metros. Al norte del lugar,
estaba el santuario terminal de un vasto complejo sagrado que acogía a la familia real
y a los
principales dignatarios. De
este modo, como
en el Imperio Antiguo, la corte quedaba
reconstituida en el más allá.
Khaemwaset,
hijo de Ramsés II, tenía a esta pirámide en tan alta estima que la hizo restaurar.
Pasillos y salas
subterráneas formaban un
recorrido complejo que desembocaba en un soberbio sarcófago de
granito rojo que, como muchos otros, no fue utilizado nunca para recibir a la
momia real. Se trataba de un recorrido iniciático, ahora inaccesible, por
desgracia, reservado al alma. La momia de Sesostris III aún no ha sido hallada,
y podemos preguntarnos si no habrá sido disimulada cuidadosamente en Dahshur o
en Abydos, el otro lugar importante del reino.
Del
Imperio Medio data el desarrollo principal de esta ciudad sagrada consagrada al
culto de Osiris. Sesostris III le prestó una atención muy particular, y uno de
sus enviados, Ikernofret, fue
encargado de hacer
construir una nueva
barca divina y varios objetos indispensables para la
celebración del ritual de los misterios. Su parte pública mostraba el
enfrentamiento entre los seguidores de Osiris y los adeptos de Set, asesino de
su hermano, finalmente vencido e incapaz de impedir la resurrección del dios
asesinado. Su parte secreta recordaba la reconstitución, por parte de Isis, del
cuerpo de su esposo, Osiris, cuyos pedazos habían sido dispersados por las
provincias de Egipto. Transformada en halcón hembra, la gran maga conseguía
hacer renacer la vida de una momia aparentemente inerte y dar a luz a un hijo,
Horus, encargado de cuidar
de su padre y de derrotar a Set. Recompuesto tras un largo y complejo ritual,
el cuerpo osiriano servía de receptáculo a la luz regeneradora.
Iniciado
en estos misterios, Sesostris III se hizo excavar una vasta tumba en Abydos, de
170 metros de
longitud y llena
de dispositivos arquitectónicas absolutamente sorprendentes, como
pasadizos disimulados en
los techos y una cámara
funeraria secreta. Allí no hay sarcófago visible, pues estaba oculto en ¡el interior de
un muro! De
nuevo, un recorrido
iniciático osiriano, análogo
al de Dahshur, y también éste
inaccesible a los visitantes.
Los
dos conjuntos subterráneos de Sesostris III, cuyo significado concreto todavía no
se ha establecido, permanecen en el silencio y en el secreto, como si el poder
del rey de rostro severo se le negase al mundo profano. Dado que la egiptología
ha comenzado a reconocer el papel fundamental de este faraón y la importancia
de su reinado, podemos esperar fructíferos descubrimientos.
AMENEMHAT III

El paraíso y el laberinto
No
se sabe
si Amenemhat III,
sucesor de Sesostris
III, fue su
hijo o corregente. Colocándose
bajo la protección
del dios Amón,
el nuevo monarca tuvo
un largo reinado, tan
pacífico como el
anterior y lleno
de realizaciones notables. Se conocen muchas estatuas de este rey, a
veces joven, a veces viejo, con parecido
a Sesostris III.
Algunos «retratos» de
Amenemhat III son sorprendentes: una esfinge, con el rostro
rodeado de unas abundantes crines de fiera; un
genio de la
fecundidad, con una
larga peluca y
que presenta una
bandeja de ofrendas sobre
la que hay un loto,
dos peces y
patos; y, por
primera vez, el monarca vestido con una piel de pantera y
actuando como gran sacerdote al servicio de los dioses.
Según
un texto de Sabiduría, se recomendaba a los súbditos de Amenemhat III que
fraternizasen con el rey en su corazón y que lo hiciesen vivir en lo más
profundo de ellos mismos. El faraón es sia
la intuición creadora, y sus ojos ven en
el interior de todos los seres. Identificado con Ra, la luz divina, ilumina las
Dos Tierras y las hace verdecer más que una gran inundación. El faraón es la
fuerza vital, la buena suerte, la abundancia. Se identifica con Jnum, el
alfarero que da forma a los vivos en su torno; con la diosa-gata Bastet,
soberana de la suavidad; y a la terrorífica leona Sejmet, que se encarga de
abatir al rebelde para el cual no habrá tumba.
En
el lugar de Dahshur, un kilómetro al este de la pirámide de doble pendiente de Snefru,
Amenemhat hizo edificar su propia pirámide, de 75 metros de altura. En el interior
se halla una masa de ladrillos y, siguiendo el ejemplo de Sesostris III, un sistema
subterráneo complejo que conduce a un sarcófago de granito rosa, símbolo de la
barca que lleva el alma del faraón hacia las estrellas.
Es
otro lugar, el Fayum, a 80 kilómetros al sudoeste de El Cairo, lo que hizo popular
a Amenemhat III y le confirió la estatura de un sabio. Allí se encontraba un lago salado
de tales dimensiones
que lo llamaban Pa-yom (de
donde proviene Fayum), «el mar».
En el Imperio Medio los soberanos decidieron transformar estos lugares,
alimentados por un brazo del Nilo, en una especie de paraíso terrestre donde se
dedicaban, según el título del poema, a los «Placeres de la caza y de la pesca». Amenemhat
III cuidó muy
particularmente el desarrollo
de esta región, convertida en símbolo de la
abundancia y de la fertilidad otorgadas por los dioses. Al multiplicar los
sistemas de regadío, el faraón acrecentó la prosperidad de la provincia, que
ofrecía un gran contraste con las zonas desérticas.
Benefactor
del Fayum, Amenemhat III fue venerado en esta localidad hasta la época
grecorromana, asociado al mismo tiempo al dios local, el cocodrilo Sobek, que podía
hacer surgir el sol del fondo de las aguas, y a la corneja, pues este rey podía
comprender la lengua de las aves.
En Bihamu,
en la orilla
sur del lago,
el monarca había
creado una obra sorprendente, dos
colosos de cuarcita
que lo representaban
sentado en el
trono, rodeados de un recinto.
Incluido
el pedestal, estas estatuas se elevaban a unos 20 metros y contemplaban las
aguas fecundas y regeneradoras. Por desgracia hoy no queda nada de todo esto, pero
podemos imaginar dos gigantescos aspectos del ka real, encargados de proteger y
sacralizar el lugar.
Amenemhat
III edificó un templo dedicado a Sobek, el dios cocodrilo, en la capital del
Fayum, Shedyt, y otro en Medina Maadi, lugar de una fabulosa belleza donde yo
he vivido algunas de mis mejores horas de egiptólogo. Antaño, el santuario era
el centro de una ciudad próspera. Por otro lado, se ve una masa impresionante
de trozos de alfarería, lo que indica una prolongada ocupación humana. Goza de
un buen estado de conservación, fuera de los circuitos turísticos; el templo
domina hoy el desierto, en medio de un silencio habitado por el dios Sobek,
fecundador de las aguas, y la diosa
Renenutet, protectora de
las cosechas. Asociadas,
ambas divinidades inician al rey
en los secretos de la creación.
En
el paraíso del Fayum, Amenemhat III añadió otra obra maestra: el famoso laberinto.
¿De qué se trata? De un inmenso conjunto arquitectónico edificado en Hawara,
en el límite del Fayum, inspirado en el Imperio Antiguo. Un vasto templo del
valle, compuesto por múltiples patios y capillas (el laberinto), una calzada
que sube hasta el templo alto y una pirámide de unos 60 metros, que incluye una
cámara de resurrección en la que se hallaban los dos sarcófagos, uno para el
cuerpo mortal del rey y el otro para su ser inmortal.
Parece
ser que Amenemhat quiso recrear los monumentos de Saqqara concebidos por Zóser
e Imhotep. Este
«laberinto» no era
una trampa, sino
una sucesión de santuarios
destinados a regenerar
el alma real
y a celebrar
una fiesta sin
fin en compañía de
los dioses. Pasajes
en zigzag, cámaras
en esclusa, corredores misteriosos, cámaras secretas
convertían a este templo en un edificio mágico que asombró a numerosos
visitantes de la Antigüedad antes de su total destrucción por los árabes.
Amenemhat
III ya no es más que una sombra. Con todo, nos recuerda que el Imperio Medio,
cuyos vestigios arquitectónicos son más bien escasos, fue una época feliz en la
que los faraones, llenos de un ideal de sabiduría, dieron pruebas de un notable
impulso creador.
AHMOSE-NEFERTARI

Reina alquímica y fundadora de cofradía
En
1881 se produjo uno de los más notables descubrimientos de la arqueología egipcia. ¿Arqueología?
¡Más bien novela
policiaca! Tras una
notable investigación, el francés François Maspero pudo hallar un
escondite que comprendía un número impresionante
de sarcófagos que
contenían las momias
de ilustres faraones, de reinas y
de grandes dignatarios.
Entre
estos difuntos que volvían a la vida se hallaba una mujer excepcional: Ahmose-Nefertari.
Sólo su sarcófago subrayaba ya su importancia: ¡3,17 metros de altura! Pintado
de amarillo con puntos azules, evocaba el oro de los dioses y el lapislázuli de
la bóveda celeste; esta obra maestra mostraba a la reina con los brazos cruzados
sobre el pecho, sosteniendo dos signos anj, la clave de la vida.
Contenía
el cuerpo de una mujer de edad, de aproximadamente 1,60 metros, de piel blanca.
Henos
aquí en presencia de una de las reinas más notables del Antiguo Egipto, cuya
actuación fue determinante para la restauración de una civilización que acababa
de zafarse de la aniquilación.
Los Mentuhotep,
los Sesostris y los Amenhotep
habían creado de
nuevo un Estado faraónico digno
del Imperio Antiguo. En todos los campos, de la arquitectura a la literatura,
el Imperio Medio file una segunda edad de oro.
Y luego
llegó el horror:
la invasión de
los hicsos, «los
jefes de los
países extranjeros»,
arrastrando varias poblaciones decididas a apoderarse de las riquezas de Egipto.
El Delta y una parte del Egipto Medio fueron ocupados durante unos dos siglos y
colocados bajo la dominación de los bárbaros provenientes del norte. Pero una
ciudad sigue siendo independiente: Tebas. Desde aquí se inicia el movimiento de
resistencia, bajo el impulso de la reina Ahotep, que llevó a la liberación del
país durante el reinado de su hijo Amosis, fundador de una nueva era que los
egiptólogos llamaron «Imperio Nuevo».
Su
esposa, Ahmose-Nefertari, tuvo una larga vida y conoció los últimos tiempos de
la ocupación, la guerra de liberación y el renacimiento. Regente del reino
durante la juventud de su hijo, Amenhotep I, no murió hasta el comienzo del
reinado de Tutmosis I, ya muy anciana, tras haber asistido a su coronación.
«Madre
del rey», «gran esposa real», disponiendo del poder durante varios años, Ahmose-Nefertari
concilio la acción con la sabiduría. Su nombre significa «nacida del dios Luna,
la más bella de las mujeres». La luna —palabra masculina en egipcio — es un
temible dios guerrero y uno de los símbolos de Osiris. Si observamos, vemos que
a veces hay una hoz, otras una barca, y otras el desarrollo de los misterios de
la muerte aparente y de la resurrección.
La
carrera de Ahmose-Nefertari fue sorprendente. Le fue atribuido el título de «segundo
servidor del dios Amón», que generalmente se reservaba a un hombre; pero, según
una estela cuyos fragmentos se hallaron en el tercer pilono de Karnak, renunció a
este cargo para
crear una nueva
institución, la de
«esposa divina de Amón». ¿Qué es lo que ella exige? Tierras,
personal, rituales, un templo, viviendas, metales valiosos, entregas regulares
de alimentos, vestidos y ungüentos. Tocada con una diadema,
con un vestido
largo ceñido, la
esposa del dios
dispone de una «morada» y se integra en el universo de
las divinidades como hija de Amón, el dios oculto, y de Ra, la luz divina.
Haciéndose
constructora, crea un templo de regeneración llamado «estable de lugares»,
un tipo de edificio reservado habitualmente a los faraones.
¿Cuál
era su finalidad? Conservar la energía divina y mantener su difusión en la tierra.
Este acto mágico implicaba la celebración de los rituales, en especial el de Amenhotep
I, probablemente obra de Ahmose-Nefertari misma. Fue en la necrópolis tebana
donde esta reina accedió a la inmortalidad. Era considerada la protectora y santa patrona
de esta necrópolis,
porque ella animó
al rey Tutmosis
I a que constituyese la cofradía encargada de
construir y decorar las moradas de eternidad del rey y de los grandes
dignatarios. Estos artesanos geniales, establecidos en Deir el-Medina, darán
forma a las
fabulosas obras maestras
del Valle de
los Reyes, y celebrarán durante tres siglos y medio un
culto a su fundadora. Presente en unas cincuenta tumbas, a Ahmose-Nefertari se
le dedicaron también estelas, estatuillas, escarabajos y varios objetos
rituales, como sistros, que mantuvieron su nombre vivo.
Una
fiesta tebana celebraba su memoria, y podía verse su estatua, bogando en una barca
arrastrada por un trineo, recorrer el espacio sagrado de la necrópolis, que de este
modo la reina seguía protegiendo.
En
varios casos, Ahmose-Nefertari aparece como una reina negra. Aunque su momia era
la de una
mujer blanca. Podemos
constatar, así, la
primacía de lo simbólico en el corazón del universo
egipcio y la necesidad de tenerlo en cuenta por encima de cualquier otra
perspectiva. Ahmose-Nefertari es un Anubis femenino, cuyo color negro no es el
de la muerte ni el del duelo, sino el de la regeneración por los caminos del
más allá. Algunas estatuas de la reina son de madera embetunada, es decir, de
color negro, y diversas pinturas muestran su piel negra porque ella puede conducir
a los iniciados más allá de la apariencia, enseñándoles el proceso alquímico que
implica descomposición, purificación y transmutación. El color negro simboliza un
medio fértil, rico de potencialidades creadoras, del que puede nacer una nueva vida.
Ahmose-Nefertari
prefigura a las vírgenes negras, presentes en cierto número de catedrales y
de iglesias de la Edad
Media. No hay
referencia a una
raza, sino evocación simbólica de
«la Gran Madre», de la Isis que da nacimiento a un ser de luz, Horus, el
salvador que puede restablecer la armonía en la tierra. El niño-dios que llevan
las vírgenes negras será su lejano descendiente.
Al
comienzo del reinado de Tutmosis I, Ahmose-Nefertari «voló hacia el cielo», tras
una larga existencia marcada por una inmensa felicidad: la liberación de su
país y el renacimiento al mismo tiempo político, social y artístico, al que
contribuyó de manera decisiva. La institución de la esposa del dios le
sobrevivirá varios siglos, y el impulso dado a la cofradía de Deir el-Medina
acabará teniendo una fabulosa herencia de
obras maestras. Digna
émula de la
reina Ahotep, la
Juana de Arco
egipcia, Ahmose-Nefertari no tuvo que hacer la guerra, sino que
construyó, en compañía de su esposo y de su hijo, una paz luminosa, fuente del
esplendor del Imperio Nuevo.
HATSHEPSUT

Reina, faraón y sierva del dios oculto
Hatshepsut,
una de las estrellas de la historia faraónica, ha suscitado buen número de fantasmas,
incluso debidos a la ploma de egiptólogos pretendidamente serios. Cuando contemplamos sus estatuas, que su belleza
no desmerece en nada la de la célebre Nefertiti; Hatshepsut continúa ejerciendo
una verdadera fascinación que, como vamos a ver, no se debe a notables hechos históricos
sino a la práctica de una sabiduría y de una espiritualidad transmitidas en
particular en Deir el-Bahari, en la orilla oeste de Tebas, donde hizo construir
un templo que no se parece a ningún otro.
Parece
ser que el padre de Hatshepsut fue el faraón Tutmosis I, responsable del primer
desarrollo notable del templo de Karnak. Su hija se casó con Tutmosis II, cuyo
reino se conoce mal, del que enviudó. El sucesor designado, Tutmosis III, era demasiado
joven para gobernar. Según la costumbre, la reina Hatshepsut asumió la regencia
de las Dos Tierras, cubriendo al mismo tiempo las funciones temporales y espirituales.
El
país está tranquilo, sus fronteras están bien fijadas y defendidas, la
autoridad de
Hatshepsut se acepta bien. Como gran esposa real, se hace construir una tumba sorprendente
en el lado oeste de Tebas, en el fondo de un uadi de los acantilados de occidente.
Fue explorada por el descubridor de la tumba de Tutankamón, Howard Cárter.
Situada a una altura de 28 metros, la entrada a esta morada de eternidad encara
el sol poniente. Permite el acceso a un largo corredor que desemboca en una cámara
funeraria donde se hallaba un espléndido sarcófago de cuarcita, conservado en
el museo de El Cairo. Bajo la tapa hay grabada una representación de Nut, la diosa-cielo.
Uniéndose a Hatshepsut, le permitía triunfar sobre la muerte y hacerse con un
lugar entre las estrellas imperecederas.
Lógicamente,
la regente debería haber restituido el poder a Tutmosis III, una vez que éste
hubiera sido reconocido apto para gobernar. Pero en el año II del joven rey se produjo
un acontecimiento excepcional, un «milagro» que no encajaba en lo «racionalmente
aceptable» para la historia clásica. El dios
Amón pronunció un oráculo en el gran patio del templo de Luxor y prometió a la
regente Hatshepsut que sería faraón.
Se
piensa en un complot y, naturalmente, en la eliminación rápida de Tutmosis III.
¡Pero no hay nada de eso! Tuvieron que pasar cinco años para que la decisión divina
se hiciera efectiva y para que Hatshepsut fuera coronada, sin interrumpir el desarrollo
del reino de Tutmosis III y sin que se produjera el menor disturbio.
Los
bajorrelieves del templo de Deir el-Bahari enumeran los episodios del nacimiento
real de Hatshepsut. Encarnándose en la persona del faraón Tutmosis I, Amón-Ra,
rey de los dioses, ilumina con su amor a la gran esposa real Ahmose.
«Hatshepsut
será el nombre de la hija que yo he colocado en tu cuerpo —revela—.
Ella
ejercerá la función de faraón, influyente y benefactora» Jnum, el alfarero
divino con cabeza de carnero, compone juntamente al individuo mortal y a su
poder creador inmortal, el ka. Ambos poseen sexo masculino y, desde este
momento, Hatshepsut es a la vez mujer y hombre, formando, por sí sola, la
pareja real, por lo que no tenía necesidad de casarse con un príncipe.
El
pórtico del nacimiento real del templo de Deir el-Bahari ofrece un verdadero
tratado de simbolismo sobre la creación de un faraón y desvela antiguas
enseñanzas, hasta ese momento más o menos veladas. Es la Enéada, el consejo de
las nueve potencias que formaban la vida del universo y que residían en
Heliópolis, la antigua ciudad sagrada, la que decidió elevar a Hatshepsut a la
función suprema. Asimismo, recibió la capacidad de pensar acertadamente, de difundir
el amor divino y de aparecer en el trono de los vivos, semejante a la luz divina.
La verdadera madre del nuevo faraón es Hator, la vaca celeste que la alimentó con
la leche de las estrellas; y su verdadero padre es Amón-Ra, que presenta a su
hija a las divinidades, al tiempo que les recomienda: «Amadla, tened confianza
en ella».
Pero
hay que darle sus nombres, es decir, su programa de gobierno. Se conserva Hatshepsut,
«la primera de las venerables», que la une a los antepasados; y se le añade
Maat-ka-Ra, «la potencia creadora de la Regla (Maat) es la luz divina», su nombre
de rey del Alto y Bajo Egipto.
Comienza
ahora un reinado de unos quince años,
feliz y pacífico. El
faraón Hatshepsut asocia al faraón Tutmosis III a varios actos oficiales.
¡Y
nos vemos obligados, a pesar de los amantes de complots, a reconocer esta situación
excepcional y no conflictiva! Los textos
subrayan la dimensión extraordinaria de esta mujer faraón: Mirarla era más
bello que cualquier otra cosa. Su forma era la de un dios, lo hacía todo como
un dios, su brillo era el de un dios. Hatshepsut —afirma el constructor Ineni—
llevaba los asuntos de Egipto según sus propios planes. El país trabajó
inclinando la cabeza ante ella, la perfecta expresión divina nacida de Dios.
Ella era el cable que sirve para arrastrar el norte, el poste al que se amarra
el sur; ella era el guardián perfecto del timón, la soberana que da las órdenes,
aquella cuyos planes excelentes pacifican las Dos Tierras cuando ella habla.
Fue
la primera en llevar el título de Raet, el dios Ra femenino.
Hatshepsut
fue una «mujer de oro», «una mujer perfecta con rostro de oro», encarnación del
«padre de los padres» y de la «madre de las madres». Gracias a ella, el país vivió efectivamente
en paz y todas las ciudades gozaron de tranquilidad.
Es
difícil, hoy, imaginar la intensidad de la influencia espiritual de esta mujer faraón
que consiguió subyugar a Tutmosis III, ¡pese a la muy fuerte personalidad de éste!
Su
corazón, nutrido de sia, la intuición creadora, Hatshepsut no era el juguete de
una facción política. Como revela el texto de uno de sus obeliscos, había sido
iniciada en los «misterios del primer día» del dios Amón y en su poder efectivo
y benéfico.
Por
lo que podía afirmar: «He magnificado la Regla [Maat] que Dios ama, pues sé que
la vive. Y es también mi pan, y yo bebo su rocío, siendo un solo cuerpo con
él».
Un
verdadero faraón, estaremos de acuerdo en ello, es en primer lugar un constructor
que debe ofrecer a los dioses sus moradas terrestres para que el nexo entre el más
allá y este mundo no se rompa. ¡Con Hatshepsut
no nos sentimos decepcionados! En un lapso
de tiempo relativamente breve, crea varias obras maestras, parcialmente
conservadas.
¿Dónde
construye? Sobre todo en Tebas, su capital, pero también en Elefantina, en
Kom Ombo, en El-Kab, en Cusae o en Hermópolis, la ciudad del dios Tot. Una importancia
particular ha de atribuirse al santuario de la diosa-leona Pajet, el Speos Artemidos,
cerca de Beni Hasán, en el Medio Egipto.
Lugar
extraño e inquietante: desconfiando de las potencias peligrosas que rondan en
esos parajes, los ocupantes hicsos habían arrasado la capilla rupestre.
Indiferente a nuestras mediocres preocupaciones cronológicas y a nuestro
interés por la datación, Hatshepsut afirmó haber expulsado ella misma a los
bárbaros y haber restaurado el esplendor salvaje del lugar. La leona Pajet, que
erraba por el valle, hacia el oriente, llama al faraón; destruidos por la
lluvia, los caminos estaban cortados, y la ausencia de sacerdotes impedía la
celebración de los ritos. Con un desorden tal se corría el riesgo de que todo
el país se deteriorase y de que se sucediesen las malas crecidas, debido a la esterilidad
creciente difundida por el fuego de la leona furiosa.
Reconstruyendo
el santuario, Hatshepsut la tranquilizó y transformó su violencia en fuerza
constructiva. «Yo he hecho prosperar la Tradición —observa—, mi corazón- conciencia se preocupa
del porvenir».
La
lluvia cesó, el sol volvió a brillar, la crecida hizo de nuevo fértiles las
orillas del Nilo y la leona ejerció su vigilancia apartando a los profanos de
su santuario. La circulación
de las «ofrendas» se recuperó, pues Hatshepsut había glorificado a Maat.
Pero
fue en Tebas, la ciudad del Amo del Universo y el país de luz por encima de la
tierra, donde Hatshepsut desarrolló un fabuloso programa arquitectónico, con la
ayuda de dos altos dignatarios: Hapuseneb, gran sacerdote de Amón y visir
iniciado en los misterios de la Enéada, y Senenmut, gran intendente de Amón.
Los
proyectos de Hatshepsut eran de envergadura:
remodelar el corazón del templo de Karnak y crear un nuevo templo en la
orilla occidental.
En
Karnak hizo edificar un «palacio de Maat», la gran morada de la diosa de la rectitud,
donde se cumple la iniciación real. En presencia de la Enéada, Hatshepsut es purificada
por Horas y Tot. Allí se construyó la admirable «capilla roja», llamada así debido
al color de los bloques de granito, y cuya verdadera denominación era «el lugar
del corazón de Amón». Depósito de la barca divina, este monumento, rodeado por
un jardín, fue cuidadosamente desmantelado. En perfecto estado de conservación,
los bloques que se han hallado fueron expuestos durante mucho tiempo en el
museo al aire libre de Karnak, cuya capilla ha sido levantada de nuevo
recientemente.
Toda
una obra ha sido necesaria para estudiar este soberbio libro de piedra que nos
ofrece la enseñanza ritual de la esposa divina y faraón Hatshepsut. La vemos prestando
juramento respecto a que cumplirá sus funciones sagradas, hacerse coronar, efectuar
la «subida real» hacia el santuario, comunicarse con los dioses, presentar las ofrendas
de todo Egipto al dios oculto, celebrar la Bella Fiesta del Valle, durante la cual los
vivos y los
muertos participaban juntos
en un banquete,
dirigían las ceremonias de
la fiesta de
Opet, diosa-hipopótamo símbolo
de la fecundidad espiritual, y hacían quemar las
potencias maléficas en los braseros. Y para aquél que dude del poder de una
mujer faraón, puede meditar sobre este texto: «Yo soy un rey que hace eficaces las
leyes, juzga las acciones, castiga a quien transgrede su condición. Yo soy un
toro salvaje de cuernos puntiagudos que viene del cielo, un halcón que planea
sobre las comarcas, un chacal de pasos rápidos que realiza la vuelta a la
tierra en un instante».
Esta
capilla no fue el único monumento del nuevo centro mágico y espiritual de Karnak
en el que Hatshepsut quería «hacer surgir una montaña de oro». Por orden de su
divino padre Amón, ésta tomó la forma de varios obeliscos.
Empresa
difícil, que necesitaba una mano de obra altamente cualificada de tallistas de
piedra de primera clase y barcos especialmente concebidos, de 90 metros de
longitud, para transportar, desde Elefantina, a la frontera sur del país,
monolitos de más de trescientas toneladas. Sin importarle la distancia, en
efecto, Hatshepsut exigía el granito rosa de Asuán, magnífico material de
eternidad.
Senenmut
se mostró a la altura de la tarea, y su acción fue inmortalizada en los bajorrelieves
del templo de Deir el-Bahari. Al llegar los obeliscos, al final de un viaje delicado,
hubo una fiesta en el cielo, y todo Egipto se alegró al verlos. Al son de trompetas
y de tamboriles, los tebanos aclamaron a su soberana.
Tan
característico de la arquitectura egipcia, el obelisco simboliza el primer rayo de
luz de la creación, en el origen de todas las cosas. Al disipar las ondas
negativas, atrae hacia el templo las fuerzas benéficas y garantiza la
circulación de la energía.
Al
hacer recubrir las puntas de los obeliscos de electro, mezcla de oro y plata, Hatshepsut
iluminaba la morada terrenal de las divinidades. Cuando el disco solar se elevaba
entre ellos, sus rayos llenaban el doble país. Expresándose unas veces en masculino,
y otras en femenino, la mujer faraón hizo grabar en el granito un texto notable:He
realizado esta obra con un corazón amante para mi padre Amón; iniciada en su
secreto del origen, instruida gracias a su poder benéfico, yo no he olvidado lo
que había ordenado. Mi Majestad conoce su divinidad. He actuado a sus órdenes,
él es quien me guía, yo no he hecho el plan de la obra fuera de su acción, él
es quien me ha orientado. No me he dormido pues yo me preocupaba de
su templo, no me he apartado de lo que él me había mandado. Mi corazón era
intuición ante su padre, he entrado en la intimidad de los planes de su corazón...
Yo sé que Karnak es la luz sobre la tierra, la colina venerable del origen, el
ojo sagrado del dueño de la totalidad.
Estamos
aquí, a nuestro entender, ante la personalidad profunda de Hatshepsut.
Pintarla
como una ambiciosa, ávida de poder, no se corresponde en absoluto con la realidad.
Ella es fundamentalmente una Servidora
de Amón, el dios oculto, del que
conoce, gracias a un acto de comunión propio de la función real, el supremo misterio.
De acuerdo con la tradición faraónica, no se la apropia de manera mística, sino
que la formula a través de los monumentos y de los textos jeroglíficos.
El
genio constructor de Hatshepsut no se limita a Karnak. Concibe un «templo de los
millones de años», edificado en la orilla oeste de Tebas. Adosado al acantilado
coronado por la cima tebana, residencia de la diosa del silencio, este «sagrado
entre los sagrados» (dyeser dyeseru) es una morada de Amón que acoge a su hija Hatshepsut
y la asocia a su secreto. Este nombre no debe nada al azar, y la referencia a
Zóser, «el sagrado», faraón de la Tercera Dinastía, recuerda la edificación de
la primera pirámide de piedra por el nuestro de obra Imhotep. Siguiendo su
ejemplo, Hatshepsut crea un edificio original, formado por una sucesión de
terrazas a las que dan ritmo los pórticos, y que llevan al último santuario
excavado en la roca.
Ante
su obra, hoy, la reina se sentiría contrariada, pues faltan los jardines y los estanques
que darían a Deir el-Bahari un aspecto paradisíaco. Lejos de concebir una arquitectura
rígida aplastada por el sol, Hatshepsut habría querido que un cofre de verde
hubiese protegido un templo escalonado, verdadera suma teológica en la que figuraban
juntos los ritos que permitían celebrar el culto de los antepasados y de las divinidades
mayores, el culto diario y la confirmación del poder real en el Nuevo Año.
En
este lugar, recordémoslo, el faraón Mentuhotep había construido un conjunto simbólico
consagrado a Osiris. Hatshepsut consideró a este sabio un modelo e integró su
obra en la de ella, orientada hacia la luz creadora, Ra. Así, Osiris, sol de la
noche, y Ra, sol del día, se unían de manera monumental.
Hatshepsut
guarda la rampa de acceso a las terrazas de su templo con dos leones de piedra
que simbolizan ayer y mañana, la montaña de occidente y la montaña de oriente. Con los ojos abiertos perpetuamente, ambas
fieras apartaban del lugar sagrado a las fuerzas de las tinieblas, a los
enemigos y a los profanos. Al otro lado de este umbral, Hatshepsut podía
comunicarse con las potencias divinas, en especial con Hator, dama del
occidente, que habitaba en el corazón de la montaña a la que estaba adosado el
templo. Por otro lado, vemos al soberano que se encuentra con la vaca, encarnación
de la diosa, que lame los dedos largos y finos de su sierva. «Ojo en el ojo —está
escrito—, besar el brazo, lamer las carnes divinas, llenar al faraón de vida y
de poder».
Es
Anubis quien conduce a Hatshepsut, vestida con el ropaje real masculino, por los
bellos caminos del más allá y la presenta a Osiris, dueño del cielo. Despojada
de su piel mortal, la soberana es reconocida «veraz de voz» y accede al paraíso
donde
su alma bogará a través de la eternidad en compañía de las estrellas.
En
la terraza superior, adornada con pilares que representan a Hatshepsut y a Osiris,
cumple su doble transformación en Osiris y en Ra, tras recorrer pórticos y salas
que corresponden con las pruebas del camino iniciático. Así se cumple la espiritualización del ser
real, conforme a las enseñanzas del tiempo de las pirámides.
Prolongando
la antigua sabiduría, Hatshepsut le otorga una nueva formulación, al insistir
en lo esencial.
Hatshepsut
hace referencia, asimismo, a un tema simbólico, conocido desde el Imperio
Antiguo, el viaje al país de Punt, cuya localización es objeto de innumerables
debates. Los textos egipcios no se interesan por él, pues les basta saber que
Punt es la tierra del dios Amón-Ra, pero una tierra lejana, una especie de
paraíso perdido cuya ubicación hay que encontrar «horadando los caminos».
¿Por
qué Hatshepsut, al igual que sus predecesores, debe enviar una expedición que
pueda llegar a buen puerto? Porque su corazón está habitado por el deseo de magnificar
a Aquél que la ha creado y de cumplir su voluntad: establecer Punt en el interior
de su templo, plantar los árboles del país del dios a cada lado de su
santuario, en su jardín.
La
expedición toma los caminos del cielo para alcanzar el mundo de los perfumes y
de las esencias sutiles. Guiados por el espíritu
de Amón y la voluntad de su soberana, los marinos no podían perderse. La
acogida dispensada por el pueblo de Punt fue calurosa; se levantó una estatua
que representaba a Amón y a Hatshepsut, hubo banquetes, y los barcos retomaron
el camino de vuelta, cargados de maderas preciosas, de gomas aromáticas, de
marfiles y, sobre todo, de árboles de incienso cuyas raíces se envolvieron en
telas húmedas.
A
la llegada, celebrada por un gentío entusiasta, se desarrolló en el secreto de
la sala de festejos del templo una escena extraordinaria. En presencia del dios
Tot y de la diosa Seshat, que elaborará el inventario de los productos,
Hatshepsut midió el incienso de Punt con una varilla de oro fino. Pero no se
limitó a calcular, tomó un bálsamo en sus manos y lo extendió sobre sus
miembros. Entonces, el cuerpo del faraón exhaló el olor mágico del rocío
divino, y todo su ser se transformó en oro brillante como las estrellas.
Se
trata de una de las más sorprendentes narraciones sobre una transmutación alquímica,
y se comprende, al leerla, la necesidad de viajar periódicamente al país de Punt.
Los faraones iban a buscar allí una especie de piedra filosofal, necesaria para
realizar la última fase de la obra, la transformación en luz celeste.
Hatshepsut
plantó ella misma los árboles de la tierra de dios, reconstituyendo, así, en
Deir el-Bahari, el paisaje de Punt. Los árboles proporcionarían el incienso,
«lo que hace ser divino», indispensable con ocasión de la celebración de los
ritos y de las fiestas. Viva como la luz de Ra, Hatshepsut se asimilaba a ella.
Con
ocasión de la Bella Fiesta del Valle, Deir el-Bahari acogía al dios Amón, que venía
en barca desde su templo de Karnak. Hatshepsut le ofrecía ramilletes bien surtidos,
encarnación de los perfumes sutiles de la creación. Luego, al terminar el día, la
soberana se convertía en portadora de luz.
Encendía cuatro antorchas que iluminaban estanques de leche y la barca
divina que había de bogar por el lago de oro.
Los iniciados asistían a esta navegación secreta y, al alba, las antorchas
se apagaban en la leche.
En
esta ocasión la capilla de las tumbas se transformaba en sala de banquetes.
Gracias
a la intervención del faraón, b frontera entre los vivos y los muertos quedaba abolida,
y el Bello Occidente se convertía en sinónimo de una alegría victoriosa sobre la
nada. El paso de la barca de Amón reunía las energías dispersas, permitiendo de
este modo el proceso de resurrección.
De
vuelta a Karnak, Hatshepsut purificaba la barca y le abría la boca para restituirle
su pleno poder, antes de volver al silencio y a la paz de su santuario. Los antepasados
habían sido reanimados, y la tierra podía celebrar de nuevo su origen celeste y
acoger a los dioses.
Y
luego llegó la hora de su partida.
¿En qué
fecha y en qué circunstancias desapareció Hatshepsut? Lo ignoramos. Incluso en
lo que se refiere a los más ilustres faraones, los textos egipcios no nos cuentan
este tipo de acontecimientos.
En el estado
actual de la documentación, parece ser que a Tutmosis III, en el año XXII de su
reinado, ya no lo acompaña Hatshepsut con ocasión de las ceremonias oficiales.
Ni crisis de régimen, ni revolución de palacio, ni complot, ni guerra civil. La
gran reina faraón había subido al cielo, y Tutmosis III, preparado durante
largo tiempo para el ejercicio del poder supremo, gobernaba las Dos Tierras.
La
morada de eternidad de Hatshepsut puede haber sido la primera excavada en el Valle
de los Reyes,
presenta un plano único. Un inmenso recorrido, que adopta una forma vagamente
semicircular, desemboca en una cámara funeraria. Se trata del camino más largo
(213 metros) jamás trazado en la roca del Valle, y puede pensarse en un intento
de espiral, comparable al que adorna la corona roja. El primer sarcófago que Hatshepsut
había previsto para ella misma acogió la momia de su padre, Tutmosis I; la
reina reposó en el segundo, obra maestra en gres rojo conservada en el museo de
El Cairo. La tapa tiene forma de cartucho, que protege el nombre real, el elemento
más importante de su ser. Y, en el secreto del «proveedor de vida», la
diosa-cielo, Nut, hace renacer a Hatshepsut entre las estrellas. Los ojos de la
soberana, transformada en oro, ¿no están, acaso, abiertos para toda la
eternidad?
TUTMOSIS III

Luz de la obra y secreto de la cámara
oculta
Feliz
época que vio a un faraón de gran envergadura que sucedía a una notable mujer
faraón! A lo largo de un reinado de aproximadamente cincuenta y cinco años, Tutmosis
III se impuso como uno de los grandes monarcas del Egipto antiguo. Su madre se
llamaba Isis, y él le profesaba una veneración tal que está representada
en su morada de eternidad del Valle de los Reyes; asimilada a la diosa, la
esposa bienhechora de Osiris surge de un árbol, símbolo del más allá benéfico,
y nutre a su hijo con leche celeste. Predestinado, el joven Tutmosis reinará
largo tiempo junto a Hatshepsut, participando, en su compañía, en numerosas
ceremonias oficiales.
Al
morir la soberana, asumió el poder solo y gobernó sabiamente un Egipto en el culmen
de su poderío y de su riqueza. Con él, volvemos a encontrar la inspiración del Imperio
Antiguo.
Tutmosis
III, «el que nació de Tot», lleva también los nombres de «toro que aparece en
Tebas»,
«sagrado de apariciones»
y «estable es la mutación de la luz divina».
Este último nombre es, por sí solo, todo un programa del que no habría renegado
un iniciado taoísta. ¿Acaso la función real no consiste en hacer estable (men)
la
mutación
(jeper)
por
excelencia,
la
de
la
luz?
Así
se
hace
posible
la iluminación de la
tierra por la potencia creadora que atraviesa los tiempos y los espacios.
Inscrito en
un cartucho, este
nombre se consideró
portador de suerte
y un talismán, utilizado
hasta los últimos
tiempos de la
civilización faraónica. Fue reproducido en
una gran cantidad
de escarabajos, algunos
de los cuales
fueron hallados muy lejos de Egipto.
Así,
gracias a algunos jeroglíficos portadores de su pensamiento, Tutmosis III era el
embajador de uno de los aspectos más importantes de la espiritualidad egipcia.
La
memoria colectiva conserva un rastro profundo de este faraón, hijo del dio del
conocimiento y considerado «el padre de los padres». Convertido en un héroe de leyenda,
al igual que Sesostris III, uno de sus modelos, se le veneraba todavía mucho tiempo
después de su muerte, como lo demuestran las escenas de las tumbas de la época
tolemaica.
Relacionado
con las fases de la Luna, uno de los símbolos de Tot y de las etapas de la
resurrección de Osiris,
Tutmosis III garantizaba
la fertilidad de
Egipto regulando
las crecidas.
El
dios Set le había enseñado a tirar con arco y no erraba nunca el blanco, por lo
que pudo dirigir cierto número de campañas militares en el pasillo
sirio-palestino y quizá en Asia. Éstas se parecen más bien a operaciones de mantenimiento del
orden e incluían
programas de desarrollo
económico y de investigaciones científicas, algunos de
cuyos resultados fueron esculpidos en piedra en el jardín botánico de Karnak.
Infatigable investigador, Tutmosis III se interesaba por los reinos animal y
vegetal, e hizo elaborar un inventario de las especies. Las expediciones se
narraron en los Anales que
hicieron que el
monarca, muy poco guerrero en realidad, recibiera el
excesivo apodo de «Napoleón egipcio».
Sin
duda se debe a Tutmosis III la creación iconográfica del acto más importante del
ritual cotidiano, es decir, la presentación de la diosa Maat a ella misma.
Al
ofrecer la verdad, la coherencia y la armonía, en una palabra la Regla de vida
a ella misma, el faraón descartaba lo perecedero y restauraba la edad de oro.
Gracias a la eficaz ayuda de un primer ministro fuera de lo común, Rejmira,
«aquél que conoce la luz», la gestión del reino fue de una eficacia y de un
rigor digno del tiempo de las pirámides. Imperativos principales: atenerse a
Maat, la ley de los dioses, no favorecer a nadie sin caer en un exceso de
rigidez, aceptar el peso y las amarguras de la función, escuchar objetivamente
las palabras de cada querellante, proteger al débil ante el fuerte y hacer
justicia en toda circunstancia sin preocuparse del rango social.
Sabiendo
que la felicidad de las Dos Tierras dependía de ellos, Tutmosis III se mostró
especialmente apegado al culto de los antepasados. En Nubia, en Karnak y en otros
lugares, hizo representar sus actos de veneración hacia aquéllos.
Por
medio de la ofrenda garantizaba el nexo entre la realeza del eterno Oriente y
la ejercida en la Tierra, entre el más allá de los «veraces de voz» y el mundo
de aquí debajo de los seres que buscan
conocimiento. Sólo los
antepasados dan vida,
coherencia y estabilidad a
una sociedad humana.
Su denominación simbólica,
«los que están delante», prueba que no pertenecen al
pasado sino que, por el contrario, abren el camino.
Interesado
por el conjunto de las ciencias, Tutmosis III se ocupaba también del bienestar
de sus contemporáneos. Tras haber descubierto un importante tratado de medicina
del tiempo de sus antepasados, y preocupado por la condición de las gentes modestas,
promulgó un importante decreto referente a la salud pública. Al insistir en la higiene,
clave del buen
estado físico de
la comunidad y
del individuo, hizo accesibles los cuidados a los más
pobres.
En
el campo de la arquitectura, la obra de Tutmosis III como constructor es impresionante.
En
el corazón de Nubia, en Dyebel Barkal, se produjo un milagro.
Con
ocasión de la aparición de una estrella en el cielo, el rey mago Tutmosis III
supo que su padre celeste le pedía edificar en este lugar un templo a su
gloria. Los restos permiten imaginar un vasto santuario en el que el poder de
Amón-Ra continúa siendo perceptible.
En
Deir el-Bahari, en la orilla oeste de Tebas, el rey no destruyó la obra de Hatshepsut
sino que, por el contrario, la completó edificando su propio santuario entre la
terraza superior del
templo de la
mujer faraón y
el de Mentuhotep, antepasado
venerado.
En
Karnak hay varias obras maestras, algunas, por desgracia, desmanteladas o deterioradas:
la Sala de los Anales, la Cámara de los Antepasados, el jardín botánico, el Castillo
del Oro y
el templo de
iniciación llamado Aj-menu
(que significa «momento
brillante»). El jardín botánico es un conjunto de capillas próximas al Aj-menu.
Plantas, aves y animales están representados; también los hay que presentan detalles
extraordinarios, incluso anomalías, provienen de un mundo lejano, a veces inquietante,
que el faraón exploró y dominó. Alcanzando lo desconocido, no perdió su centro
de gravedad y, sin temblar, ha llevado al interior del templo estos aspectos extravagantes
de la creación con el fin de que sean purificados y ofrecidos a los dioses. Al
rey le corresponde dominar lo misterioso, sublimarlo y hacerlo digno de lo sagrado.
Al
norte de Karnak, Tutmosis III y los iniciados levantaron postes ante el séptimo pilono.
En este lugar ofrecieron a Amón monumentos realizados con madera y oro, y construyeron
un edificio destinado a acoger los objetos utilizados con ocasión de los ritos,
tras haber sido animados y dotados de vida mágicamente. Este «Castillo del Oro»
contenía el tesoro del templo: cetros, incensarios, ánforas, etc. Y cada año, durante
una ceremonia, recibían una nueva luz que les daba nueva energía, necesaria para
cumplir un nuevo ciclo.
Restaurado
en parte y accesible a los visitantes, el Aj-menu, uno de los templos de
Karnak, es como la culminación de la obra arquitectónica de Tutmosis III. La palabra
aj significa «luminoso, brillante, radiante, útil» y simboliza el estado espiritual
más elevado que puede alcanzar un ser o un monumento. Y este monumento (menu) lleva un nombre de
una importancia capital.
Calificado
igualmente como «palacio
sagrado del alma
venerable», era el
santuario de regeneración del
ser real, que presentaba
un doble aspecto
formado por salas solares y capillas subterráneas. Allí
se practicaban los ritos de la subida del faraón hacia el dios oculto, de la
apertura de la boca y de los ojos, de la ofrenda de coronas y de cetros
al rey resucitado.
Este podía, entonces,
contemplar el nuevo
sol, con ocasión del triunfo de
la creación sobre el caos.
Tutmosis
III no fue el único que vivió los grandes misterios de este lugar. Gracias a
un estudio en profundidad,
sabemos que el Aj-menu,
llamado con frecuencia «sala
de
las
fiestas»,
fue
el
lugar
de
iniciación
de
los
sacerdotes
de
Karnak considerados
dignos
de
conocer
el
«cielo
en
la
tierra»
y
«el
trono
verdadero
de Amón». Allí, tras
haber tomado caminos inaccesibles, su alma se transformaba en fénix y
atravesaba las tinieblas para acceder a la luz. Regenerado en la sala oculta,
el iniciado pasaba de un mundo al otro y penetraba, mientras estaba vivo, en el
corazón del
universo
de
los
dioses.
Así
era
posible,
gracias
a
esta
iluminación
y
a
la transmutación, revivir «la primera vez»,
el nacimiento de la vida.
No
hay duda, en nuestra opinión, de que Tutmosis III en persona redactó el «libro divino», ofreciendo
el ritual a
aquéllos y aquellas
encargados de animar
tales ceremonias cuyo origen se remonta a los Textos de las Pirámides que el rey había estudiado.
Tras
haber reacondicionado las tumbas de sus antepasados Tutmosis I y Tutmosis
II, el tercero de los Tutmosis impuso
definitivamente el Valle de los Reyes como lugar
de
las
sepulturas
de
los
faraones
del
Imperio
Nuevo.
El
mismo
eligió
un emplazamiento sorprendente, en el fondo de una cavidad, la entrada de
la tumba,
que se situaba a 10 metros por encima del suelo. Trepar por la escalera
metálica instalada
por
el
Servicio
de
Antigüedades
representa
para
ciertos
visitantes
un esfuerzo
real,
pero
merece
la
pena,
pues
esta
morada
de
eternidad
es
rica
en enseñanzas. Nos introducimos por un
estrecho corredor que se hunde en el corazón de
la
roca
y
llegamos
a
una
primera
sala,
de
techo
bajo,
cuyas
paredes
están adornadas con 775
figuras enigmáticas que corresponden a las fuerzas creadoras que engendra
diariamente el sol. Están ocultas en las «cavernas secretas de la totalidad reunida»
y revelan los elementos que forman la luz creadora.
Se
ve hasta qué punto la «religión» egipcia, si podemos llamarla así, no es un asunto
de creencia sino de conocimiento. En su morada de eternidad, el prudente y sabio
Tutmosis III formula, para la mirada de los dioses, una de las visiones importantes
de los iniciados.
Una
vez asimilado este descubrimiento, es posible pasar a la segunda sala, en forma
de cartucho oval, que contiene el ser inmortal del rey. Allí, otra formulación sorprendente:
en el tabique se desarrolla un papiro escrito por mano maestra y que transmite
un libro entero, el Amdwat, «lo que se encuentra en la matriz estelar», llamado
también «libro de la cámara oculta».
Según
su visir Rejmira, Tutmosis III escribía admirablemente los jeroglíficos. Tan hábil
como su padre Tot y la diosa Seshat, manifestaba un gusto acentuado por la caligrafía
y no cesaba de escrutar los textos antiguos. Por ello pensamos que no sólo Tutmosis
III es el autor de la versión completa del Amdwat sino también que él fue quien
dibujó en los tabiques de su morada de eternidad.
Henos
aquí, pues, en presencia del «libro verdaderamente secreto que no se permite
conocer a los profanos». Diversos juegos
de escritura hacen ardua la traducción, pero podemos distinguir el tema
principal de esta composición alquímica: la travesía del medio matricial
estelar (la dwat), durante las doce horas de la noche por el sol que envejece,
al que se identifica con el faraón. Esta transmutación exige el conocimiento de
las múltiples fuerzas creadoras, de las puertas del más allá y de sus temibles
guardianes, y de las horas que dominan a las potencias peligrosas que hay que
pacificar. La finalidad del viaje es la regeneración, en el Oriente, del sol y
del alma real.
La
tripulación de la barca solar comprende varias divinidades capaces de luchar contra
las tinieblas y de hacerla avanzar, en especial Sia, la intuición de las
causas, y Hu, el verbo creador. Estar en esta barca, a la vez en el cielo y en
la tierra, permite conocer la eficacia luminosa de las Almas (bau), es decir,
las manifestaciones de la energía luminosa. De este modo se salvan los
obstáculos y se vence a la muerte.
«Poderoso
de piernas», el que conoce este texto no entra en el lugar de la destrucción.
Lo
que estaba oculto se abre para el Luminoso, y la barca navega por la espina
dorsal de la imagen secreta de la serpiente llamada «vida de los dioses».
Avanzando
tras su ojo, su capacidad creadora, el viajero vive de la voz del gran dios
y alcanza el tribunal de la justicia de Osiris, en perpetua actividad. Allí
serán vencidos
los enemigos de la luz, allí será transmutado el propio alquimista al convertirse
en aj «ser luminoso y útil», allí se cumplirá la fusión entre Ra, sol del día, y
Osiris, sol de la noche.
Nada
es fácil en este camino, pues la monstruosa serpiente Apofis trata de taponar la
energía celeste y de detener el avance de la barca. Sólo el conocimiento de las
palabras adecuadas y una constante lucha contra las tinieblas destructoras le
impiden hacer daño.
Al
final del viaje, el banquete. El ser regenerado come con los vivos en el templo de
Atum, el príncipe creador. Y como explica el Amdwat, «es útil para aquél que conoce
eso en la tierra, y en el cielo y en la tierra».
En
gres rojo pintado, el sarcófago de Tutmosis III nos muestra al faraón con los ojos
abiertos. La muerte ha sido rechazada, él contempla los misterios del más allá
y se dirige, sereno, hacia los dueños de las energías vitales (kau) presentes
hasta los confines de la eternidad solar. Glorioso en sus formas, disponiendo
de fórmulas de conocimiento, Tutmosis III forma parte, ya, de esta cofradía
celeste.
AMENHOTEP, HIJO DE HAPU

Maestro de obras, primer ministro
sanador y hermano de
Imhotep
Los
sucesores
de Tutmosis III vivieron, por así decir, del impulso iniciado por este faraón
excepcional, y Egipto,
centro espiritual y
potencia económica, continuó
siendo influyente. El
reinado de Amenhotep III
fue también extremadamente brillante. La gran esposa
real,
Tiyi,
es
una
personalidad
conspicua,
en
especial
en
el
campo diplomático,
y las Dos Tierras, que gozan de una notable prosperidad, viven en paz.
En
esta época surge la figura de un sabio, Amenhotep, hijo de Hapu, que vivió al menos
ochenta años.
Nacido
durante el reinado de Tutmosis III en Atribis, en el Delta, era hijo de padres
modestos, la señora Itu y su marido Hapu. Hasta la edad de cincuenta años
residió en su ciudad, donde ejerció las funciones de escriba real y de superior de
los sacerdotes del
dios local.
Así, pues,
una carrera tranquila
y honorable que debería haberlo conducido hacia una vejez feliz.
Pero
Amenhotep, hijo de Hapu, no se parecía a otros dignatarios. Dotado de una inteligencia
notable y de una firme voluntad, conseguía resolver los más complejos problemas
y formulaba consejos indiscutibles. Tales cualidades le permitieron ver el poder
de Tot, penetrar sus secretos y ser instruido en el conocimiento del libro
divino.
Amenhotep, hijo
de Hapu, se
convirtió en un
experto en escrituras
sagradas, capaz de aclarar los pasajes oscuros de los textos difíciles y
de responder a múltiples preguntas con el fin de hacer eficaz el mensaje de
Tot. Esta notoriedad llegó a oídos del faraón que decidió arrancar a este sabio
de su tranquilidad provinciana y ponerlo a prueba confiándole delicadas tareas
materiales.
Nombrado escriba
de los nuevos
reclutas, Amenhotep, hijo
de Hapu, debía repartir
a los jóvenes diplomados en los diferentes cuerpos del Estado, garantizar la seguridad
de la fronteras, impedir que los beduinos provocasen perturbaciones en las rutas
del desierto, gestionar el comercio interior y exterior, y desarrollar la
marina.
Ante
los éxitos de este escriba infatigable y riguroso, que obtenía los máximos resultados
utilizando la suavidad, Amenhotep III decidió nombrarlo primer ministro y su
principal colaborador. Lo nombró maestro de obra, jefe de todas las obras del
rey, preceptor de su hija Sat-Amón, y organizador de su fiesta de regeneración,
como ¡si fuese su propio hijo! Por otro lado, fue en esta ocasión cuando
apareció al lado del monarca, convirtiéndose así en su brazo derecho oficial,
«el gran ritualista, encargado de construir todos los templos de Egipto».
En
la Alta Nubia, entre la segunda y tercera cataratas, Amenhotep, hijo de Hapu, hizo
edificar dos obras maestras, los templos de Soleb, ligado a Amenhotep III, y de
Sedeinga, para la gran esposa real Tiyi. De forma indisociable, ambos
santuarios celebraban el matrimonio eterno de la pareja real, reformaban el ser
del faraón y festejaban su regeneración por medio de los ritos. Ramsés II y
Nefertari ilustran el mismo simbolismo en Abu Simbel, también en Nubia.
Sin
duda, Amenhotep, hijo de Hapu, fue uno de los arquitectos del templo de Luxor,
consagrado en parte a este tema de la unión del rey y de la reina bajo la égida
de Amón y de Min, reafirmando la resurrección de Osiris. Sabemos que el maestro
de obras erigió una estatua gigante, de 20 metros de altura, delante del décimo
pilono de Karnak y los célebres Colosos de Memnón, ante el «templo de los
millones de años» de Amenhotep III, por desgracia destruido.
En el
año 31, un
decreto real da
a Amenhotep, hijo
de Hapu, una
increíble autorización: la
de hacerse construir
su propio templo,
¡privilegio normalmente reservado
a los faraones! Y no se tratará de un edificio modesto, pues su tamaño superará
al de los santuarios de ciertos monarcas. Será el único templo «privado» entre los
de la orilla
oeste de Tebas.
Pero éste también
fue arrasado. Un
jardín, compuesto por un estanque central bordeado por una fila de
árboles. Ocupaba toda la superficie del primer patio, muy vasto, formando él
solo la mitad del conjunto. La gran corriente de la inundación, Hapy, amo de
los peces y de las aves, puro en ofrendas florales, llenaba este lago sagrado.
En
el comienzo de su carrera en Tebas. Amenhotep, hijo de Hapu, se hizo excavar una
tumba de notable.
Debido
a su admirable ascenso, eligió otro emplazamiento en el Valle del Águila,
detrás de Deir el-Bahari. Y esta sepultura adoptaba el plano de una tumba real.
En el museo del Louvre se conserva un fragmento de la tapa de su sarcófago, en
diorita; nos dice que Nut, la diosa-cielo, ha extendido sus alas sobre Amenhotep,
hijo de Hapu, y lo ha hecho renacer.
Información
verificada, pues si queda muy poco del templo y de la tumba de este sabio,
sus estatuas, por el contrario, han sobrevivido al tiempo. Amenhotep, hijo de Hapu, gozaba,
en efecto, de
otro favor real:
ver su efigie
de piedra, con
varios ejemplares, expuesta en varios templos, entre ellos el de Karnak.
Estaban dispuestas, principalmente, a lo largo de las vías procesionales y en
los grandes patios a cielo abierto.
El
texto de la estatua, colocado delante del décimo pilono, es revelador: Gentes
de Karnak que queréis ver a Amón, venid hacia mí. Yo transmitiré vuestras
peticiones, yo soy el intérprete de este dios. El faraón me ha dado la orden de
transmitirle toda cosa que se formule en esta tierra.
Comprendemos mejor
el lugar eminente
ocupado por este
sabio. Verdadero chamán
al estilo egipcio, era considerado intermediario entre los hombres y el rey, y entre
los hombres y el dios Amón. Él los escuchaba, ciertamente, pero no soportaba las
habladurías ni las mentiras. Algunos orantes osaban tocar la túnica de piedra
de este mediador, con la esperanza de recibir un poco de su sabiduría y de
reducir un poco su ignorancia.
En esta época
se produjeron sanaciones
milagrosas, lo que aumentó todavía más la reputación de
Amenhotep, hijo de Hapu.
En
la época tolemaica, delante del ala derecha del primer pilono de Karnak, se levantaba
un coloso de cuatro metros de altura que representaba al sabio, llamado «divino
descendiente del amo de Hermópolis (Tot), sensible en su corazón, surgido de
Seshat, excelente en su discurso como Imhotep, hijo de Ptah, servidor de Amón».
Y
el texto recordaba su cualidad principal: «Yo he restaurado todo lo que se
había perdido
en las palabras de los dioses, he vuelto claro lo que estaba oculto en los
libros sagrados».
Quinientos
años después de su muerte, Amenhotep, hijo de Hapu, todavía era venerado, pues
se consideraba que conocía los poderes secretos de los escritos del pasado, que
databan de la época de los Antepasados. En tiempos de la XXVI Dinastía disponía
de una capilla en Tebas, donde la gente venía a implorarle como sanador y médico
de almas. Y bajo los Tolomeos fue elevado al rango de «gran dios» al que se pedía su
sabiduría, la visión
de lo que
estaba escondido, oráculos
y curaciones milagrosas. Vestido
con una larga tú ica, tocado con una peluca a la antigua, con un papiro
desenrollado sobre las rodillas, ¿no tenía, como las divinidades, los cetros
anj, «la vida», y was, «la potencia»?
Este
término de «divinización» no debe despistarnos y hacernos pensar en una devoción
ciega hacia un individuo humano. Es debido a su sabiduría por lo que Amenhotep,
hijo de Hapu, participaba de la naturaleza divina, el neter, por lo que, tras
haber sido un gran ritualista, podía ser él mismo objeto de un ritual. Se le elaboró
una genealogía simbólica, que lo relacionaba directamente a Amón. Su padre no
era otro sino Tot, su madre era Hator;
y Ptah, el patrono de los artesanos, daba forma
a este sabio para que fuese su réplica regenerada, surgida de la comunidad de los
dioses.
Es
en Deir el-Bahari, el «templo de los millones de años», de Hatshepsut, donde hallamos
magnificado a Amenhotep, hijo de Hapu, y en buena compañía, ¡la de Imhotep,
modelo de los maestros de obra! Los dos grandes sabios, el del Imperio Antiguo
y el del Imperio Nuevo, constantemente rejuvenecidos gracias a la magia del templo,
son asociados en la última capilla del santuario, en el corazón de la roca. Se les
presenta ofrendas en común, y en casi todos los documentos que provienen de Tebas,
Imhotep y Amenhotep, hijo de Hapu, son presentados como hermanos cuyo ser está
«completamente unido». Los constructores de Deir el-Medina veneraban a uno y
a otro, como
antepasados fundadores. Es
la mejor forma
de proclamar la permanencia y la reformulación de la
tradición surgida con la construcción de la pirámide escalonada.
Los
textos de la capilla de Deir el-Bahari pintan a Amenhotep, hijo de Hapu, como
«el juez supremo, el que establece las leyes, el eficaz muro de bronce que
rodea a
Egipto, el gobernador de los templos que recogen los dones de todo el país, que
hablan on sabiduría de la eternidad,
justo de voz, que renueva la vida de corazón lúcido, glorificando a Maat,
perfecto por sus excelentes consejos, aquél que identifica las enfermedades, y
ante el cual retroceden los demonios, que traen los males, aquél que regula la
eficacia de las palabras mágicas».
Conociendo
el corazón de los humanos, Amenhotep, hijo de Hapu, protege al sabio de su
enemigo y renueva lo que había sido destruido. Asimismo, permite el rejuvenecimiento
del alma. Viajando para siempre en la barca solar, fraterniza con las estrellas
y el brillo de la luz que ilumina los cuatro pilares del cielo. Asociado al ogdóada de
Hermópolis, la ciudad
de Tot, contempla
el juego de
las potencias creadoras y, según
la expresión de D. Wildung, se convierte en un «arquitecto del cosmos». Por otro
lado, una escena de Deir el-Bahari lo muestra presentando el signo nefer, la
tráquea-arteria que simboliza el cumplimiento perfecto, a un conjunto de treinta
y cinco estrellas. De este modo el sabio prolonga la obra del Creador.
Incluso
bajo ocupación cristiana el renombre de Amenhotep, hijo de Hapu, no desapareció
completamente. Y Clemente de Alejandría, iniciado en ciertos misterios, lo llama
el «Hermes tebano»,
aludiendo así a
la ciencia de
Tot, de la
que era depositario el ilustre
maestro de obras.
Las estatuas
intactas del sabio,
como la expuesta
en el museo
de Luxor, lo muestran muy anciano, concentrado sobre el
texto jeroglífico que revela el papiro desenrollado sobre sus rodillas.
Convertido a su vez en una palabra del libro de los dioses, continúa sirviendo
de intercesor.
ANI

La sabiduría de un escriba de base
Con
Amenhotep, hijo de
Hapu, nos hallábamos
en la cúspide
del Estado faraónico.
Con Ani vamos a descubrir la manera de pensar de un escriba de la XVIII Dinastía, época de
paz y de
prosperidad. Empleado en
el templo de Ahmose-Nefertari, gran figura tebana de la
que se habla en el capítulo 14, Ani no era un alto dignatario, sino un escriba
de base que decidió escribir una enseñanza, una Sabiduría, destinada a
su hijo, inspirándose
en el ejemplo
de los sabios
de los Imperios Antiguo y Medio.
Este
texto conoció un verdadero éxito, pues reflejaba las preocupaciones de un honrado
servidor de su país y las dificultades encontradas para transmitir a las
futuras generaciones valores fundamentales, origen de la felicidad cotidiana de
los egipcios.
Primera
constatación de Ani: ¡lo que le cuesta al hijo
seguir las enseñanzas del padre!
Virtud necesaria: la
obediencia. Pero que,
por lo menos,
escuche las palabras pronunciadas
y no profiera vanas protestas. El hijo lo reconoció: la multitud es ignorante,
y no es por el lado de la multitud donde conviene buscar la sabiduría.
Entonces,
¿qué debemos hacer?
«Por
el corazón», responde Ani. Y esta vía ardua exige que el hijo comprenda...que
no lo comprende todo. A esta humildad
hay que añadir luego el cesar las palabrerías, degradación de un material noble
entre todos, la palabra. ¿Qué es lo humano? Una madera torcida abandonada en el
campo, expuesta a las quemaduras del sol y al frescor de la noche. Su única
posibilidad: que un carpintero la encuentre y la modifique para hacer el bastón
de un viejo lleno de sabiduría.
Conoce
los escritos, penétralos, llena tu espíritu con ellos, recomienda Ani. Y recuerda
que la función de escriba experimentado no tiene hijos. Cada día hay que seguir
el camino de Maat, la regla de armonía y de rectitud. Cada vez que nos alejamos de ella, se produce
una catástrofe.
Respetar
lo divino, hacerle ofrendas, tratar de no hacer lo que detesta, son pasos vitales.
Dios manifiesta su poder creador bajo millones de formas y orienta hacia la luz
a quienquiera que la venere. Así, es conveniente celebrar las fiestas de los
dioses y renovarlas en el momento adecuado, bajo pena de provocar su cólera. Acto esencial: satisfacer al aj, el ser de
luz, cumpliendo lo que desea, es decir, los ritos. En caso contrario, el
individuo le resultará extraño y sufrirá graves daños.
Ya
que la muerte se apodera del niño lo mismo que del viejo, conviene disponer de
un lugar en el Valle de Occidente, el reino subterráneo en el que opera el
proceso de resurrección. Allí, se reposa
entre los grandes antepasados y su benéfica influencia. Cada uno debe dotarse
de fórmulas de conocimiento, indispensables para franquear las puertas del
tránsito.
¿Qué
es lo más abominable, según el escriba Ani? El tumulto, el estrépito, el ruido,
los gritos. Rezar con un corazón amante significa, en primer lugar, estar en silencio.
Incluso en el seno de un gentío vociferante, el sabio permanece silencioso.
Cuando uno
se expresa, no
hace falta hacerlo
a la ligera
y lanzarse a
inútiles discusiones. El ser humano se destruye a causa de su lengua,
expresiones impropias lo conducen a su pérdida. Lo importante consiste en
aprisionar las palabras negativas en su vientre y elegir formular las
positivas. A ello se añade el necesario sentido del secreto; no hay que lanzar
rumores ni repetir lo que se ha escuchado en la morada de un grande.
Si
un superior está irritado y pronuncia críticas desagradables, observa Ani, hay que
formular frases tranquilizadoras, pues una réplica agresiva provocará
fatalmente que se vuelva contra él. Reaccionar es siempre un error que impide
la vuelta a la calma. Si vemos a un grupo de personas belicosas, es prudente
alejarse de él y no participar en sus
querellas. Cuando se
es víctima de
un ataque verbal,
la buena estrategia consiste
en abandonar al
agresor a la
divinidad, que se
encargará de castigarlo. ¡Y el
resultado será eficaz!
A
quien está agitado y moviéndose en todos los sentidos, es mejor no confiarle ninguna
misión. Manteniéndonos alejados de los contestatarios permanentes, no nos desviamos del
camino justo. Tomando
como amigos a
seres rectos, reforzamos nuestra propia rectitud y
descubrimos la auténtica fraternidad.
Ani
recomienda el respeto hacia el prójimo y hacia sí mismo. Respetar a los ancianos
y a los superiores garantiza el mantenimiento de la cohesión social, y no embriagarse
y mantener la palabra, el de la cohesión interior.
Ani
pide un respeto total hacia la madre, exigiendo redoblar en su favor los alimentos
que ella ha dado a su hijo. ¿Acaso no ha hecho todo lo posible para él, acaso
no lo ha amamantado sin fallar, no se ha ocupado de sus excrementos sin sentir repugnancia,
no lo ha confiado a una buena escuela y no lo ha cuidado todos los días?
Que
el hijo cuide de que la madre no lo reprenda y no deba invocar a Dios para quejarse
de su retoño, ya que sus reproches podrían acabar siendo escuchados. Es mejor
tomar mujer y hacer hijos cuando se es todavía joven, desconfiando de aquéllas que
no son conocidas honorablemente en la ciudad o en la aldea. Algunas mujeres son
aguas profundas hasta el punto de ser insondables, y el hombre corre el riesgo
de ahogarse. Por el contrario, una buena
esposa es un tesoro inapreciable. ¡Qué
al marido no se le ocurra importunarla en su casa, cuando ella se muestra muy
eficaz!
Ya
que ella ha ordenado todo cuidadosamente, no le preguntes «¿dónde está...?», sino
calla y mira atentamente, constatando su seriedad. El hombre no debe perturbar la
buena marcha de la casa. Degustará más aún esos momentos de intensa felicidad
en los que estará unido a su esposa, con las manos entrelazadas. Y que no se
olvide de llenar su casa de ramilletes, ¡pues es necesario todo tipo de flores!
Vicio
imperdonable: la inactividad. Un hombre digno de este nombre trabaja con el
fin de adquirir sus propios bienes sin desear la riqueza ajena. Y el imprudente
que se ponga en manos de alguien más afortunado se arrepentirá, pues perderá su
libertad.
Si
Dios otorga a alguien el confort material, no tiene por qué convertirse en una persona
sin corazón, olvidar a los demás y comer hasta la saciedad olvidándose de tender
la mano a los allegados que necesitan ayuda. Toda glotonería es condenable, y el
rico puede convertirse en pobre.
El
hijo del escriba Ani ¿había comprendido el mensaje? Probablemente no, y mañana
empezará de nuevo a leerle sus preceptos con la esperanza de que pueda poner en
práctica alguno.
AKENATÓN

¿Sabio o insensato?
Hacia
el año 1350 a. C., cuando Amenhotep IV sube al trono, Egipto es una gran potencia
espiritual y económica, admirada y respetada. Amenhotep III lega a su hijo
un país rico y sereno, construido sobre la ley de Maat y una regla de vida practicada
por todos los estratos de la población. La moral habitual, ilustrada por las enseñanzas
del escriba Ani, garantiza una verdadera cohesión social cuyo principio supremo
es la institución faraónica.
El
cuarto de los Amenhotep es un joven cuyas tendencias místicas se forman muy pronto.
Se interesa sobre todo por las divinidades solares, en especial por Ra-Horajty (el
Horus del país de la luz) y por Atón. Su padre, Amenhotep III, ¿no era acaso el
«Atón radiante»?
El
nuevo amo de Egipto se casa con una mujer de gran belleza, Nefertiti, cuyo nombre
significa «la Bella ha venido», alusión a un retorno de la diosa Hator, que había
partido hacia Nubia para transformarse en la leona Sejmet y masacrar a los hombres
rebeldes. Apaciguada por las fórmulas de conocimiento de Tot, volvió para repartir
amor a través de las Dos Tierras.
Amenhotep
IV decide desarrollar el culto de Atón, símbolo del ojo del sol, y hace construir
monumentos en Karnak, dominio de Amón. Siguiendo el ejemplo de sus predecesores,
embellece el templo de los templos donde Amón-Ra acoge a todas las divinidades.
Importancia
al obelisco único del oriente de Karnak, rayo de luz petrificado de la primera
mañana, patios a cielo abierto, celebración de la omnipotencia del sol: tal es la
marca personal del faraón.
En el
año V del
reinado, una decisión
extraordinaria: el monarca
cambia de nombre, y por tanto de
ser simbólico y de programa político en un sentido amplio del término.
Amenhotep IV, «Amón está en su plenitud», se convierte en Akenatón, «El que es
útil a Atón». Lógicamente, el rey abandona Tebas, ciudad de Amón, para fundar
la nueva capital en el Medio Egipto, Aketatón, «el lugar de la luz de Atón»,
más conocido por el nombre de Amarna.
En
el año VII la corte se instalará en dicho lugar. Templos, palacios y casas se construyeron
rápidamente gracias a la utilización de «ladrillos» de piedra caliza, fáciles
de transportar.
El
territorio de Atón es virgen, al no haber sido ocupado anteriormente, y está limitado
por estelas fronterizas y ocupa una superficie aproximada de unos 15 kilómetros
de longitud por 22 de anchura de oeste a este. Hasta su muerte, hacia el 1334
a. C., al término de dieciséis años de reinado, Akenatón no saldrá nunca más de
su capital, donde deseaba ser inhumado.
El
dossier de acontecimientos es extremadamente exiguo. Sabemos que Akenatón y
Neferdti tuvieron seis hijas; la segunda, Meket-Atón, murió poco después del
año 12. Egipto vive en paz, la prosperidad prosigue y las otras ciudades, como
Tebas y Menfis, llevan una existencia normal.
Ni revuelta, ni guerra civil, ni guerra de religión, ni hambruna. «El
culto de Atón —escribe Marc Gabolde— es, después de todo, la religión personal
del rey, y no existe ninguna prueba de que Akenatón haya perseguido nunca a
ninguno de sus súbditos por sus creencias».
En
la misma Amarna constatamos la presencia de otras divinidades y de una religión
llamada «popular», plenamente autorizada. Debemos, pues, renunciar, como ya lo
escribimos hace varios años, a la idea absurda de una cohorte de fanáticos
atonianos desparramándose por todas las provincias de Egipto para imponer un
dogma asesino en nombre de un místico intolerante.
Con todo,
se nos objetará,
el nombre de
Amón fue martilleado,
¡es decir, aniquilado!
¿No es ésta la prueba del fanatismo de Akenatón? En realidad, lo borrado fue
muy limitado, y, según la hipótesis de Jean-Claude Goyon, no se llevó a cabo quizá
por iniciativa del propio Akenatón sino de un pequeño número de sacerdotes de Tebas
deseosos de manifestar su lealtad al faraón, cuya autoridad, por otra parte, nadie ponía
en duda. Tebas,
feudo de Amón,
no sufrió daño
alguno y continuó honrando a Dios y a los dioses en
múltiples templos. Aun siendo «el amado de Atón» y «el que exalta el nombre de
Atón», Akenatón «vive según Maat», o, dicho de otra manera, según la Regla
fundadora de la civilización egipcia que se impone a todos y, en primer lugar,
al faraón.
Al
cambiar de nombre, de protector divino y de capital, Akenatón decidió poner a Atón
en un primer plano y relegar a Amón a la sombra. Se trata, lo que es esencial para un
egipcio antiguo, de una mutación
simbólica, que no
engendra conflicto religioso ni
persecución. Al vivir una experiencia de naturaleza mística en un marco espacial
y temporal que sabe limitado, Akenatón no utiliza a su pueblo, no le impone una
manera de pensar y no establece un reinado del terror. Los egipcios continúan viviendo
como siempre, los templos funcionan normalmente y no se desmantelan los servicios
del Estado.
Seguimos
insistiendo en que se abandone la visión moderna y cinematográfica de un Egipto
a sangre y fuego, y la de un exaltado que lleva a sus tropas de atonianos excitados a
la conquista del
territorio. La única
certeza histórica es:
Akenatón, Nefertiti, sus hijas,
cierto número de
altos dignatarios, artesanos
y sus familias abandonan Tebas para retirarse a
Amarna y vivir allí, cada día, bajo el sol de Atón.
Y
se plantea la inevitable pregunta: ¿cuál es la naturaleza de esta experiencia religiosa
y mística? Sobre este asunto, no podemos sino sorprendernos al leer las obras
de egiptología que se muestran por lo general tan filas y tan «científicas» respecto
a su objeto de estudio. Akenatón suscita pasiones y controversias y, según los
autores, se pasa de un suave predecesor de Cristo a un falso profeta afectado
por la demencia, sin olvidar las numerosas enfermedades que habría sufrido el
rey. Los pro y los anti Akenatón continúan enfrentándose.
¿Y
si tratamos de ver claro a partir de la propia documentación que tenemos en nuestro
poder?
La
apariencia física del rey, de su esposa y de sus hijas, al menos cuando son representados
con un rostro deformado, un cráneo alargado y vientres prominentes, ha
alimentado muchas especulaciones médicas. Pero nos olvidamos de que se trata de
una elección estética y simbólica,
pues disponemos de otros retratos de miembros de
la familia real, completamente «normales», entre ellos los dos célebres bustos
de la reina Nefertiti, encarnación de la belleza más clásica y más serena.
Las
tumbas de Amarna no sólo han preservado escenas de la vida religiosa y cotidiana,
sino también himnos a Atón que Akenatón en persona ha compuesto y dictado a
sus principales dignatarios.
Ahí es,
pues, donde hay
que buscar el mensaje del rey.
Como faraón,
el nombre de
Atón, monarca que
dirige el universo,
puede inscribirse en un cartucho. Con frecuencia, precede al de
Akenatón, el hijo terrestre del soberano celeste del que debe prolongar la obra
y la influencia.
Esta
obra, la creación en armonía, es la que Atón renueva cada día disipando las tinieblas.
Al alba, da nacimiento de nuevo al rey, al mismo tiempo que a su propia manifestación.
Construye al mismo tiempo su encarnación, el sol, y el faraón. En la extremidad
de los rayos, unas manos ofrecen signos de vida (anj) e innumerables fiestas de
regeneración.
«Nadie
de los que tú engendras te ve —dice el rey a Atón— tú resides en mi corazón. No
existe nadie más que te conoce, a excepción de tu hijo Akenatón. Tú le haces
partícipe de tus proyectos, de tu poder».
Nada
nuevo en este papel de faraón, claramente reafirmado desde el Imperio Antiguo
como el único sacerdote de Egipto e intermediario entre Dios y los hombres.
Con
ocasión de su coronación, Akenatón, por otro lado, retomó el muy antiguo título
de «gran vidente», atribuido al superior de la cofradía de Heliópolis, la
ciudad del sol. Eje y centro de la sociedad, el faraón no es solamente un
hombre de Estado y un jefe temporal, sino también un maestro espiritual que
reúne en su persona simbólica el poder divino para esparcirlo, como un sol,
sobre su pueblo.
Los
textos prueban que Akenatón insistió especialmente en este aspecto de su función.
Pasaba jornadas enteras instruyendo a sus discípulos, como su confidente Ay o el
maestro escultor Bek.
«Cómo prospera —afirma—
aquél que escucha
mis enseñanzas vitales, aquél que abre siempre su mirada a Atón».
Esta
tarea, ligada a las prácticas rituales y a la vida familiar, centrada ésta
misma en
la veneración de Atón, alejó al rey de sus otros deberes, en particular de la
gestión material del país. Y ésa es, a nuestro entender, la mayor debilidad del
monarca: un aislamiento místico que condujo al desconocimiento de las
realidades exteriores y de un Oriente Próximo en mutación.
Atón
no fue inventado por Akenatón. Conocida
desde los Textos de las Pirámides, esta forma divina fue magnificada por su
padre Amenhotep III, que la consideraba el ojo del sol, canal por el que pasa
diariamente la potencia creadora. Al contener la medida de todas las cosas,
este ojo solar es el símbolo de la creación que se renueva sin cesar, y el
universo «llega a la existencia en su mano». Cuando Atón se levanta, vivimos;
cuando se echa, morimos. Toda vida procede de él, cada corazón lo aclama al
verlo, y su desaparición hacia occidente, cada tarde, da la impresión de un fin
del mundo.
La
noche se considera una terrible prueba. En ausencia del sol, el universo parece
desaparecer en la nada. Los animales salvajes salen de sus guaridas, los
reptiles muerden, reina un pesado silencio, nadie reconoce a su hermano. Y así
se está a la espera de la reaparición de Atón por el oriente: entonces, los
brazos se elevan para venerar a ka, los corazones se nutren de su perfección y
el milagro de la vida se renueva.
«Dios
venerable que se ha dado forma a sí mismo, padre y madre», Atón crea cada
tierra, todos los animales, todos los árboles y la especie humana. «El hace que
el embrión se desarrolle en las mujeres, produzca el semen en el hombre, y dé constantemente
el soplo vital a toda criatura». Y el rey se detiene en el caso del pájaro en
su huevo al que Atón otorga el soplo en el interior, midiendo su tiempo de gestación
con rigor y quebrando el cascarón en el momento justo para que pueda salir del
huevo.
El
conjunto de los seres vivientes nace de Atón, que coloca a cada uno en su función. Él, el Único, engendra lo múltiple. Por esto las lenguas humanas son numerosas,
los caracteres variados, los colores de piel diferentes. Pero Atón dispensa sus
favores sin discriminación al conjunto de las criaturas. Y todas, en un
arrebato de entusiasmo y de reconocimiento, celebran la presencia de Atón. Los
humanos hacen gestos de adoración, los rebaños están satisfechos con sus
prados, los árboles y las yerbas verdecen, las aves se lanzan fuera de sus
nidos, los cuadrúpedos dan brincos, los petes saltan, la tierra está en fiesta.
«Tu amor es grande, inmenso —constata el rey —. Los rayos iluminan todos los
rostros, tu brillantez da vida a los corazones cuando tú llenas las Dos Tierras
con tu amor».
Si
exceptuamos un gusto pronunciado por el lirismo y la poesía, característica de la
personalidad de Akenatón, nada revolucionario ni nuevo hay en esta veneración
de la omnipotencia de la luz, sin duda expresada mucho más sobriamente en
épocas antiguas.
El
faraón era «el maestro de la realización de los ritos», por lo que Akenatón no fue
la excepción a la regla y se limitó a adaptarla a Atón. Un tema importante:
cada día equivale a una resurrección de la luz y se convierte en una fiesta de
regeneración generadora de gozo. A diferencia de sus antecesores, Akenatón ya
no se dirige, solo, al interior de un santuario secreto y silencioso para
despertar a la potencia creadora abriendo las puertas de una naos. En Amarna el
rito se desarrolla en patios abiertos en los que cantores y músicos expresan su
felicidad por contemplar a Atón. Asimismo, se continúa ofreciendo alimentos, y
Akenatón salmodia los himnos a la gloria de su dios. Al ponerse el sol, la gran
esposa real celebra una ceremonia de apaciguamiento, antes de la prueba de la
noche.
En
comparación con los ritos celebrados por dinastías de faraones a partir del Imperio
Antiguo, el empobrecimiento es considerable.
Con todo, afirman ciertos egiptólogos, se ha cumplido un formidable
progreso: la proclamación de un monoteísmo.
Qué
numerosos son los elementos de tu creación, oculta a nuestra vista —dice Akenatón
a Atón—, Dios único sin igual. Tú creas
el universo según tu corazón-conciencia cuando estabas solo. Tú eres el Uno en
el que se hallan un millar de vidas... Tú abarcas con tu vista toda la
creación, tú permaneces en tu unidad... Tú extraes eternamente miles de formas
a partir de ti mismo, tú permaneces en tu unidad.
Este
concepto de la unicidad del principio luminoso creador y de la multiplicidad de
sus formas de expresión no tiene nada de nuevo, pues es ya uno de los temas centrales
de los Textos de las Pirámides. Akenatón
no inventa nada y prolonga la tradición de la ciudad santa de Heliópolis. El
propio Atón, por otro lado, no es más que la expresión de Ra, y Akenatón «el
único de Ra». Sin entrar en detalles complejos
de simbólica egipcia, que hacen asimismo de Atón una de las formulaciones de
Shu, «el aire luminoso», es conveniente plantear el problema según la visión de
los antiguos egipcios y no en función de las religiones monoteísta basadas en
relaciones fechadas completamente extrañas a su percepción de lo sagrado.
Se
me perdonará que retome un análisis ya desarrollado a propósito de la aventura de
Akenatón: Los dos milenios de evolución religiosa de Occidente han
acabado haciéndonos creer que el monoteísmo era la forma superior de la
religión y que el politeísmo era su forma atrasada. Ésta Los dos milenios de evolución religiosa
de Occidente han acabado haciéndonos no era la opinión de los antiguos egipcios.
Monoteísmo y politeísmo son dos aspectos dogmáticos
igualmente insuficientes para dar cuenta de la naturaleza de lo sagrado. Punto
esencial: los egipcios no creían en Dios ni en los dioses, sino que conocían y experimentaban.
Para acceder a la inmortalidad hay que conocer, no creer. De ahí la importancia
de los textos y de los rituales, concebidos como una verdadera ciencia del ser. ¿Qué nos enseñan? Que cada divinidad es la expresión de Uno,
pero que este Uno no suprime lo múltiple.
El dios «monoteísta», privado de los dioses, no representa en absoluto
un progreso, sino que indica una insuficiencia de percepción de lo sagrado. En
cada templo está el uno y sus manifestaciones... Akenatón no tuvo nunca la
intención de crear el monoteísmo ni de luchar contra el politeísmo. Este tipo
de problema es totalmente extraño a la mentalidad egipcia. La
espiritualidad egipcia es el conocimiento
de la circulación de energía que existe entre lo uno y lo múltiple, entre el
centro y la periferia.
El
camino seguido por Akenatón no resulta ser un progreso ni una revolución, sino
más bien una experiencia mística vivida de manera intensa y reductora con relación
a la inmensa riqueza simbólica puesta en juego por sus predecesores.
Así,
el olvido de los mitos osirianos y del viaje alquímico del sol durante las horas
nocturnas, como revela el Amdwat de
Tutmosis III, demuestra un desconocimiento de la tradición iniciática.
Ciertamente Akenatón, o al menos algunos de sus discípulos, recuerdan la
necesaria fusión de Osiris y Ra, del sol de la noche y del sol del día, pero
esta idea esencial no se aborda en los Himnos a Atón. La momificación, rito
osiriano, no fue abandonada, pese a todo, y hay indicios que hacen suponer que
Akenatón convertirse en Osiris con el fin de franquear las puertas de la
muerte.
«El
acto principal de la liturgia de Atón —escribe Jean-Claude Goyon— no es un sacrificio
seguido de una ofrenda efectuada por sacerdotes, sino el contacto de una comunión
del Unico-de-Ra y de su páredros, la esposa por excelencia, con la luz y la energía
que emana de ella y que insufla la vida».
De
hecho, el papel de la gran esposa real Nefertiti fue determinante. Atón hace
crecer todas las cosas para el rey, pero también «para la reina que él ama, la
señora del Doble País». La pareja real está unida al rezar a Atón y al
presentarle ofrendas. «Clara de rostro, soberana de la felicidad, dotada
de todas las
virtudes, ante cuya
voz gozamos», Nefertiti
está asociada a todos los actos principales del reino. Llamada «perfecta
es la perfección de Atón», disponía de un templo específico, «la sombra de Ra»,
y dirigía el ritual de la tarde. Al ocultarse, el disco solar redoblaba su amor
por ella. Y algunos eruditos, al constatar que Nefertiti podía incluso realizar
ella sola ciertos actos rituales, suponen que ejercía la función de faraón.
Y
también en esto, nada nuevo, ya que esta función fue concebida como la unión de
un rey y de una reina, formando el ser completo del faraón.
Por
el contrario, Akenatón y Nefertiti ponen el acento en su familia. Humanizan su
papel, lo hacen más familiar y lo desacralizan. No es fácil imaginar a Keops, a
Sesostris III o
a Tutmosis III
hacerse representar, en
la intimidad, con
su prole, mientras almuerza.
La
pareja subraya la importancia de lo cotidiano iluminado por Atón; por ello, la muerte
de una de sus hijas los hundió en el desconcierto, como si la luz los hubiese abandonado. El
final del reinado
es oscuro. No
sabemos nada de
la muerte de Akenatón ni de la de Nefertiti, ignoramos
si ella desapareció antes que él o fue su sucesora con otro nombre. Es
probablemente una de las hijas de la pareja solar la que garantizó una especie
de interregno antes del abandono de Amarna y la vuelta a Tebas, sin que este
cambio provocase la menor alteración.
Para
los ramésidas, apegados al culto de Ra, Akenatón no era un sabio, sino un «rebelde».
Su mensaje, como hemos visto, no implica nada revolucionario y sus originalidades, tanto
en el campo
artístico como en
el ritual, parecen
más bien debilidades. Ignorando
los aspectos temporales y materiales de su cargo, Akenatón no se percató del
surgimiento del poder hitita y alteró la imagen de Egipto ante el mundo exterior.
No
fue un loco ni un falso profeta, sino un místico que concentró su pensamiento en
uno de los aspectos del simbolismo solar, en detrimento de un universo
espiritual infinitamente más rico legado por sus antecesores y que volverán a
encontrar sus sucesores.
HOREMHEB

Un sabio reformador y legislador
Hacia
1334 a. C., la experiencia amarniana se termina. La capital de Atón es abandonada.
La corte vuelve a Tebas y el joven rey Tut-anj-Aton cambia de nombre para convertirse en
Tut-anj-Amon
La ciudad de Amón vuelve a ser la capital
de Egipto, y
se celebra de
nuevo el conjunto
de ritos tradicionales. Ni disturbios, ni guerras civiles, ni
querellas religiosas, sino una simple vuelta a la normalidad bajo la égida de
uno de los principales dignatarios de Akenatón, «el padre divino» Ay, y de un
escriba real y general en jefe, Horemheb, que evitó la llegada a Egipto de un
príncipe hitita, decidido a casarse con una de las hijas de Akenatón. Considerado
con desprecio por la mayoría de los eruditos como un monarca sin importancia,
Tutankamón, «el símbolo viviente de Amón», reinó, sin embargo, unos diez años; al
final de un período feliz murió prematuramente hacia los veinticinco años de
edad por causas que siguen siendo desconocidas. Su tumba, un relicario cuidadosamente
disimulado, fue descubierta en 1922 por Howard Cárter y permitió hallar un
número increíble de obras de arte, todavía lejos de haber sido estudiadas en profundidad.
Durante
el reinado de Tutankamón, el escriba y general Horemheb vivió probablemente en
Tebas, donde ocupó un cargo administrativo. Al morir el joven rey, el viejo Ay
subió al trono tras haber celebrado los funerales. Ejerció el poder menos de
dos años, y el consejo de sabios decidió coronar a Horemheb, aunque no era de origen
real. Decisión sensata, pues el nuevo monarca, carente de tendencias místicas, acabará
siendo un notable jefe de Estado.
Considerado
como Horus triunfante de Set y demiurgo que sacó a Egipto del caos para
restaurar el orden de Maat, no se dedicó solamente al desarrollo del ejército,
sino también a importantes tareas legislativas. En veintiocho años de reinado
sereno, Horemheb emprendió profundas reformas administrativas y jurídicas
empezando por la del rico clero tebano. Recordó a la jerarquía sacerdotal que
estaba al servicio del faraón, y no a la inversa, y modificó el sistema de
reclutamiento de los sacerdotes con el fin de impedir la formación de clanes.
Como
constructor, trabajó en el Dyebel el-Silsileh, en Hermópolis, la ciudad de Tot
y, naturalmente, en Karnak, donde llenó tres pilonos (el II, IX y X) con
pequeños bloques, algunos decorados, provenientes de los monumentos de Akenatón
en Amarna. Se trataba de una práctica ritual bien conocida, denominada
«reempleo», que
consiste, para un faraón, en utilizar la obra de un predecesor como fundación sagrada
de la suya propia. Contrariamente a una
idea aceptada y muchas veces repetida, Horemheb no fue el destructor de Amarna,
quizá arrasada por Ramsés II; tales reutilizaciones muestran que el rey
garantizó cierta continuidad al mensaje de Akenatón, integrándolo en sus
pilonos de Karnak, en el seno del dominio de Amón.
La
morada de eternidad de Horemheb, en el Valle de los Reyes,
es una maravilla
restaurada recientemente. Aquí ya no hay deformaciones amarnianas, sino un arte
de extremado refinamiento, nutrido de colores cálidos. Predominan las escenas de ofrendas a las
divinidades, que veneran a un faraón eternamente joven, de mirada apacible y
luminosa. La diosa de occidente lo acoge en su seno y le hace renacer. En las
paredes, un nuevo texto de regeneración, el Libro de las puertas, que proporciona
al faraón el nombre de los pasajes y de sus guardianes, que debe conocer para alcanzar
el paraíso.
Ya lo
hemos subrayado: Horemheb
no era un
místico y no
omitió, como Akenatón, los
aspectos temporales de su función. Ante el noveno pilono de Karnak se levantaba
una estela colosal, de cinco metros de altura, conocida por el nombre de «Decreto
de Horemheb». «Egipto, en este final de la XVIII Dinastía —recuerda el traductor
de este asombroso documento, J. M. Kruchten— era un Estado civilizado y no un
país sometido a la arbitrariedad del monarca y de sus agentes». Con todo, Horemheb percibió
cierto número de
injusticias a las
que decidió poner
fin. Y volvemos a
constatar que la
monarquía faraónica, lejos
de ser una
institución anquilosada,
sabía mostrarse profundamente
reformadora si era
necesario y se preocupaba de la felicidad de la
población.
«Yo
conozco el interior de este país completamente —afirma Horemheb—, he llegado
hasta lo más profundo del mismo». Lejos de replegarse sobre sí mismo y de cerrarse
al mundo exterior, a la manera de Akenatón, un faraón debe, por el contrario, conocer
la medida de su tarea abrumadora conociendo a la perfección su país y su pueblo,
sin adornar la realidad.
Elemento clave:
saber de quién
se rodea. Nombrar
a estúpidos, débiles
y corruptos
conduciría al Estado al desastre. Así, pues, Horemheb escogió responsables discretos,
de carácter justo, capaces de sondear los pensamientos. Gracias a ellos, todos
deben vivir en paz y sentirse seguros.
Primera
condición: que un dignatario con poder respete la ley de Maat, rechace todo
compromiso, todo soborno, y que no quiera dar razones a un querellante que no tiene
la razón de su lado. «Yo me he ocupado de Egipto —indica Horemheb— para que sea
próspera la existencia de los que viven en él».
Ya
que es conveniente ocuparse primero de sus propios asuntos, el rey reforma el protocolo
de la corte y expulsa de ella a los incompetentes e inútiles. Desde este momento,
cada persona se mantendrá en su sitio y llevará a cabo correctamente su función.
En cuanto a los soldados de su guardia personal, ya no serán funcionarios nombrados
vitaliciamente y con privilegios anormales. Bien remunerados, los nuevos elegidos
serán seleccionados por tumo en los distintos regimientos. Y «será para ellos como
si se tratase de una fiesta».
¿En
qué se basa una verdadera reforma, que busca la armonía y la justicia? En Maat:
regla, rectitud y coherencia. Cuando Maat vuelve a ocupar su lugar, gracias a
la acción del faraón, el amor divino inunda Egipto y las Dos Tierras están
llenas de gozo. Es para servir a Ra, la luz divina, por lo que el rey ha venido
a este mundo.
Aconsejado
por su corazón, sede de la conciencia, tiene la obligación de realizar la justicia,
de aplastar al mal, y de destruir la iniquidad. Los planes que concibe y ejecuta
el faraón son un puerto seguro para los justos y mantienen apartados a los ávidos.
El rey debe mostrarse perseverante y vigilante en todo momento, y debe saber dictar
sus reformas.
Entremos
en los detalles de las dificultades del momento, empezando por un grave
problema de circulación fluvial. En ciertas partes, algunos gangs, apoyados por
funcionarios corruptos, efectúan
actos de piratería.
Ahora bien, una
navegación segura, que permita a los servicios del Estado y a los
particulares la utilización de sus barcos con total confianza, es uno de los
aspectos vitales de una economía próspera.
Horemheb actúa
fuerte y rápido:
pone fin a
la corrupción, a
la malversación de bienes, y sustituye a los jueces indignos.
En un futuro, todo robo o toda utilización abusiva de barcos que sirven al
interés general serán castigados severamente.
Otro
grave problema: una banda de funcionarios se convertía en pequeños tiranos y se
dispersaba por las
aldeas para requisar,
de manera ilegal,
la mano de
obra encargada de recolectar el azafrán y a la que no se autorizaba a
abandonar su puesto ¡durante seis o siete días seguidos! El rey promete un
terrible castigo a los agentes del Estado que continúen actuando así, de manera
abusiva e intolerable: nariz cortada, trabajos forzados y reembolso a las
personas afectadas de cada día de trabajo forzado.
Por
lo que respecta a los jueces corruptos que absuelvan a culpables notorios,
podrán ser condenados a la pena de muerte.
¿Quién
amenaza a las gentes sencillas? Los funcionarios que malversan los bienes del
Estado y que se sirven de sus prerrogativas para oprimir a los administrados.
En caso de falta, deben ser castigados severamente para que cada egipcio, sea
cual sea su rango, tenga la certeza de que la justicia de Maat se aplica a
todos.
Otro
ejemplo concreto: la recogida de pieles, en el campo, por parte de militares que
hacen uso de su título y de su fuerza, maltratando y robando a los proveedores.
Luego,
el encargado de los rebaños, cómplice de los malhechores, acusaba a los desdichados
¡de no haber proporcionado la cantidad establecida! Las pieles robadas serán
restituidas a sus legítimos propietarios, y los culpables recibirán, cada uno,
cien bastonazos. A partir
de ahora, sólo
un encargado honrado
sería habilitado como inspector del ganado en todo el país y
para reunir las pieles de los animales muertos.
Y
Horemheb emprende una gran reforma fiscal con el fin de aligerar el peso de los
impuestos, considerado insoportable. Demasiadas tasas abrumaban a los alcaldes y
perturbaban la circulación de los barcos por el Nilo; los propios ediles
deducían una parte demasiado importante
de los ingresos
de los particulares.
El rey abolió
un impuesto sobre el forraje que, de manera excesiva, despojaba al
campesino del fruto de su trabajo.
Una fuente
de ahorro importante
fue la supresión
de un gran
número de funcionarios,
perfectamente inútiles, como los guardianes de los simios. No contentos de sus
escasas horas de trabajo, aprovechaban su tiempo libre para recaudar tasas inicuas.
Al reducir el aparato del Estado, poniendo a trabajar a un número suficiente de
funcionarios, Horemheb hizo sustanciales economías y conservó la prosperidad.
La
conclusión del decreto es admirable:Tan cierto como que mi existencia en la tierra es estable
[consagrada de manera constante] a elevar los monumentos de los dioses, yo
renaceré indefinidamente, semejante [en eso] a la luna...
Yo
soy alguien cuyos miembros han iluminado los límites de la tierra como el disco
del sol, alguien cuyo brillo es tan fuerte como el de Ra. Así, Horemheb se
presenta como el tercer término que une el sol y la luna, el brillo y la
acción, la sabiduría de Ra y la de Osiris. Fue como hijo del cosmos y hermano
del universo como llevó a cabo en la tierra una justicia de origen celeste.
Confiere
de nuevo a la función faraónica todas sus dimensiones, desde la más alta percepción
de la vida en espíritu hasta la sana gestión de la existencia material. De esta
armonía dependen la grandeza de una civilización y la felicidad del pueblo.
SETI I

El señor del poder
Al
morir Horemheb, hacia el 1293 a. C., el consejo de los sabios decidió elevar a la
función suprema a un viejo visir, Paramessu, que había servido fielmente al rey. Su
reinado fue breve,
pero tuvo el
honor de fundar
un linaje ilustre, convirtiéndose en el primero de los
Ramsés.
Con
todo, su sucesor, es decir, su hijo, que era ya un hombre maduro, no tomó el nombre
de Ramsés sino el de... Seti, el hombre de Set, ¡dios temible y asesino de Osiris!
Sorprendente decisión,
realmente. ¿Cómo un
faraón podía afirmarse
como la encarnación terrenal de
una potencia divina tan peligrosa, que sembró el desorden y la confusión,
desencadenando la violencia y la tempestad? ¡Era necesario que este hombre severo,
cuyo rostro conocemos
gracias a la
momia admirablemente conservada,
poseyese un carácter excepcional para asumir un riesgo como éste!
Durante
unos quince años, Seti I utilizará efectivamente el poder de Set, no para
destruir, sino para construir un reino espiritual y temporal al mismo tiempo,
uno de los períodos más notables de la civilización egipcia, por lo que este
faraón fue considerado «renovador de los nacimientos» y aquél que recomenzaba
la creación, es decir, fundador de una nueva dinastía.
¿Por
qué esta sorprendente opción de Set? Porque este dios de rostro inquietante,
ligado
a la monarquía faraónica ya desde la primera dinastía, posee la energía necesaria
para vencer a la serpiente monstruosa que trata de interrumpir el avance de la
barca del sol. Además, como anota J. C. Goyon,
se dedica a «aniquilar toda empresa humana creando desorden». Así, pues, se da
el tono: al domar a Set, el faraón lucha eficazmente contra el caos y las
tinieblas. Y «aquél que actúa según la orden de su dios no fracasará en ninguno
de sus actos».
No
hay por qué sorprenderse, por tanto, del extremo rigor adoptado por Seti I para
garantizar la seguridad de Egipto, amenazado por el surgimiento del poderío hitita,
las incursiones de los beduinos nómadas en el Delta, la incivilidad de los
libios en el flanco noroeste de Egipto, o los intentos de rebelión de algunas
tribus nubias.
Disponiendo
de tres cuerpos de ejército colocados bajo la protección de Amón, Ra y Set, el
rey efectuó operaciones
de mantenimiento del
orden tan vigorosas
como eficaces. Gracias a éstas, ya no hubo problemas en las rutas
comerciales y en las pistas que llevaban al Sinaí y a las minas de oro de
Nubia.
El rey
recorría en persona
estas pistas. Guiado
por el espíritu
divino, inspeccionaba
las canteras e indicaba a los canteros cuáles eran los mejores filones que
proporcionarían la materia prima de los obeliscos, de las estatuas y de las
estelas.
Y en
el camino árido
del desierto oriental,
Seti I realizó
incluso un milagro. Ejerciendo sus
talentos de radies
tesis ta, halló
una fuente necesaria
para la supervivencia de los
técnicos y soldados que formaban la expedición. El rey probó así su capacidad
para entrar en contacto con el Nun, el océano de energía del que emanan todas
las formas de vida. «Hizo surgir agua de las montañas», constataron sus
compañeros. Guiado por dios, Seti les proporcionó un agua tan abundante que parecía
provenir de la caverna de Elefantina donde nacía la crecida del Nilo. Nadie murió
de sed, y la pista fue jalonada con pozos.
Como
todos los grandes sabios, Seti I veneró a sus antepasados, que le inspiraron un
formidable programa de construcciones. En pocos años, este faraón hizo edificar
varias maravillas, la mayoría hoy intactas, con una finalidad concreta: cumplir
lo que era aj, «luminoso, útil», con el fin de preservar la presencia de Maat
en la tierra.
En
el Delta, en Avaris, el rey embelleció el templo de Set, su dios protector; en Heliópolis,
el de Ra. Subsiste un obelisco, hoy en exilio en Roma, en la piazza del Popolo.
La
primera gran obra de Sed I fue el templo de Abydos, al que estaba reservada la mayor
parte del oro proveniente de Nubia. El oro, carne de los dioses, símbolo de la resurrección
de Osiris y de una vida de eternidad. Seti, el hombre de Set, asesino de su
hermano Osiris, utilizó su poder para construir un templo extraordinario al
dios no de todos los muertos, como se ha repetido equivocadamente, sino
únicamente de los «veraces de voz», reconocidos como tales por el tribunal del
más allá.
El
templo de Seti I tiene la forma del signo neter, «Dios», un asta equipada con una oriflama,
levantada delante de los pilonos
para anunciar la
presencia de lo sagrado. Esta escuadra de brazos
desiguales está regida por el número siete: siete puertas de acceso, siete
tramos, siete santuarios consagrados a siete divinidades.
Descubrir
el templo de Abydos es una experiencia inolvidable. Nutridos con una visión
espiritual surgida del conocimiento de los misterios de Osiris, la belleza de
los bajorrelieves nos recuerda que Atum, el creador, se mostró satisfecho con
los planes de Seti I y le permitió entrar en sus dominios como él mismo penetra
en el país de la luz.
Aquí,
con ocasión del ritual cotidiano el faraón despertaba en paz a la potencia divina
tirando del cerrojo que cerraban las puertas de la naos, es decir, el dedo de
Set.
El
faraón sacaba la estatua, que medía un codo (52 centímetros), la incensaba, la vestía
y la alimentaba presentándole las múltiples formas del ojo de Horus, símbolo de
todas las ofrendas. Las puertas del cielo se abrían, el secreto por naturaleza
era revelado. El rey elevaba a Maat hacia el Príncipe, luego restituía la luz a
su origen y se retiraba borrando las huellas de sus pasos.
Los
textos de Abydos permiten conocer en detalle el desarrollo del «culto divino diario»,
uno de los actos más importantes ligados a la función faraónica. Al alba, el faraón,
allí donde se encontrase, hacía renacer así la vida fuera de la muerte. Y en todos
los santuarios del país, grandes y pequeños, un ritualista llevaba a cabo en su
nombre el mismo ceremonial.
Abydos
reserva otras sorpresas. En primer lugar, el ala sur del templo, en la que se
ve al faraón Seti I haciendo ofrendas a setenta y seis predecesores. Esta
galería de los antepasados es una elección de los monarcas que, a lo largo de
las dinastías, han construido Egipto según la ley de Maat. Al rendirles homenaje, Sed I afirma la importancia
de la Tradición y la integra en su propio ser para, a su vez, convertirse en el
pedestal del futuro soberano.
Seguidamente,
un edificio de una importancia considerable, el cenotafio u Osireion, por
desgracia mal situado e inaccesible a los visitantes. Su mantenimiento y restauración,
así, deberían ser urgentes, pues este monumento notable nos conduce al corazón
de los misterios de Osiris. Inspirándose
en la arquitectura del Imperio Antiguo, Seti I hizo representar la colina
primordial aparecida la primera mañana del mundo, equivalente a la isla de
Osiris, rodeada por un canal. Estamos en presencia de la tumba del dios
asesinado que Isis, la gran maga, debía hallar con el fin de proceder a los
ritos de resurrección, y podemos deplorar que a este santuario de importancia fundamental
no se lo haya valorado más.
Abydos
bastaría, por sí solo, para inmortalizar a Seti I. Pero el rey inició nuevas obras
en Karnak. Al igual que sus antecesores, se creía obligado a embellecer el templo
de Amón y no se contentará con poco, ya que creó la inmensa sala hipóstila sobre
134 columnas que provoca asombro y admiración en cada visitante. Aquí reinan Atum, el príncipe creador, Amón,
la potencia oculta, y Ra, la luz divina. Al penetrar vivo en el mundo de los
dioses, el faraón nos revela su funcionamiento a través de los rituales
desarrollados por los bajorrelieves. De
este modo permite conocer los misterios que están en el cielo. Con 52 metros de
profundidad y 103 de anchura esta sala gigantesca es el lugar de realizaciones
del señor de los dioses y la perfecta estancia de la Enéada. Asistimos al culto
divino cotidiano, a la coronación, a la fundación y a la consagración del
templo, y a la procesión de las barcas. El faraón se transforma en estrella
fulgurante que lanza chorros de fuego, y hace aparecer a Amón como toro,
cocodrilo, soplo de fuego, fiera terrible, grifo divino, de un poder tal que
nadie podría doblegarlo, ni en el cielo ni en la tierra.
Abydos,
la sala hipóstila de Karnak... La actividad arquitectónica de Sed I no terminó
ahí, pues construyó, en la orilla oeste de Tebas, un admirable «templo de millones
de años»,
que posee una parte, en
buen estado de conservación, que ha sido restaurada. Su nombre —«Seti es un ser
luminoso, en la morada de Amón»— corresponde al de la sala hipóstila de Karnak,
íntimamente relacionadas, ambas obras maestras insisten en la noción
fundamental de aj, el estado espiritual más elevado, la comunión con la luz del
origen.
En
este templo no se trataba, como se ha escrito con frecuencia, de rendir culto
al rey difunto, sino de proclamar ritual y cotidianamente su resurrección como
Osiris.
De
este modo se regeneraba la función real en sí misma, transmitida por intermedio
del ka, potencia creadora que pasaba de faraón en faraón para formar un único
ser real, más allá del tiempo y de las dinastías.7Recorriendo
las salas a un tiempo grandiosas y austeras del templo de regeneración de Seti
I, y a pesar de la destrucción del santuario solar, se siente todavía la
amplitud de los actos rituales celebrados en este lugar. Como en Abydos, como
en Karnak, reina un fuego dominado y sereno.
Y
este constructor excepcional llevó a cabo un último prodigio: su morada de eternidad,
que algunos consideran la más bella tumba del Valle de los Reyes.
La
más larga, un centenar de metros: ofrece un repertorio casi completo de lo que se
califica como «libros funerarios reales», conjunto de textos esotéricos
destinados a la recreación del alma del faraón, vencedor de la muerte.
En
las paredes del primer corredor aparecen por primera vez las Letanías del sol, que
desvelan los setenta y cinco nombres y formas de Ra, la luz divina. Luego viene
el Amdwat «el libro de la cámara oculta», cuyas fórmulas permiten franquear el
pozo en el que el alma real se sumerge en las aguas del Nun, el océano de
energía primordial, matriz del nuevo sol. Posteriormente, gracias al Libro de
las puertas, el rey atraviesa el mundo subterráneo, sin sufrir daños, para
alcanzar el tribunal de Osiris que lo reconoce «veraz de voz». El Libro de la vaca celeste evoca la destrucción de la humanidad que se
ha hecho rebelde traicionando a la luz y que se salva en el último momento
gracias a las fórmulas del conocimiento. Ra permanecerá para siempre alejado
del mundo terrestre manteniéndose sobre el lomo de la vaca del cielo, a buena
distancia de una raza peligrosa a la que, pese a todo, continuará iluminando.
La
tumba de Seti I, que no ha sido estudiada nunca en profundidad, contiene una «morada
del oro», lugar de realización de la transmutación y de la fusión alquímica entre
Ra y Osiris, a los que se asimila el faraón. Un techo de estrellas,
constelaciones y planetas acogen a «aquél que se despierta intacto», el faraón
resucitado que ilumina el camino de los justos. Desde ahora, vivirá en el cielo
en compañía de las estrellas imperecedera* y de los planetas infatigables.
Esta
sala del oro, punto de llegada de un recorrido de una riqueza inigualable, no es
el término de esta morada de eternidad. En efecto, un pasillo no decorado se
dirige hacia el interior de la roca, más allá de lo visible.
Realizada
en menos de quince años la obra de Seti I supera a la de su hijo Ramsés II, al
que asoció al poder en el año IX de su reinado. La longevidad de Ramsés el Grande
eclipsó el genio de su padre, amo de Abydos, de Karnak de Gurna y de la tumba
de este inmenso soberano que proporciona una visión completa de la espiritualidad
y de la sabiduría del Antiguo Egipto. Extrañamente, los investigadores no se
interesan por él, y Seti I continúa siendo desconocido y poco estimado. Sin duda
ya no disponemos de las cualidades de percepción necesarias para asimilar el mensaje
de este alquimista de mirada de fuego que supo transmitir, sin traicionarlos, los
misterios de la transmutación.
NEFERTARI

Gran esposa real de Ramsés II y dama de
Abu Simbel
Al
morir Seti I, Ramsés II, preparado para el ejercicio del poder, sube al «trono de
los vivos», que ocupará durante sesenta y siete años.
Los
textos del templo de Luxor lo pintan como hombre de conocimientos y discípulo
de Tot, con acceso a los libros de la Morada de la Vida.
Ramsés
conoce los secretos del cielo y los misterios de la tierra. Ha sido elegido
debido a su clarividencia, a la profundidad de su pensamiento y a la capacidad
para establecer un plan de obras que mantendrá a la humanidad con vida.
Para
el gran público, Ramsés II encarna al faraón por excelencia. Es considerado el
más grande de los constructores y un notable jefe de guerra. Pero la realidad
es sensiblemente diferente. Si Ramsés
construyó mucho durante su largo reinado, también reutilizó mucho y restauró
numerosos monumentos erigidos por sus antepasados, en los cuales puso su marca.
En el campo militar, la famosa batalla de Qadesh, librada contra los hititas en
el año V del reinado, no fue realmente una gran victoria, sino una especie de
empate conseguido en el último momento, tras el fracaso de los servicios de información
egipcios y tras una buena manipulación por parte de los hititas. Pero esta
verdad histórica no interesa a Ramsés. Durante la batalla es traicionado y
aislado. Al preguntar a su padre Amón por qué lo ha abandonado, provoca su
intervención. Iluminado y habitado por la potencia divina, el faraón se convierte
en el Uno que somete lo múltiple, la luz que dispersa las tinieblas.
Ante
un interminable conflicto, que hace correr riesgos a ambos pueblos, los egipcios
y los hititas prefieren llegar, en el año XXI del reinado, a un notable tratado
de paz cuyos garantes y testimonios fueron las divinidades de los dos países.
En
efecto, aparte de otros dos períodos bélicos, en los años VII y X (cuando tuvieron
lugar operaciones de mantenimiento del orden en la región sirio-palestina, y no
precisamente guerras), el reinado de Ramsés fue una era pacífica, y la
diplomacia sustituyó a las armas. Una
mujer, la gran esposa real Nefertari, jugó un papel determinante para evitar
los conflictos y mantener buenas relaciones con los hititas, el principal
adversario, y ofrecer al Oriente Próximo años de gran tranquilidad y prosperidad.
¿Qué
sabemos de esta reina excepcional, cuyo mensaje espiritual fue transmitido por
dos monumentos conocidos universalmente, el «pequeño» templo de Abu Simbel y su
tumba del Valle de las Reinas? Ella fue el gran amor de Ramsés II, y estaban casados
desde antes de formar la pareja real, el ser del faraón. Quizá de origen relativamente modesto, lleva
un nombre notable, que significa «aquélla a quien pertenece la belleza
realizada», con frecuencia seguido del epíteto «amada de Mut», la esposa del
dios Amón. Se la califica igualmente como «aquélla por la que el sol es radiante»
y como «aquélla que apacigua a los dioses», epítetos dignos de un faraón.
Soberana
del doble país y señora de todas las tierras, dulce de amor, mereciendo todas
las alabanzas, cantora ritual de bello rostro y de voz maravillosa, Nefertari pronunciaba
palabras de sabiduría ofreciendo la plenitud del espíritu a quienes las escuchaban.
Todo lo que ella pedía se cumplía, y el gozo crecía al oírla.
Su
nombre hacía referencia a la esposa del dios Ahmose-Nefertari, venerado en Tebas,
y veremos que el rol espiritual de la esposa de Ramsés estuvo a la altura de su
glorioso antepasado. Tan bella como la famosa Nefertiti, tan inteligente y
diplomática como Tiyi, la esposa de Amenhotep III, Nefertari llevó a la
perfección el ideal de las reinas de Egipto. Constantemente presente al lado
del faraón, con ocasión de los grandes rituales de Estado, decidida a mantener
la paz aunque garantizando la seguridad de las fronteras de Egipto, cumplió sin
desfallecer deberes abrumadores.
Es
imposible saber cuántos hijos dio a Ramsés II, pues «hijo real» e «hija real» eran
títulos que no significaban en absoluto que sus beneficiarios fuesen descendientes
carnales de la pareja real.
Sólo
los egiptólogos en busca de récords creen todavía que Ramsés II fuese el padre
de un centenar de hijos. Los «hijos reales», en realidad, constituyeron una especie
de élite administrativa a la que el rey confió tareas importantes. Y para
honrar a esta corporación, hizo excavar para ella una inmensa tumba en el Valle
de los Reyes, que está en curso de exploración.
No
disponemos de ninguna anécdota sobre la existencia de Nefertari e ignoramos la
fecha exacta de su muerte. En cambio, conocemos su pensamiento y su mensaje gracias
a su templo y a su tumba.
Es
en Nubia, en Abu Simbel, donde Nefertari y Ramsés II decidieron celebrar la unión
de la pareja real, piedra angular de la institución faraónica. Siguiendo el ejemplo de Amenhotep III y de
Tiyi, construyeron dos santuarios, esta vez muy próximos entre sí.
Y
quien ha tenido la suerte de ver Abu Simbel en su verdadero emplazamiento antes
de que el templo fuese desmontado y vuelto a montar, lo que fue necesario debido
a la desastrosa construcción de la gran presa de Asuán, ha vivido una visión inolvidable.
El
lago Nasser se ha tragado Nubia, y la presa condena a Egipto a una muerte lenta.
Los dos templos de Abu Simbel garantizan el retorno de la crecida, fuente de vida.
Rio
abajo desde la segunda catarata, 1.300 kilómetros al sur de Pi-Ramsés, la capital
de Ramsés II, habían sido excavados en un acantilado dedicado a la diosa Hator.
Soberana del amor celeste y diosa de las estrellas, consolidaba para siempre la
unión de la pareja real. En el año XXIV del reinado, Ramsés y Nefertari
inauguraron estos santuarios y se supone que la reina murió poco después de la
ceremonia.
El
«gran templo», dedicado a Ramsés, está precedido por cuatro colosos sentados; el
«pequeño» templo, dedicado a Nefertari, «por el resplandor del sol», de seis colosos
de pie y caminando, que salen del acantilado. Maat y Tot actúan a favor de la reina,
que ofrece papiros y lotos a su diosa protectora, Mut, que es la vez «madre» y «muerte».
Con
las manos puras cuando maneja los sistros con el fin de disipar las fuerzas negativas y
difundir las energías
constructivas, Nefertari explora
el pantano primordial
en busca de la diosa Hator, que descubre en el fondo de una gruta, matriz del
universo. Dotada con el poder y la magia de la vaca celeste, la reina puede, entonces,
alimentar el alma real y hacerla suficientemente fuerte para vencer a las tinieblas.
Por
otro lado, se ve a Nefertari, en su templo, acoger a Ramsés y actuar para que la
diosa Hator le confiera una realeza eterna, renovada sin cesar, confirmada por
Set y Horus. Así construido, como un templo, Ramsés ofrece la Regla de Vida,
Maat, a Amón-Ra, la luz creadora que ilumina al mundo aun permaneciendo
secreta. Juntos, Nefertari y Ramsés veneran a una diosa llamada «la Grande»,
encarnada en un hipopótamo hembra, dando nacimiento a todas las divinidades.
El
templo nos ofrece una escena única: la coronación y la «divinización» de una reina
de Egipto. Dos diosas, Isis y Hator, colocan una corona rematada por dos altas plumas
que enmarcan un sol y la magnetizan. En la
frente de Nefertari, el ureus, cobra hembra cuya misión es apartar a los
enemigos visibles e invisibles. La gran esposa se convierte en la Madre, origen
de toda vida y fuente de la crecida regeneradora. En un solo bajorrelieve, el
pequeño templo de Abu Simbel ilustra las múltiples dimensiones simbólicas de
una reina de Egipto.
La
tumba de Nefertari fue descubierta en 1904 por una misión arqueológica italiana
que dirigía Eduardo Schiaparelli. La de Tutankamón contenía un inmenso tesoro
formado por centenares de objetos, pero sólo una pequeña sala estaba decorada parcialmente;
la última morada de Nefertari, por el contrario, ofrece varias salas, con los
admirables bajorrelieves, de colores calientes, que forman un libro de símbolos
que traza el itinerario iniciático vivido por la reina.
Subsisten
algunos enigmas. El mobiliario funerario de Nefertari, ¿fue destruido o simplemente
disimulado? Su momia, ¿fue devastada o depositada en un escondrijo?
¿Por
qué los saqueadores dejaron intacto un decorado sublime, poblado de divinidades?
Desde
la entrada de esta morada de eternidad, verdadero «lugar de Maat», nos asombramos
por la perfección de los personajes y de los jeroglíficos. Nosotros penetramos en el cielo para seguir
el camino que condujo a Nefertari hacia la «sala del oro» donde, convirtiéndose
en el material de la obra alquímica, fue integrada para siempre en la
corporación de las divinidades.
Aquí
se ilustran las «fórmulas de transformación en luz» que permiten a la reina
abandonar su condición humana para alcanzar los más elevados estados espirituales.
Prueba temible, con anterioridad: jugar al Senet, un juego de estrategia, ante
un adversario invisible. El término sen significa, con ocasión de este duelo, «pasar
al otro lado», «atravesar la frontera» entre el aquí abajo y el más allá. Al obtener
esta victoria decisiva, Nefertari hace aparecer su ba, su alma de cabeza humana
y cuerpo de ave que se nutre de los rayos del sol. Ella se convierte en el
fénix (el ave benu), que puede supervisar lo que es y lo que era.
Iluminada
por el ojo de Horus y guiada por Anubis, Nefertari recorre los caminos del
otro mundo, nombra a los guardianes de las puertas y prueba sus cualidades de iniciada.
Como tejedora, presenta las telas a Ptah, maestro de los artesanos; como escriba,
instruida por las palabras del poder, recibe la paleta de Tot, asociando las facultades
de «ver» y de «oír». «Yo hago Maat, yo traigo Maat», proclama la reina, capacitada
para recibir y transmitir los secretos del gran Dios.
Nefertari
no procede por azar. Horus y Hator, cogiéndola de la mano, la conducen junto
a las fuerzas divinas de las que se hace depositaría. Es iniciada al mismo
tiempo a los misterios de Osiris, soberano del reino de la resurrección, y a
los de Ra, dueño de la luz creadora. Y un texto notable indica: «Ra se realiza
en Osiris, Osiris se realiza en Ra». Isis y Neftys forman un nuevo sol, al que
se identifica Nefertari.
«Ojalá
puedas aparecer en el cielo como el padre Ra —se le desea a la reina—ojalá
puedas ocupar un lugar en el interior de la tierra sagrada; ojalá puedas gozar
en el lugar de Verdad (Maat) después de haberte unido a la Enéada de los
dioses, tú, el Osiris Nefertari».
Al
final de su recorrido, la reina sostiene el signo de la vida, una vida transfigurada,
conquistada gracias al conocimiento.
Además
de su fabulosa cualidad artística, la morada de eternidad de Nefertari es un
verdadero libro cuyos capítulos corresponden a las etapas de la iniciación
suprema de una reina de Egipto. En este sentido, esta obra maestra posee un
valor excepcional y nos permite percibir mejor la importancia de esta función
considera principal desde los orígenes de la civilización faraónica.
KHAEMWASET

Un sabio maestro de obras y arqueólogo
Al
morir Nefertari, Ramsés II se casó con Isis-Nefret, que no tuvo la misma importancia
que aquélla. En cambio, su hijo
Khaemwaset, «aquél que aparece en Tebas», tuvo una carrera notable y fue
considerado, ya en vida y después de la muerte, un sabio. Ya desde la infancia
dio pruebas de una inteligencia sobresaliente, y en toda ocasión quedó
confirmado lo acertado de su pensamiento.
Dotado
para la escritura de los jeroglíficos y la lectura de los textos esotéricos, se
mostró capaz de descifrar el mensaje de Tot, al estar sin cesar vigilante ante
la palabra de los dioses.
Y
el maestro de los escribas, el dios con cabeza de ibis, gozaba al verlo. Amado por
las potencias creadoras, Khaemwaset llevaba a cabo lo que les era útil a éstas.
Tales
disposiciones predestinaban al joven a ejercer altas funciones en el universo de
los templos, en el que se convirtió rápidamente en uno de los principales dignatarios.
El toro Apis lo designó, siendo niño, a la atención del dios Ptah, creador del
verbo y del artesanado, y Khaemwaset se convirtió en su gran sacerdote. Maestro
de obras y superior de talleres, construyó moradas para los dioses, grabó
palabras eficaces en sus muros, instauró servicios de ofrendas diarios y
estableció el calendario de las fiestas del cielo.
Khaemwaset
cuidó especialmente la Morada del Oro en la que trabajaban los artesanos
iniciados, y abría él mismo la boca y los ojos de las estatuas con el fin de transformarlas
en seres vivientes. Y se precisa que esta morada, esencial para los egipcios,
recibió «todas las piedras de valor superior».
En
el año XVI de Ramsés II, este superdotado ofició, en Menfis, junto a su ilustre padre,
con ocasión de los funerales grandiosos de un toro Apis, «el heraldo de Ptah», encarnación
terrestre del dios de los constructores. Desde la I Dinastía el ritual de la corrida
del toro Apis manifestó el poder del ka real, la energía de reinado sin la cual
ningún faraón podría ejercer su función.
Fiel
servidor de una entidad divina compuesta por Apis, Osiris y Sokaris,
Khaemwaset emprendió
importantes obras en el Serapeum, la necrópolis de los toros Apis, donde cada
uno de ellos, debidamente momificado y «osirianizado», reposaba en un
sarcófago. Para los egipcios, el animal no era inferior al ser humano, e
incluso le era superior en la medida en que encarnaba, sin traicionarla, una
potencia divina.
El
hijo de Ramsés hizo acondicionar galerías subterráneas destinadas a los toros sagrados
y un templo en honor de Apis. Erigió un monumento en piedra para celebrar su
resurrección, al final del ritual de los funerales, y un gran altar en piedra
caliza con el fin de perpetuar un culto al ka vencedor de la muerte. En las
paredes del patio donde se encontraban estos monumentos, los celebrantes podían
leer las fórmulas de la apertura de la boca y de los ojos, y los rituales de
ofrendas.
Khaemwaset
reorganizó al personal del Apis, y los nuevos sacerdotes, satisfechos por su
nombramiento y conscientes de sus deberes, se lo agradecieron. Todo favor otorgado
al alma del toro, encarnación del poder real, revertiría sobre ellos.
Ramsés
II encargó a su hijo que organizase sus fiestas de regeneración, durante las
cuales, según la tradición del Imperio Antiguo, se colgaba del taparrabos una
cola de toro, recargada de poder mágico por el conjunto de las divinidades. La
costumbre requería que esta fiesta-sed se celebrase el año XXX del reinado.
Ciertos monarcas, estimando que sus capacidades habían disminuido, adelantaron
la fecha. Debido a las fatigas de la edad, cada vez más pesadas, Ramsés II
celebró varias fiestas de regeneración, a intervalos cada vez más próximos
entre sí.
Khaemwaset
no fue solamente gran sacerdote de Ptah y jefe de los artesanos. Se interesó
mucho por los monumentos de la necrópolis menfita, los examinó con atención y
llevó a cabo las restauraciones necesarias, homenajeando de este modo a los
antepasados. Es la razón por la cual es considerado un «príncipe arqueólogo»,
aun cuando sus motivaciones no tenían nada de científicas, en el sentido
moderno de la palabra. Khaemwaset no estudiaba las antigüedades con la
mentalidad de un técnico, sino que prolongaba la vida de piedras animadas,
cargadas de poder.
Él,
que había inspeccionado varias veces las canteras, especialmente la del Dyebel
el-Silsileh, apreciaba el valor de los bloques nacidos en el vientre de las montañas
y la importancia de las obras edificadas por los antiguos. Conocía a la perfección
el conjunto sagrado de Saqqara, el modelo de todos los templos de regeneración
creados por Imhotep, y veneraba su memoria. Le consagró un estanque para
libaciones, perpetuando así el nombre del genial maestro de obras.
Khaemwaset
se ocupó de las pirámides de Pepi I (VI Dinastía) y de los monumentos anexos,
algunos de los cuales se habían deteriorado. Restableció un culto a la memoria
de este soberano y no olvidó los edificios anteriores, de la V Dinastía, como
la mastaba Faraón,
el templo solar de
Neusera o la pirámide de Sahura. En cada
caso, Khaemwaset hace revivir el nombre de estos soberanos reinstaurando
fundaciones cultuales que preserven su memoria y los sitúen en el presente.
Este
gran especialista de la edad de oro de las pirámides no omite la de Unas, la primera
que reveló los textos de transfiguración concebidos y formulados por los sabios
de Heliópolis. En el flanco sur del monumento, una inscripción recuerda la intervención
de Khaemwaset, que, sin duda, estudió de cerca los Textos de las Pirámides,
fundamento del pensamiento egipcio.
El
restaurador de los monumentos antiguos de Menfis fue asimismo el descubridor de
uno de los capítulos del Libro para salir al día, el 162, una fórmula para
hacer aparecer una llama sobre la cabeza purificada. El cuerpo de luz está iluminado él mismo por
este fuego sobrenatural, que es el origen de la aureola que rodea la cabeza de
los santos cristianos.
Tras
haber organizado cinco fiestas de regeneración de Ramsés II, Khaemwaset murió
el año LV del reinado. ¿Su padre había pensado como sucesor en este sabio interesado
por el conocimiento, los textos esotéricos y de arquitectura sagrada?
Khaemwaset
no parece haberse interesado por el ejercicio del poder, aunque sí apareció
como uno de los principales personajes del Estado. Deseó ser inhumado en Menfis,
en una capilla de los subterráneos del Serapeum, cerca de sus queridos toros Apis,
pero tuvo que contentarse con un sarcófago de madera, aunque el rostro de su momia
fue cubierto por una máscara de oro, prueba de la transmutación de su ka y de su
acceso al universo divino.
Su
renombre no se extinguió y perduró hasta el final de la civilización egipcia. E incluso
Khaemwaset se convirtió en héroe de una novela bajo el nombre de Setne Jamois.
Gran sabio, erudito sin igual, sabía leer los
textos sagrados de la Morada de la Vida, los de las estelas y las inscripciones
de los templos. Conocía las virtudes de
los amuletos y de los talismanes, era el más grande de los magos. Y no ignoraba
el lugar donde se encontraba el Libro de Tot, que contenía los secretos del
cielo, de la tierra y de la matriz estelar. De este tesoro emanaba la luz que
iniciaba a los sabios en los misterios divinos.
Pero
una serpiente inmortal, enroscada alrededor del cofre que contenía el libro, prohibía
el acceso a éste... ¡excepto a Setne Jamois! Superando todos los obstáculos, consiguió
extraerlo de su escondrijo. Y cuando
tuvo en sus manos este valioso grimorio, la luz avanzaba delante de él.
En
realidad, el autor de la novela se ha mantenido próximo a la realidad.
Khaemwaset
era un sabio, un escriba y un mago iniciado en los secretos de la Morada de la
Vida y se enfrentó a pruebas semejantes para descubrir el Libro
de Tot, que realmente existió.
En
el apogeo del poder ramésida, Khaemwaset mantuvo el ideal de la sabiduría, tan
bien encarnado por los modelos de los tiempos de las pirámides. Gracias a él se
perpetuó la tradición de la edad de oro.
AMENEMOPE

La sabiduría de un escriba rural
Hacia
finales de la época ramésida vivía en el Medio Egipto, en la región de Abydos,
un escriba, director de los campos, llamado Amenemope, hijo de Kanajt.
El
período no es precisamente de los más tranquilos: una crisis económica, corrupción entre los
funcionarios, bandas de bandoleros que se atreven a saquear las tumbas tebanas
en busca de tesoros. El poder central se debilita, se acentúa la pérdida de
valores.
En
este clima turbulento, Amenemope trata de hacer su trabajo lo mejor que puede,
garantizando la buena gestión de los terrenos aptos para la agricultura.
Encargado
de los cereales, controla atentamente las medidas y planifica las cosechas.
Esta
tarea implicaba vigilar con exactitud los límites catastrales, la redacción
precisa de los textos administrativos y el adecuado desarrollo del proceso de
redistribución de las riquezas.
Discípulo
de Tot, este escriba es tan sólo un gestor; habiendo frecuentado el templo, y
practicado el arte de los jeroglíficos, decidió redactar una «sabiduría» en treinta
capítulos y en verso, con el fin de transmitir su experiencia y luchar contra
las malas acciones y las actitudes deshonestas.
No soportaba que los individuos malvados traicionasen la ley de Maat.
Amenemope se inspiró en ilustres antepasados, tales como Ptah-Hotep y Ani, y
redactó unas Enseñanzas para la vida y directrices de salud, para dirigir a un
hombre por el camino de la vida, de modo que se expanda en la tierra, para
hacer que su corazón entre en su santuario, sirva de timón y le permita evitar
el mal.
A
quien quiera escucharlos, los preceptos de Amenemope le permitirán obtener el oído
de los grandes y gozar de una buena reputación entre la población. Pero el
sabio ha de recordar, continuamente, que los designios del hombre son siempre
mínimos con respecto al plan divino. «El hombre es arcilla y paja. Dios es su
constructor, él destruye y reconstruye cotidianamente».
Nadie conoce
el plan divino.
Es inútil, pues,
angustiarse respecto al
día de mañana. La
verdadera felicidad es
alcanzar el Bello
Occidente, preservado en la mano de
Dios. Lo que
triunfa es el
pensamiento divino; el
hombre, en cambio, conoce el fracaso. Los humanos
hablan, Dios actúa. Para él, por otro lado, no existe ni triunfo ni fracaso; y
quien quisiese triunfar olvidándose del plan divino fracasaría en un instante.
La
rectitud y la honradez son valores esenciales. Como fiel discípulo de Tot, que vigila
la balanza, Amenemope exige que no se la manipule, de igual modo que no hay que
falsificar los pesos ni modificar las fracciones de los celemines. Especialista
en la medición de grano, el escriba se muestra particularmente puntilloso: nada
de rellenar los bordes, nada de huecos inadecuados y la buena dimensión
correspondiente a una cantidad concreta.
Este
celemín es el ojo de Ra. Constatamos así la importancia simbólica y el alcance
espiritual de un objeto de la vida cotidiana, poniendo a los humanos en contacto
con el mito. Un mensurador deshonesto atenta contra este ojo, es decir, contra
la luz divina, y se convierte en aliado de las tinieblas. Entonces, el ojo lo quema
con su fuego.
Amenemope
no transige con la falta de honradez. No se debe mover un mojón, ni desear un
simple codo de tierra, ni invadir la propiedad de una viuda.
Y
cuando se nos llama para sentarnos en el tribunal, es conveniente conservar una
mirada lúcida para no despojar a la persona honrada y justa. La justicia, ¿no
es acaso el don más preciado de Dios? Preservarlo implica no aceptar sobornos,
no favorecer a un personaje importante en detrimento de un débil, y no dejarse
seducir por un rico para despreciarlo si se vuelve pobre.
Como
otros muchos sabios antes que él, Amenemope insiste en la necesidad de escuchar.
«Da tus dos oídos —recomienda—, pon en tu corazón lo que te dicen». Las palabras
de sabiduría se parecen a una reserva de provisiones para la vida, sirven de poste
de amarre que permite no ser arrastrado por una oleada de palabras inútiles.
En
el templo, el individuo apasionado de carácter turbulento se parece a un árbol al
que le falta la luz. Su crecimiento se interrumpe, ya no da hojas y acaba como
leña para quemar. Aquél que es verdaderamente silencioso, en cambio, crece como
un árbol plantado en un terreno inundado de luz. Verdece de manera notable, sus
hojas son espléndidas, a su propietario (el dios del templo) le produce placer
contemplarlo.
Sus
frutos son sabrosos; su número, beneficioso. Y su madera, agradable de
trabajar, se verá confiada a un escultor que dará forma a una estatua.
Amenemope
recomienda evitar a las personas excitadas de discurso turbulento.
En
caso de enfrentamiento, no hay que agredirlos, sino dejar pasar la tormenta sin
reaccionar. La prudencia consiste en no combatir y en alejarse de estos
individuos a los que Dios responderá de manera tajante.
Al
silencio se añade el respeto, que no debe manifestarse de manera ruidosa y ostentosa.
Fijémonos en el cocodrilo, nos indica Amenemope; según la mitología, su lengua
ha sido cortada, por lo que no puede dedicarse a charlar. Con todo, este ser silencioso
inspira terror y nadie osa insultarlo.
Merecer
el respeto ajeno, no desplegar los sentimientos delante de todo el mundo y
evitar a los parlanchines. El silencio no es sólo una simple ausencia de
palabra, sino una preparación a la formulación. Si la lengua se presenta como
el timón de un barco, el único piloto es el señor de la eternidad; asimismo, no
se debe gobernar su existencia con la lengua, sino haciendo sólido su espíritu,
teniendo un peso espiritual y consolidando su corazón.
Si
nos entra gana de decir algo malo, callémonos y no profiramos palabras destructoras.
Nuestra lengua debe servirnos para formular propósitos constructivos, con el
fin de hallar nuestro justo lugar en el templo. Y recordemos que Dios detesta las
palabras falsas y la incoherencia. Por este motivo castiga a los mentirosos y a
los perjuros.
Un
escriba ejerce un poder no pequeño. Lo
que escribe puede tener graves consecuencias; así, se cuida de que su dedo,
equivalente a un pico del ibis de Tot, evite cometer un error.
¿Cómo
comportarse ante los bienes materiales? Ante todo, hay que evitar una enfermedad
mortal: la avidez. La barca del ávido encalla, mientras que la
del silencioso se ve beneficiada por un viento favorable.
Intentar
apropiarse de lo que pertenece al templo es imperdonable; y cuando no estamos
obsesionados por el deseo de enriquecernos a cualquier precio, el desahogo llega
por añadidura.
Enriquecerse
de manera deshonesta provoca la reprobación de Dios, y lo que tomábamos por oro
se transforma en plomo. Los bienes mal
adquiridos no aprovechan nunca y vale más una sola medida otorgada por Dios que
cinco mil obtenidas de manera injusta. Degustar serenamente un simple bizcocho,
fruto de su trabajo, vale más que una enorme fortuna que cause innumerables
tormentos por haber sido acumulada de forma deshonesta. Las riquezas fraudulentas, concreta Amenemope,
no pasan ni una noche en posesión del ladrón. La tierra las absorbe, se desvanecen
al mismo tiempo en el cielo y en las profundidades del suelo.
Un
sabio no se burla de un ciego ni de un enano, ni de un jorobado. Cada ser se halla
en las manos de Dios y, por esta razón, merece el respeto, sea cual sea su condición.
Y quien tiene la suerte de poseer una barquichuela hará pagar el precio del pasaje
sólo al rico, y no al pobre. Nadie debe maltratar a un viejo o a una persona débil.
Estas
enseñanzas de Amenemope gozarán de un buen éxito, pues serán leídas y copiadas
hasta muy tardíamente. Conocerá una forma particular de posteridad, al inspirar
pasajes de la Biblia, en especial máximas del Libro de los proverbios. Al término
de prolongados debates, a veces agitados, se sabe hoy que los hebreos, entre otros
textos egipcios, leían los treinta capítulos de la obra de Amenemope. Es precisamente Egipto el que inspiró una
parte de la Biblia, ¡y no a la inversa! Varios pensamientos de un escriba de
provincia acabaron, pues, incorporados al Antiguo Testamento. «Más vale poco
con el temor de Yahvé que un tesoro con inquietud», recomienda el sabio judío,
siguiendo las enseñanzas de su modelo egipcio.
PIANJI

El reunificador llegado del Gran Sur
La
era ramésida se termina hacia 1070 a. C., en sombrías condiciones. Se abre un Tercer
Período Intermedio, que presenciará cómo se destrozan entre sí las Dos Tierras.
En
el norte, los monarcas no reinan más que sobre ciertas provincias; en el sur, reyes
sacerdotes conservan Tebas como capital y, a partir del año 1000 a. C., una dinastía
de sacerdotisas, las Divinas Adoratrices, tratan de preservar las tradiciones.
Esta
institución deriva de otra, la de la «esposa del dios», desarrollada, como
vimos, por Ahmose-Nefertari. Maat-ka-Ra,
retomando
uno de los nombres de Hatshepsut, se convirtió en la primera Divina
Adoratriz de Tebas.
Cambio
importante con respecto a las esposas del dios:
el nombre de las soberanas de Tebas está inscrito en un cartucho, como
el de los reyes. Las Divinas Adoratrices gobiernan material y espiritualmente
la rica provincia tebana, cuyo centro es Karnak, el templo de Amón. No había
conflictos con los monarcas del norte, ni siquiera cuando los libios suben al
trono y se adecúan a los usos y costumbres faraónicos.
Hacia
el 730 a. C. la situación evoluciona. Un príncipe del Delta, Tefnajt, se pone a
la cabeza de una coalición decidida a apoderarse del sur, donde se encuentran
las tropas que obedecen al rey «etíope», es decir, nubio, Pianji. Tomando como
modelos a dos ilustres faraones, Tutmosis III y Ramsés II, Pianji, «el
Viviente», gobierna un país independiente y próspero, el reino de Kush, próximo
a la cuarta catarata del Nilo.
Venera
a Amón en su templo del Dyebel Barkal, y en este lugar se halló una estela que
narra su fabulosa epopeya. «Pianji,
como los reyes etíopes que vendrán después de él —escribe N. Grimal—se
presenta como egipcio, y no como kushita; podemos decir, incluso, que se
presenta como más egipcio que los egipcios». La incursión de Tefnajt disgustó
al faraón negro que se consideraba «pacificador de las Dos Tierras». ¡Así,
pues, ordenó a su ejército que detuviese la marcha hacia el sur de los
coaligados que amenazaban Tebas, el santuario principal de Amón!
Los
soldados de Pianji contuvieron el avance del enemigo, pero no consiguieron romperle
el espinazo. Muy descontento, el rey se sintió investido por una misión divina
y, en el año XXI de su reinado, abandonó su capital, Napata, para ir a Egipto y
tomar los asuntos en sus manos. Él, «símbolo viviente de Atum», el Creador, no podía
dejar que profanadores mancillasen al país amado de los dioses.
Pianji
llegó fácilmente a Tebas, afortunadamente intacta. Como hizo en cada etapa de su viaje de
reconquista, restableció las fiestas y los rituales, y se aseguró de que
sacerdotes y sacerdotisas ejerciesen correctamente sus funciones. De este modo reafirmaba
la presencia de Maat, poniendo orden en lugar del desorden y armonía en lugar
del caos.
En
Tebas celebró la antigua fiesta de la diosa Opet y luego se dirigió a Hermópolis,
la ciudad de Tot, retenida por un coaligado, el príncipe Nemrod. Pianji sermoneó
a sus oficiales, demasiado flojos; movido por la potencia celeste, se apoderó
de la ciudad. Tras haber hecho ofrendas en el templo, visitó las caballerizas y
se inquietó por el estado de los caballos. Nacido del huevo divino, actuaba
gracias al ka del dios que le dictaba su conducta.
Desde
este momento, Pianji continua rá rechazando a los coaligados hacia el norte.
¿Sus enemigos? Muertos vivientes. Un poco de sabiduría debería conducirlos a rendirse
para no cerrar para siempre las puertas de su existencia. ¿Por qué no admitían que él venía como
faraón, formado a imagen de Dios?
En
las ciudades a las que asalta les hace un discurso simple: «Abrid y viviréis; cerrad,
y moriréis». El unificador de las Dos Tierras no desea pasar delante de una ciudad
cerrada que rechaza su autoridad.
El
momento crucial de la reconquista es el asedio de Menfis. La capital económica, fortificada, podría
resistir y provocar el desánimo del ejército del faraón negro. Pero nada podría
romper el impulso de Pianji. Éste se apodera del puerto, y la ciudad cae en sus
manos. Purificado y reconocido como
único soberano, rinde homenaje a Ptah, el dios de los constructores, y se
instala en el palacio real, al que llegan numerosos coaligados para someterse.
Pianji
contribuye a la preocupación por el cumplimiento de los ritos tradicionales que
lo conectan con las divinidades y los antepasados. Ra, luz divina, lava y
purifica el rostro del monarca en el río del Nun, otorgándole así la energía
primordial. Pianji descubre la colina de arena de Heliópolis, primer punto
emergente que apareció en el origen del mundo, y ofrece a Ra bueyes, leche,
mirra e incienso. Y contempla la luz divina en el templo del benben, la piedra
fundamental simbolizada por un obelisco.
Allí,
Pianji celebra el culto divino abriendo las puertas de la naos, destapando la estatua,
descubriendo a las barcas de la mañana y de la tarde, y luego sellando de nuevo
las puertas del santuario con el fin de preservar el misterio.
Celebrando
estos ritos fundamentales, el faraón negro sigue el camino de sus predecesores.
Le es necesario, pues, reformar la unidad de las Dos Tierras, por lo que se
dirige a Atribis, en el Delta, donde recibe el homenaje de varios coaligados
que le ofrecen caballos, oro, collares, piedras preciosas y amuletos. Pianji
entregará todas estas riquezas a los templos.
Esta
vez Tefnajt comprende que ha perdido la guerra.
Así, pues, envía un embajador a Pianji, para suplicarle que le permita
conservar la vida. En su sabiduría, el faraón acepta, a condición de que el
vencido venga al templo, sea purificado y preste juramento de que no va a
volver a rebelarse.
Egipto
es reunificado y pacificado, Pianji es el único faraón. Debería establecerse en
una ciudad del Delta, o bien en Menfis o en Tebas. Pero opta por otra solución, totalmente
sorprendente: vuelve a Napata, ¡muy lejos de Egipto!
En
Tebas, la Divina Adoratriz adopta como hija espiritual, destinada a ser su sucesora,
a Amenirdis, hija de Pianji. Convencido
de que la tradición será salvaguardada, el faraón negro, «amado de Amón»,
vuelve a su reino sudanés, tras haber restablecido el orden en Egipto. Un orden
basado no únicamente en el poder militar, sino, sobre todo, en el respeto y la
práctica de los rituales tradicionales, única manera, según él, de preservar la
armonía de las Dos Tierras.
De
vuelta a Kush, Pianji embelleció el templo de Amón y los demás santuarios, y preparó
su morada de eternidad en El-Kura, en forma de pirámide. Aunque conquistador, no había tratado de
extraer un beneficio político y temporal de su victoria. Apartado de su propio
éxito, que había sido espectacular, le bastó el haber sacado
a la luz los valores antiguos, fundamento de la civilización faraónica.
ANJNES-NEFERIBRA

Divina adoradora, soberana de Tebas y
primera profetisa
de Amón
En
594 a. C., la «madre» Nitocris la Grande elevó a la dignidad de «hija» y de Divina
Adoratriz a la hija del faraón Psamético II, una joven llamada Anjnes-Neferibra,
es decir «que faraón viva para ella, perfecto es el corazón de la luz divina».
Su segundo nombre, también escrito en un cartucho, es «amada de Mut, regente de
la perfección».
Ambas
mujeres remaron juntas durante nueve años, hasta la muerte de Nitocris, en
el año IV del faraón Apries, en 585. Con una prolongada formación para sus funciones
espirituales y temporales, Anjnes-Neferibra se convirtió asimismo en primer
profeta de Amón, puesto ocupado, por lo general, por un hombre. La decimoprimera Divina Adoratriz era, pues,
plenamente soberana de Tebas y de Karnak, conservatorios de tradiciones y
ritos, mientras que la capital de la XXVI Dinastía, Sais, sensible a la
influencia griega debido a la política del rey Amasis, se abría al mundo
exterior.
Anjnes-Neferibra
vivió una verdadera coronación. Como un
faraón, fue purificada y llevó a cabo el rito de «la subida real», la
iniciación a los grandes misterios. El
escriba del libro divino y nueve sacerdotes puros la revistieron de adornos
adecuados a su función, y el dios Amón la coronó soberana de la totalidad del
circuito celeste que recorría el disco solar.
A
partir de ahora, cuidaría de la sustancia de todos los seres vivos. Digna de alabanzas,
dulce de amor, gran cantante y música a la cabeza del linaje de Amón, la Divina
Adoratriz no tenía más esposo que el dios ni más prole que su hija espiritual, cuando
se decidió a adoptar una. No había voto de castidad, sino una existencia ritualizada
al servicio de Amón que, magnetizando a su esposa, le comunicaba su poder y
hacía de ella una encarnación de la diosa Mut, la madre por excelencia, el príncipe
femenino encargado de garantizar la perennidad de la creación.
La
unión de Amón y de la Divina Adoratriz es recordada de varias maneras: abrazándolo,
o bien estrechándolo, pasando sus brazos alrededor del cuello de su esposo
divino, o bien haciendo el gesto de tocar la corona, o el de sentarse en las rodillas
del señor de Karnak. Así, el corazón de Amón queda muy satisfecho; a su esposa
le da la vida.
Encarnación
de Mut, la Divina Adoratriz lo es también de Tefnut, diosa no de la humedad,
como suele repetirse a diestro y siniestro, sino del fuego primordial. Con Shu,
el aire luminoso, ella forma la primera pareja salida del Principio, que suele representarse
por un león y una leona. Por esto, la Divina Adoratriz no es solamente «la
soberana del encanto, del hermoso rostro, de bellos andares en el templo, la
que lo llena del olor de su rocío», sino también un poder temible del cual
posee el control y el dominio. Todos los ritos que lleva a cabo lo son «como
hacia Tefnut la primera vez». Y Tefnut, en su aspecto de fuego creador, se
relaciona con Maat, la Regla de armonía de la que es garante terrenal la Divina
Adoratriz. No es el equivalente de una reina, sino de un rey que gobierna un
rico territorio sin compartir el poder.
Su nombre, recordémoslo, está inscrito en un cartucho como el de un
faraón. «Señora de las Dos Tierras» y «señora de las coronas», la Divina
Adoratriz puede llevar a cabo el acto ritual supremo, la ofrenda de Maat, y
celebrar una fiesta de regeneración. Al igual que el rey guerrero, ella
pronuncia fórmulas de conjuro contra los enemigos visibles e invisibles; tras
haber dado cuatro vueltas al espacio sagrado, la Divina Adoratriz disparaba una
flecha hacia cada uno de los puntos cardinales con el fin de sacralizar al
mundo en todas sus dimensiones.
Al
tocar los sistros ante las potencias divinas, apartaba las ondas negativas y restablecía
la armonía necesaria para la expresión de lo divino. De esta ofrenda musical nacía la plenitud del
templo, alimentada con goce celeste.
La
Divina Adoratriz confiaba la gestión de sus bienes materiales a un gran intendente
cuya posición administrativa confirma la realidad de una extraña situación.7Aun
siendo «un verdadero conocido del faraón, un hombre que él aprecia», este alto dignatario
se mostraba de una fidelidad ejemplar respecto a la soberana de Tebas. Por otro
lado, se lo comparaba al ka del rey, encargado de proporcionar a la Divina Adoratriz
las energías indispensables para satisfacer a Amón. Esta doble realeza no engendró
conflictos abiertos, pero sin duda contribuyó a alejar al sur conservador del norte
abierto a las influencias exteriores.
A su nivel,
ciertamente restringido, las Divinas Adoratrices confirmaron su función real
edificando capillas que ellas fundaron y dedicaron por sí solas, sin la intervención
del faraón, y únicamente en la región tebana.
Anjnes-Neferibra
hizo construir, en Medinet Habu, una capilla destinada a ser su morada
de eternidad y, en Karnak, una puerta jubilar y tres capillas osirianas, dos de
las cuales estaban en la avenida que conducía al templo de Ptah. Señor de la
vida, regente de la eternidad, Osiris, «el ser perpetuamente regenerado», es
asimismo el «señor de los alimentos».
Anjnes-Neferibra le ofrendaba todos los alimentos espirituales y
materiales, y el dios la asociaba a su misterio. En las paredes de su capilla
figuraban divinidades, genios guardianes —hombres con cabeza de cocodrilo o con
doble cabeza de ave— y serpientes que escupían fuego. Todos vigilaban el secreto
supremo, el «fetiche» de Abydos, presente en el corazón del pequeño santuario y
símbolo de la resurrección de Osiris.
En
Medinet Habu, en la orilla oeste de Tebas, la capilla funeraria de
Anjnes-Neferibra, por desgracia, acabó destruida. Las de las dos Divinas
Adoratrices
están
intactas y nos reservan una bonita sorpresa: sus paredes están cubiertas de columnas
de jeroglíficos donde se pueden identificar pasajes de los... ¡Textos de las Pirámides! Estas grandes sacerdotisas se referían, pues,
a la más antigua de las tradiciones, expresada en Heliópolis, y que atravesaba
los siglos relacionándose con las primeras fórmulas de conocimiento que
permitían a los faraones partir vivos hacia el más allá, «haciendo que muriese
la muerte».
Tras
un largo reinado de más de medio siglo, Anjnes-Neferibra adoptó a una hija espiritual,
Nitocris II, que fue la última Divina Adoratriz. Porque en 525 el ejército persa,
mandado por Cambises, atacaba a Egipto. Gracias a la traición del griego Fanes
de Halicarnaso, general en jefe de las tropas egipcias, los invasores
obtuvieron una fácil victoria. Con el norte conquistado, éstos pudieron
penetrar hacia el sur sin encontrar resistencia. En Tebas, según la tradición, Cambises se
mostró particularmente cruel. Asesinó a
sacerdotes y sacerdotisas, destruyó numerosos monumentos, suprimió la
institución de la Divina Adoratriz y quemó la momia de Anjnes-Neferibra. Milagrosamente,
una obra de arte excepcional, su sarcófago, pudo zafarse de la destrucción. Hallado en 1832, no despertó el interés de
las autoridades francesas. Pero los ingleses, por el contrario, la juzgaron
digna de entrar en el British Museum.
Se
trata de un verdadero libro de piedra, que recorre la transformación de la Divina
Adoratriz en un ser de luz, según el ejemplo del faraón, y según las enseñanzas
del tiempo de las pirámides. Ignorado por los egiptólogos, este admirable texto
muestra la amplitud del pensamiento de Anjnes-Neferibra, digno de los grandes sabios
en los que se inspira.
Para
que el proceso de resurrección se cumpla, la Divina Adoratriz debe comunicarse
con la diosa-cielo, Nut. Se sumerge en el cosmos y vuelve a nacer como ojo de
Ra, nueva fuente de luz, aun permaneciendo en el secreto de esta creación.
Ningún
mal viento se mueve contra ella, nadie la ve. Pero ella sí ve.
En
cada uno de los caminos que recorre la Divina Adoratriz, ¡miles de codos de llamas!
Convertida en el gran fénix, convertida en todos los dioses, convertida en el día
y la noche, no los teme. Su alma-pájaro, el ba, cruza el cielo entre los que
siguen a la luz divina. Nut la eleva al seno de las constelaciones, y la Divina
Adoratriz vive como las estrellas vivas. Su rostro es el de un chacal, más
rápido que el viento, su carne es de metal celeste. Las puertas del cielo se
abren para ella, y el mensaje del gran dios la acoge en la ciudad de la luz,
donde ella descubre el secreto de las divinidades bogando para siempre en la
barca que recorre el universo.
La
Divina Adoratriz alcanza el mundo de la plenitud, el campo de las ofrendas, pues
ella conoce los nombres de la luz divina. Ungida con el mejor aceite de Ra, no se
verá privada del perfume. Se encuentra con Osiris, regente de la eternidad,
forjador de dioses, de las estrellas y de los humanos, que crea lo que es y lo
que todavía no es.
Hija
de la luz divina, se convierte en Osiris, perpetuamente regenerado, y todas las
divinidades le otorgan el amor, el temor respetuoso, el rocío y el poder
creador. Ptah, señor del Verbo, y Nut, la diosa-cielo, reconocen a
Anjnes-Neferibra como toro del cielo y faraón.
Esta
breve evocación de los magníficos textos preservados por el sarcófago demuestra
la riqueza de la vida espiritual en Tebas, poco antes de la primera invasión persa,
y la permanencia de una tradición esotérica formulada en el Imperio Antiguo.
Una
tradición tan poderosa que resistirá todavía largo tiempo los golpes de la
fortuna, ante las ocupaciones extranjeras y ante el materialismo cada vez más
victorioso.
Faraón
en espíritu, soberana de Tebas, la Divina Adoratriz Anjnes-Neferibra vivió en
el límite de dos mundos, pero su existencia, sublimada por los ritos, fue
todavía la de una sacerdotisa de la edad de oro.
PETOSIRIS

El maestro de Hermópolis
La
primera ocupación persa duró de 525 a 399 a. C. Un movimiento de liberación dio
origen a las dos últimas dinastías propiamente egipcias, y en 342 Nectánebo III
fue derrotado por los persas, que invaden de nuevo Egipto e imponen duramente su
autoridad. Su sistema monetario aniquiló el trueque tradicional y una
dominación militar asfixia las Dos Tierras. Sin embargo, en ciertas partes,
como en Hermópolis,
algunas familias de
sacerdotes continúan luchando a su manera contra el opresor, tratando de
mantener la tradición.
En
este lugar devastado subsiste un sorprendente monumento, la tumba del sabio Petosiris,
último testigo de esta atormentada época. El constructor celebraba así la memoria
de sus allegados, al tiempo que proclamaba los valores espirituales sobre los que
se había fundado la civilización faraónica.
El
padre de Petosiris se llamaba Sishu, «el que pertenece al dios Shu (el aire luminoso)».
Al ser escriba real, tenía el privilegio de entrevistarse con Nectánebo II, el último
faraón egipcio, al que decía, con toda franqueza, palabras verdaderas.
Protector
de los habitantes de su ciudad, defensor de su provincia, Sishu se convirtió en
gran sacerdote de Tot y administrador de su templo. Su esposa era sacerdotisa
del paredro de Tot, Nehemet-awi, «la que arranca el mal». Y tuvo varios hijos.
Petos
iris, «el don de Osiris», fue su segundo hijo.
Excelente
gestor, apreciado por sus administrados, Sishu siguió el camino del Maat, y,
debido a su rigor y sinceridad, recibió un anillo de oro por parte del faraón.
Tuvo
la alegría de ver cómo el rey elegía a su hijo mayor, Dyed-Tot-ef-Anj, como gran
sacerdote de Tot.
La
invasión persa alteró la existencia tranquila de la provincia, pero la familia
de Petosiris
pudo continuar al servicio del dios Tot. Nombrado «sacerdote puro» a los dieciocho
años, se casó con una mujer maravillosa, Rempet-Neferet, «Buen Año», «soberana de
gracia, dulce de amor, hábil con las palabras, agradable en sus discursos, de
consejo útil en sus escritos. Todo lo que pasa en sus labios se parece a los
trabajos de Maat. Mujer perfecta, grande por sus favores en su ciudad, tiende
la mano a todos, diciendo lo que está bien, repitiendo lo que gusta, dando
gusto a todos, en cuyos labios no pasa nada malo, grande de amor para todos».
El
hermano mayor de Petosiris murió joven. Y fue él quien le sucedió a la cabeza del
clero local como «Grande de los Cinco, sostén de la ogdóada, jefe de los sacerdotes
de Sejmet», capaz de ver al dios en sus naos y de administrar los templos de
Hermópolis.
La
segunda ocupación persa fue aún más cruel que la primera. El invasor no perdonó
Hermópolis, y el «Sable», sobrenombre del sátrapa persa colocado a la cabeza de
Egipto, hizo cometer asesinatos, saquear necrópolis y devastar jardines.
Petosiris
no huyó y el ocupante lo mantuvo en su puesto. Pese a las angustias del porvenir,
le nacieron tres hijas. Una única preocupación
obsesionaba al gran sacerdote: cumplir los actos rituales preservando al máximo
los lugares sagrados, en especial el ámbito de Ra, cuna de la luz que contenía
el huevo primordial del que habían nacido las potencias creadoras. Pero, el mal, ¿no provenía de la falta de purificación
y de las profanaciones? La cólera de Dios asolaba Egipto, y Petosiris, discípulo
de Tot, trataba de apaciguarlo cumpliendo sus deberes de gran sacerdote.
Se
produjo un acontecimiento extraordinario:
el año 332 Alejandro Magno aplastó al ejército persa y fue acogido en
Egipto como un liberador. «Amado de Ra, elegido de Amón», fue reconocido como
faraón. En Tebas, los teólogos afirmaron que sucedía a Tutmosis III y a
Amenhotep III, dos de los más ilustres reyes de la XVIII Dinastía. Se procedió
a hacer reparaciones e incluso a la recreación de una naos con el nombre de
Alejandro, respetando los antiguos simbolismos.
En
fin, ¡de algún modo volvía la paz y una cierta forma de libertad! Es cierto que los
griegos controlaban al ejército, pero, antes de que Alejandro abandonase el
país para retomar su guerra en Oriente, sus consejeros egipcios lo convencieron
de que les confiase la administración del país.
Al ser bilingües, los altos funcionarios consiguieron crear un clima de
confianza respecto a los oficiales superiores griegos.
En
Hermópolis, Petosiris comprendió enseguida que la situación había cambiado profundamente
y que el nuevo ocupante no le impedía llevar a cabo plenamente su función de
gran sacerdote de Tot. Así, pues, restableció el conjunto de los ritos e hizo que
los servidores del dios cumpliesen todas sus tareas en el momento adecuado. El mismo
realizaba las purificaciones del alba, despertaba al poder divino en sus naos, repitiendo
la resurrección de Osiris, luego incensaba e iluminaba el templo. Organizó y dirigió
las procesiones con ocasión de las numerosas fiestas, que por fin se celebraban
y transportó él mismo la estatua de su señor, el dios Tot.
«Toda
la noche el espíritu de Dios estaba en mi alma —revela Petosiris— y desde el
alba, yo hacía lo que le gustaba... He actuado de tal modo que mi señor Tot me
ha exaltado por encima de todos mis iguales en recompensa por mis actos. Él me ha
enriquecido con toda suerte de buenas cosas de plata, de oro, en cosechas que
se almacenan en mis graneros, en campos, en rebaños, en huertos de viñas, en
huertos de árboles frutales de todas las especies, en barcos sobre las aguas»
Esta
riqueza hizo de Petosiris una especie de rey local, hasta el punto de que añadió
a su nombre la fórmula «Vida, coherencia y salud”, ¡reservada al faraón!
El
señor de Hermópolis no acumuló bienes para su único provecho. En primer lugar, devolvió
el desahogo a la ciudad; luego, estuvo permanentemente a la escucha de los dioses
y no dejó de trabajar para ellos.
Durante
una procesión se le apareció la diosa-rana Heket, cuyo santuario estaba en
ruinas y olvidado. Inmediatamente, Petosiris
buscó los planos originales, los encontró y reconstruyó el edificio.
Inspirándose en el texto fundamental de Imhotep, el Libro del plan de las
moradas de los primeros dioses, Petosiris no se detuvo aquí, sino que restauró
el templo de Tot. «Yo construí el santuario de las esposas divinas en el interior
del templo de Hermópolis —afirma—, pues lo encontré en estado de vetustez»;
tendió el cordón para fundar de nuevo el templo de Ra, en medio de un parque
rodeado de un cercado que impedía al populacho pisar el suelo sagrado. En este lugar
había nacido Ra, en el comienzo del mundo, cuando la tierra estaba sumergida
todavía en el océano de energía. Allí se hallaba la cuna de todos los dioses que
«habían comenzado a ser en el comienzo», allí se conservaba el huevo primordial.
«Yo hice que residiese allí Ra, el niño de pecho, señor de la isla del fuego»,
proclama Petosiris.
Pese
a tantos éxitos y tanta felicidad, Petosiris, como todos los seres humanos, hubo
de enfrentarse a la prueba de la muerte. Vio desaparecer a su hermano mayor, a su
viejo padre Sishu, para el cual practicó los ritos osirianos dándole un nuevo corazón,
abriéndole la boca y los ojos y haciéndolo veraz de voz, y luego hubo de deplorar
el deceso de su hijo menor, quizá a la edad de doce años.
¿Cómo
responder a tales pruebas, si no era construyendo una hermosa morada de eternidad
donde asociaba a su propia resurrección a los seres queridos? Gracias a los dioses
protectores, la tumba de Petosiris se ha conservado, mientras que el gran templo
de Tot fue desmontado piedra a piedra y arrasado.
La
región es de difícil acceso a causa de la presencia de integristas,
por lo que pocos
visitantes tienen la ocasión de descubrir este sorprendente monumento que tiene
el aspecto de un pequeño santuario, precedido por un altar «de cuernos», que revela
en realidad formas geométricas que encarnan la armonía de la creación.
En
el exterior, lo más asombroso es la mezcla entre los estilos egipcio y griego.
En
el basamento los personajes son helenísticos los temas egipcios. Asistimos a escenas de la vida cotidiana,
inspiradas de las mastabas del Imperio Antiguo, labores del campo, cosecha del
lino, ganadería, trabajo de los orfebres, de los carpinteros y perfumistas. El señor de hacienda Petosiris une el conjunto
de su personal a su eternidad feliz. Notable indicación, que confirma el
respeto de los antiguos egipcios hacia los animales: «El Verbo nutricio (Hu) se
halla en los bueyes, la intuición creadora (sia) en la vaca brillante». Seres vivientes, al igual que los humanos, encarnan,
sin deformarlas, las potencias divinas.
La
capilla propiamente dicha mide seis metros por siete y su espacio está ritmado por
dos filas de cuatro pilares. Los muros están cubiertos de textos tradicionales
y la iconografía prolonga el simbolismo de las antiguas moradas de eternidad,
creando una sensación de paz y recogimiento. Tres losas cubrían la entrada del
pozo funerario que conducía a vastas cámaras, a ocho metros por debajo del
nivel del suelo, donde reposaban Petosiris y sus allegados.
Como
ciertos faraones, el sabio gozaba de tres ataúdes, uno de piedra y dos de madera.
Por desgracia, la cripta fue saqueada, y subsisten sólo algunos elementos del mobiliario
funerario que demuestra su excepcional calidad. Una de las tapas estaba decorada
con jeroglíficos multicolores, cada uno formado por uno o más trozos de cristal
que imitaban a la turquesa, al lapislázuli, al jaspe, a la esmeralda y a la cornalina.
Esta maravilla necesitó un trabajo de una enorme precisión, y el alma de Petosiris
se alimentaba de esta sinfonía de colores que le permitían el acceso al reino de
los dioses. Por otro lado, cada una de las partes del cuerpo del gran sacerdote
de Tot se identificaba con una potencia divina: sus cabellos con Nun, el océano
de energía, su rostro con Ra, la luz creadora, sus ojos con Hator, el amor
celeste, sus oídos con Upwaut, el abridor de caminos del otro mundo, sus labios
con Anubis, su cuello con Isis, sus brazos con Osiris, su espalda con Nut, la
diosa-cielo, etcétera.
Petosiris
se había convertido en el ser cósmico, y, según el capítulo 42 del Libro para salir
al día, elegido para figurar en su sarcófago, podía afirmar: «No hay en mí ningún
miembro privado de un dios, y Tot es la protección de todos sus miembros...
Yo
soy aquél que estaba en el ojo sagrado cerrado, yo he salido, he brillado, he
vuelto a entrar y he vuelto a ver. Yo soy aquél que da forma con su ojo».
La
palabra «ojo» se forma con la raíz ir, «hacer, actuar, crear», y el Creador es,
en primer lugar, el que ve, y su mirada produce lo real. Elevado a la categoría
de sabio debido a la calidad de su visión, Petosiris fue venerado después de
morir y su tumba se convirtió en lugar de peregrinaje. En el basamento del muro
sur del pronaos figura un rito griego que muestra el sacrificio de un toro en honor
del gran sacerdote, considerado un héroe divinizado. Y una inscripción afirma:
«Yo invoco a Petosiris, él está hoy entre los dioses; es sabio y está unido a
los sabios».
En
la entrada de su tumba Petosiris envía un llamamiento a los vivos. Nos pide que
pronunciemos su nombre y que digamos, en voz alta: «Ofrenda de pan, vino, buey,
ocas, y todas las cosas buenas para el ka del señor de esta morada». A cambio de
este acto ritual, el sabio hará que estemos informados de las voluntades de
Dios y que avancemos en el conocimiento de su espíritu. Es útil, en efecto,
progresar por la vía de Dios, y grandes son las ventajas para quien cumple este
acto. Es
un monumento que se levanta a sí mismo, y pasa toda su existencia en el
gozo, pues caminar sobre las aguas de Dios proporciona felicidad. Son las aguas
de la vida hacia las cuales guía el corazón, y bienaventurado es aquel cuyo
corazón permanece firme en la vía divina. Se hace digno de veneración, y su ser
rejuvenece.
«Venid
—recomienda Petosiris—, yo os dirigiré por el camino de la vida.
Navegaréis
con viento favorable, sin accidentes, y llegaréis a la morada de la ciudad de
las generaciones, sin que vuestro corazón se pudra dentro de vosotros». Para alcanzar
esta ciudad de la eternidad, hay que hacer el bien en la tierra, tener en nuestro
corazón toda la noche el espíritu de Dios y levantarnos por la mañana con el deseo
de cumplir lo que él ama. «Es un monumento decir una buena palabra; y se nos tratará
de acuerdo a como hemos actuado».
Aquél
que actúe mal en la tierra será castigado en el otro mundo, ante los señores de
la justicia. Para evitar este desastre, es conveniente caminar por la ruta de
Tot, el dios del conocimiento, pues nada se realiza sin que él lo sepa. Un
único sin parangón, ha permanecido totalmente intacto desde el principio.
Separar
el bien del mal, la verdad de la mentira, son requisitos indispensables para
ser rectos, justos de corazón, y servir a Maat. Ahora bien, llegar a la morada
del Bello Occidente exige un corazón perfecto en la práctica de la rectitud.
Allí, cuando sea pesado en la balanza del juicio, no habrá distinción entre el
rico y el pobre.
Seguir
la vía de Dios no impide gozar de los placeres terrenales y saborear las alegrías
de la existencia. La espiritualidad egipcia no es mortificación ni ascetismo impuestos
en nombre de una moral dogmática o de una ideología fanática. Todo es cuestión
de justa medida, de armonía, de respeto de Maat, que puede residir en el corazón
de un ser con una condición: que cumpla con los ritos y participe en las fiestas.
Entonces, promete Petosiris, «amaréis la vida y olvidaréis la muerte».
La
escena principal de su tumba muestra a Isis y a Neftyys que resucitan al difunto,
que se convierte a la vez en Osiris y en el escarabeo, símbolo del renacimiento
del sol. Emite oro, que la gran maga Isis esparce ante los dioses. ¿Acaso la
tumba no es la morada del oro, el laboratorio alquímico en el que se efectúa la
transmutación esencial que hace morir a la muerte y la transforma en vida?
Osiris es el oro verdadero, la vida transfigurada, que se ha hecho inalterable.
Los
textos que explicitan este misterio están escritos de modo suficientemente complejo
para que el profano no sea capaz de leerlos. Petosiris tenía conciencia de que
entraba en una era en la que el poder político iría alejándose cada vez más de
la regla de Maat y de los valores ancestrales del Antiguo Egipto. A partir de
ahora, el pensamiento de los sabios deberá camuflarse bajo una escritura en
parte críptica y un cierto número de jeroglíficos mucho más importante que en
las épocas anteriores.
Al
hacer construir esta sorprendente morada de eternidad, Petosiris quiso afirmar su
fe en el porvenir. La asociación de estilos
griego y egipcio es un intento de conciliación de dos culturas, con la
esperanza de que el viejo Egipto, garante de los ritos esenciales, nutrirá a la
joven Grecia. Pitágoras y Platón, ¿no habían permanecido un tiempo en los
templos egipcios con el fin de que la filosofía griega dejase de ser un ruido
de palabras y se impregnase de un poco de sabiduría?
Esta
actuación conoció cierto éxito ya que, como veremos enseguida, la ciencia de
Tot se convirtió, en el mundo helenístico, en el hermetismo, cuyo contenido, en
gran parte egipcio, fue una de las fuentes principales del arte medieval en
Occidente.
Pese
a la ocupación extranjera, a pesar de un porvenir incierto, Petosiris, como un verdadero
sabio digno de sus antepasados, reafirmó los valores esenciales que había creado
su civilización. Y su enseñanza, como la de Imhotep y Ptah-Hotep, sobrevive al
tiempo y sigue teniendo una presencia deslumbrante.
ANK-SESONQUI

El sabio encarcelado
Un
papiro conservado en el British Museum nos cuenta la dramática historia de un
sacerdote de Ra de Heliópolis, llamado Ank-Sesonqui. Es
imposible, por desgracia, conocer con precisión la época en la que vivió. Sin
duda se trata del siglo IV a. C., bajo uno de los Tolomeos.
Los
griegos dirigen el país, asistidos por funcionarios egipcios. Las Dos Tierras ya
no van a ser libres nunca más, aun cuando la institución faraónica perdura, al menos
de manera formal. Los Tolomeos, y los emperadores romanos después de ellos, verán
todavía cómo sus
nombres figuran en
cartuchos, como si
fuesen auténticos faraones. Más adelante, el cartucho se quedará vacío
y, tras la invasión árabe, desaparecerá.
Ank-Sesonqui vivió
en el norte
del país, notablemente
helenizado. Pero los antiguos
cultos continúan vivos. Heliópolis, la muy antigua ciudad santa donde se concibieron
y formularon los Textos de las Pirámides, continúa celebrando el poder creador
de Ra. La sociedad ha cambiado mucho. La moneda ha sustituido al trueque, la
moral pública y privada se desmorona. El materialismo griego ha conquistado las
conciencias y corroído los antiguos valores. Sin embargo, los colegios de
sacerdotes conservan una relativa independencia y se construyen grandes templos
cuyos muros se cubren de textos. Estas bibliotecas de piedra, formadas por
jeroglíficos dotados de una vida autónoma, preservan los rituales que, más allá
de la extinción histórica de Egipto de los faraones, transmitirán la palabra de
los dioses.
Ank-Sesonqui
decidió ir a visitar a su amigo Harsiesis, que ocupaba en Menfis el ambicionado
cargo de médico jefe del rey. La entrevista le sorprendió enormemente; Harsiesis
le informó de que él y varios cortesanos habían decidido ¡derrocar al monarca!
Estupefacto e inquieto, Ank-Sesonqui se negó a participar en el complot y aconsejó
a su amigo que renunciase al insensato proyecto, destinado a fracasar.
Ni
él ni el amigo se dieron cuenta de que un servidor espía escuchaba lo que decían. Y se apresuró a informar al rey, que hizo detener
y ejecutar a los conspiradores. En cuanto a Ank-Sesonqui, fue encerrado en una
prisión por no haber informado inmediatamente al soberano. Pese a sus protestas
de inocencia y a su voluntad de impedir todo acto de rebelión, el infortunado comprendió
que su detención podía ser larga.
¿Qué
podía hacer, sino redactar sus pensamientos para su hijo, según el ejemplo de
los antiguos sabios? El preso pidió un rollo de papiro, pero sólo se le
concedió una paleta de escriba y trozos de jarra de barro. Asistido por un
servidor y alimentado correctamente, Ank-Sesonqui se puso a trabajar y formuló
sus consejos sin un orden concreto, dirigiéndose a todo el mundo y no sólo a
altos dignatarios.
La
guardia encargada de vigilarlo recogió los cascotes y los remitió al rey, que
los consideró suficientemente interesantes como para reunirlos en una Sabiduría.
Ésta conoció cierto éxito y ha llegado hasta nosotros.
Pragmáticamente,
el autor posee un sentido real de la fórmula y propugna una moral inspirada en
los antiguos. Cuando Ra, la luz divina, está irritado contra un país, observa
el sabio preso, el rey ignora la ley; la armonía, los ritos, el sacerdocio y la
justicia desaparecen, los valores se pierden. A los imbéciles se los coloca por
encima de los sabios, y el pueblo es maltratado. Los imbéciles y los locos
tienen un punto en común: es imposible educarlos
e instruirlos. Y si alguien trata de hacerlo,
¡lo desprecian y lo odian! «No instruyas a quien no quiera escucharte»,
recomienda Ank-Sesonqui. ¡Es mejor tener por descendencia una estatua que un
hijo idiota!
En
una época o en una situación difícil, ¿cómo debemos comportarnos? Pues examinando
cada problema en profundidad y tratando de comprender cómo surgió.
Todo
juicio precipitado es condenable. Así, es estúpido detestar a un individuo a causa
de su apariencia aun cuando no se sabe nada de él. Moderación y paciencia engendran
un buen corazón, capaz de percepciones justas.
Un
ser humano digno de este nombre debe, ante todo, servir. Pero ¿servir a quién?
En
primer lugar, a Dios, para que lo proteja; luego, como iniciado en los
misterios, a sus hermanos y a un sabio; finalmente, a su padre y a su madre.
Realista, Ank-Sesonqui
concluye: «Sirve a quien te sirve».
Decir
que se sabe todo es el colmo de la ignorancia. El deber de un ser humano consiste
en buscar la sabiduría tratando de ser sabios nosotros mismos. La verdadera riqueza
de un sabio es su palabra; pero, si consultamos a un sabio, ¡no hay que hacerlo
por una cuestión menor, olvidando el asunto principal! Y aún más deplorable es
el error que consiste en consultar a un idiota para preguntarle su opinión
sobre un asunto importante, ¡cuándo hay un sabio a quien preguntar! Y si se es
padre de una muchacha, vale más, para ella, un marido sabio y prudente que rico
y estúpido.
Ank-Sesonqui
recomienda no hablar nunca con precipitación, por temor a ofender al prójimo, y
decir siempre la verdad a todos los seres, no teniendo nunca dos discursos
diferentes.
Sin
la enseñanza de los sabios, la existencia se hace incoherente. Para recibirla, hace
falta madurez y rechazar la negligencia, evitando darnos a la buena vida, sobre
todo cuando se es joven, pues esta actitud conduciría a convertirnos en adultos
blandos y sin consistencia.
«No
arrojes una lanza si no eres capaz de controlar su trayectoria y su impacto», preconiza
Ank-Sesonqui. Ejemplo concreto: a menos que estemos seguros del éxito, no hay
que entablar un proceso contra quien dispone de medios superiores.
El
sabio condena el robo, la avidez y la avaricia. Ambicionar lo que posee el prójimo,
con la intención de robarle y de vivir de lo robado, es una falta grave.
Por
el contrario, es conveniente que adquiramos nosotros nuestros propios bienes. Y es mejor vivir en la propia casa que en una
gran mansión ajena.
Poseer
es inútil si no servimos a Dios y a la humanidad; las fortunas pueden desaparecer,
y sólo el hecho de servir a Dios produce la verdadera riqueza.
«No
te encargues de un asunto —recomienda Ank-Sesonqui— si no eres capaz de llevarlo
a término, y no te ocupes de una multitud de asuntos ajenos dejando a un lado los
tuyos». Maltratamos a un asno y acabamos
matándolo al cargarlo de ladrillos, es decir, con un peso demasiado grande.
Asumamos lo que somos capaces de llevar, y no más.
El
sabio no se casa con una mujer cuyo ex marido sigue vivo, pues éste se convertirá
necesariamente en un enemigo. El sabio no habla jamás con desdén de la mujer
amada y no hace elogios de la que detesta.
Dotado
con estos pensamientos, Ank-Sesonqui llegó a soportar su encarcelamiento. Sin
duda, el rey, satisfecho de la lectura, le devolvió la libertad.
Conclusión
EL CAMINO DE LOS SABIOS: DE IMHOTEP A HERMES TRIMEGISTO
Dirigido
de manera tiránica por extranjeros, el Egipto grecorromano presenció, pese
a todo, la edificación de magníficos templos, como los de Edfu, Dendera, Kom
Ombo o Esna, una nueva manera de expresión de lo sagrado en emplazamientos antiguos.
Negándose a mezclarse con el juego de la política y del poder, los colegios de
sacerdotes fueron suficientemente hábiles como para convencer a los ocupantes
de que les dejasen cumplir con los ritos y celebrar fiestas, prueba de la
existencia de paz civil.
Una
sola cuestión obsesiona a los últimos sabios de Egipto: ¿cómo transmitir la tradición
iniciática y el pensamiento de los antepasados?
Respuesta imperativa: formulando, cubriendo los muros de los templos de
rituales y de símbolos vivos.
En
el centro de esta estrategia, el dios Tot, patrono de los escribas y señor de
la lengua
sagrada. Secretario de Ra, la luz divina, conoce el secreto de éste. Gobernando
a las estrellas, regula el tiempo y lo organiza en años, estaciones, meses y
días. Señor de la sabiduría, del conocimiento y de las ciencias sagradas, era
«tres veces grande», e incluso «tres veces muy grande» en tanto que gran rey,
gran sabio y gran sacerdote.
Asimilado
al Hermes griego, encarnó a la antigua sabiduría sin la cual la existencia no
tenía ningún sentido y la sociedad de los humanos se hacía invivible.
Tot
redactó un gran libro destinado a los seres amantes del conocimiento y deseosos
de descubrirlo. En realidad, sólo un pequeño número aspira a percibir el mensaje
de los dioses y el misterio del universo. A los auténticos investigadores Tot-Hermes
les otorga sus enseñanzas, a condición de que sus esfuerzos no se relajen.
La
nueva capital de Egipto, Alejandría, fue un foco cultural en el que múltiples saberes
se encontraron. La antigua sabiduría egipcia
pudo proporcionar algún alimento a la joven filosofía griega, considerada por
Tot «un ruido de palabras y un discurso vacío, que vale sólo para producir
demostraciones».
Llenos
de luz y de significado espiritual, los jeroglíficos contenían la esencia de
todas las cosas. Algunos sabios trataron de transmitir su mensaje en lengua
griega a través de los Hermetica, rituales, himnos a los dioses y revelaciones
de su naturaleza, elogios a la realeza sagrada, tratados de filosofía, de
alquimia, de magia y de astrología, en los que el maestro espiritual, Hermes-Tot,
da sus enseñanzas a un discípulo, Asclepios [o Esculapio], ¡es decir, Imhotep!
Unidos
por el conocimiento de lo esencial, maestro y discípulo forman un todo, y Hermes
tres veces muy grande se convierte así en la última encarnación de Imhotep, el
primero y único maestro de obras del Antiguo Egipto que, a lo largo de más de
tres milenios, dictó a sus sucesores los planos de todos los templos.
«Egipto
es la copia del cielo —revela— o, mejor dicho, es el lugar al que se transfieren
y se proyectan aquí en la tierra todas las operaciones que gobiernan y ponen en
marcha las fuerzas celestes. E incluso, si hay que decir toda la verdad, nuestra
tierra es el templo del mundo entero».
En
Egipto, «único país donde los dioses habitan», fue donde se expresó la más influyente
de las sabidurías. Pitágoras, Platón e incluso
Moisés recibieron las enseñanzas de los iniciados en las ciencias de
Tot-Hermes. «El principio —decía—hace aparecer todas las cosas, pero él mismo no
se deja aparecer en absoluto; engendra, pero él no es engendrado. Las energías
son como los rayos de Dios». El poder mágico está repartido por el universo y,
a través de él, circula la vida.
¿Qué
es realmente conocer, sino aprehender intuitivamente el plan divino que distribuye
todas las cosas y pone orden en el universo, demasiado vasto como para ser
analizado y diseccionado? La pirámide es una perfecta ilustración de este plan
de obras. El tetraedro simboliza la coherencia necesaria para la manifestación
de la vida y, en la cúspide de este monumento de eternidad, domina el Verbo.
Precediendo
en dos milenios las investigaciones más avanzadas, Tot-Hermes afirma: «El
tiempo nace a la vez continuo y discontinuo, aun permaneciendo uno y el mismo».
Si cada persona admite, esperemos que sea así, que «el vicio del alma es la ignorancia»,
numerosos humanistas se sorprenderán al saber que «la vida no consiste en el hecho
de nacer, sino en la conciencia». Sin duda,
en el momento de su nacimiento físico, todos los seres reciben la capacidad de
conocer, pero a cada uno le toca poner en marcha esta potencialidad por el modo
en que vive. No hay utopía peor que el igualitarismo, talmente opuesto a la ley
de la vida, que causa la infelicidad de los individuos y de las sociedades.
Según
los textos herméticos, inspirados en la ciencia de Tot, el verdadero nacimiento
se produce con ocasión de la iniciación a los misterios. «Imagina que tú estás
en todos los sitios a la vez —recomienda Tot-Hermes—, en la tierra, en el mar, en
el cielo, que todavía no has nacido, que estás en el vientre materno, que tú
eres adolescente, viejo, que has muerto y que estás más allá de la muerte. Si
tú abrazas con el pensamiento todas estas cosas a la vez, tiempo, lugares,
sustancias, calidades, cantidades, tú entonces puedes comprender a Dios».
Es
imposible, en esta obra, mencionar todos los aspectos del hermetismo, que sirvió
de correa de transmisión entre el pensamiento del Antiguo Egipto y el esoterismo
occidental. Los constructores de catedrales
conocían bien los escritos herméticos y los utilizaron, tanto en la
arquitectura como en la escultura.
En
medio del pavimento de la catedral de Siena (Italia), que data de 1488, en la
entrada de la nave, figura un viejo barbudo, tocado con una mitra, vestido con
una larga túnica y una capa. La inscripción revela su identidad: Hermes
Trimegisto. A lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII los alquimistas no lo
olvidaron; luego la francmasonería, al menos en su aspecto iniciático,
preservará una parte de su mensaje. Y en 1822, cuando descubra la clave de la escritura
de los jeroglíficos, Jean François Champollion abrirá el gran libro de Tot.
Tot-Hermes
era un vidente y un profeta. Así, anunciaba el tiempo en el que Dios abandonaría
a Egipto y volvería al cielo. Y lo que es peor, «Egipto, que enseñó a los hombres
la santidad y la piedad, dará ejemplo de la más atroz crueldad». El sabio será considerado
un loco; el loco, un sabio; el peor criminal pasará por un hombre de bien.
Guerras,
violencia, bandidaje y mentiras serán el destino cotidiano de la humanidad que
despreciará la armonía del universo, obra del Gran Arquitecto, y se preferirán
las tinieblas a la luz. El sabio predice incluso un desastre ecológico: «La
tierra perderá su equilibrio, el mar ya no será navegable, el cielo ya no
estará surcado por los astros, toda voz divina se verá forzada al silencio y se
callará: los frutos de la tierra se pudrirán, el suelo ya no será fértil, el
propio aire se adormecerá en un embotamiento lúgubre». Diluvio, fuegos destructores y epidemias postrarán
a los desesperados humanos.
Sin
embargo, desafiando todo parecido si nos referimos al estado de nuestro mundo,
Tot-Hermes piensa que los dioses volverán y se instalarán en el límite extremo
de Egipto, por el lado del sol poniente. Allí confluirán todos aquéllos que hayan
sobrevivido a los distintos cataclismos.
Mientras
esperamos este momento milagroso, ¿dónde hallar el último refugio de los
dioses en esta tierra? La respuesta es clara: en la necrópolis de Menfis y, más
concretamente, en el interior de la tumba de Imhotep.Una
tumba cuyo emplazamiento todavía no ha sido hallado.
Dinastías y faraones
ÉPOCA PREDINÁSTICA
Hacia
3300 a 3150
(la
cronología y los nombre de los reyes son hipotéticos.)
Rey
Escorpión (o Iry)
Sjen
(o Ka)
Narmer
ÉPOCA ARCAICA
I-II DINASTÍAS, HACIA 3150-2690
(las
fechas son hipotéticas.)
Menes
(3150-3125)
Aha
(3125-3100)
Atoti(?)
Dyer
(3050-3053)
Uadyi
(3055-30W)
Den
(3050-2995)
Addyib
(2995-?)
Semerjet
(?-2950)
Qaa
(2960-2926)
II DINASTÍA (2925-2700)
Hotepsejemuï
(2925-?)
Nebra
Nineter
[o Ninetjer]
Uneg
Sejemib
Peribsen
Sened
Neferkara
Neferkasokar
Hudyefa
Jasejemui
(hacia 2700-?)
IMPERIO ANTIGUO
III
A VI Dinastías, 2690-2181
(fechas
hipotéticas)
III DINASTÍA (2690-2613)
Nebka-Sanajt
[o Zanajt]
(o
Nebka, Sanajt [o Zanajt]) (2690-2670)
Zóser
[o Djoser] (2670-2650)
Sejemjet
(2650-2643)
Jaba
(2643-2637)
Neferkara
Huni
(2637-2613)
IV DINASTÍA (2613-2598)
Snefru
[o Esnofru] (2613-2589)
Keops
(2589-2566)
Djedefre
(2566-2558)
Kefrén
(2558-2532)
Baufre
(?)
Micerinos
(2532-2504)
Shepseskaf
(2504-2500)
V DINASTÍA (2500-2491)
Userkaf
(2500-1491)
Sahura
(2491-2477)
Neferirkare-Kakai
((2477-2467)
Shepseskare-Isi
(?)
Neferefre
(2460-2453)
Niuserre
(2453-2422.)
Menkauhor
(2422-2414)
Djedkate-Izezi
(2414-2375)
Unas
[o Unis] (2375-2345)
VI DINASTÍA (2345-2181)
Teti
(2345-2333)
Userkare
(?)
Pepi
I (2332-2283)
Merenre
(2283-2278)
Pepi
II (2278-2184)
Merenre
II (2184 ?)
Nitocris
(2184-2181)
PRIMER PERÍODO INTERMEDIO
De
la VII Dinastía a la primera parte de la XI Dinastía.
La
duración del período es muy variable según los autores (de cien a ciento noventa años).
La frontera cronológica
entre fines de
esta agitada época
y el comienzo real del Imperio
Medio es difícil de establecer, se estima que la primera parte de la XI
Dinastía, cuyos soberanos reinan sólo en Tebas, pertenece todavía al Primer
Período Intermedio, y que el Imperio Medio sólo comienza con la segunda parte
de la XI Dinastía, durante la cual Mentuhotep reunifica las Dos Tierras.
VII DINASTÍA
Numerosos
faraones desconocidos, fechas muy difíciles de concretar.
VIII DINASTÍA
Unos
veinticinco faraones cuyo orden de sucesión y fechas son inciertos.
IX Y X DINASTÍAS (HERACLEOPOLITANAS)
Unos
dieciocho faraones; misma observación que para la dinastía anterior.
Mencionemos
a dos reyes: Jeti (hacia 2160) y Menkare (hacia 2070).
XI DINASTÍA
Mentuhotep
[o Montuhotep] I (2133-?)
Intef
I
Intef
II (2188-2069)
Intef
III (2069-2060)
IMPERIO
MEDIO
XI
y XII Dinastías
(fechas
discutibles)
XI DINASTÍA (2ª PARTE)
Mentuhotep
II (2060-2010)
Mentuhotep
III (2009-1997)
Mentuhotep
IV (1997-1991)
(y
otros faraones todavía no clasificables)
XII DINASTÍA (HACIA 1991-1785)
Amenemhat
I (1991-1962)
Sesostris
I (1962-1928)
Amenemhat
II (1928-1895)
Sesostris
II (1895-1878)
Sesostris
III (1878-1842)
Amenemhat
III (1842-1797)
Amenemhat
IV (1797-1790)
Neferusobek
[156] (1790-1785)
SEGUNDO PERÍODO INTERMEDIO
XIII-XVII Dinastías
Período
de la invasión de los hicsos en el norte, mientras que los reyes egipcios continúan
reinando en el sur.
Este
período agitado y mal conocido dura de 1785 a 1570.
La
XIII Dinastía comprende a más de sesenta faraones, entre ellos un linaje de Sobejotep;
la XIV, más de setenta (ciertos nombres son probablemente ficticios); la XV
Dinastía agrupa a seis reyes hicsos; la XVI, el nombre de sus vasallos.
Para
Vernus y Yoyotte la XVII Dinastía sucede a la XIII hacia 1650 y reina sobre el
Alto Egipto, ya que el resto del país está bajo la dominación de los hicsos. La XVIII
Dinastía termina con el reinado de Kamose, que inicia la guerra de liberación, que
el primer faraón de la XVIII Dinastía, Ahmose, llevará a término en 1570. Para
E. Hornung, la XIII Dinastía (que reina en Lisht y en el Alto Egipto) y la XIV
Dinastía (que reina en el Delta) siguen formando parte del Imperio Medio, solución que no
hemos hecho nuestra en la medida en que esos tiempos agitados son característicos
de un período «intermedio», que conoce al mismo tiempo disturbios interiores e
invasiones.
IMPERIO NUEVO
XVIII A XX DINASTÍAS
(fechas
discutibles)
XVIII DINASTÍA (1570-1293)
Ahmose
(o Amosis) (1570-1546)
Amenhotep
I (o Amenofis) (1551-1524)
Tutmosis
I (1524-1518)
Tutmosis
II (1518-1504)
Hatshepsut
(1498-1483)
Tutmosis
III (1504-1450)
Amenhotep
II (1453-1419)
Tutmosis
IV (1419-1386)
Amenhotep
III (1386-1349)
Amenhotep
IV/Akenatón (1350-1334)
Esmenjkare
(1336-1334)
Tutankamón
(1334-1325)
Ay
(1325-1321)
Horemheb
(1321-1293)
XIX DINASTÍA (1293-1188)
Ramsés
I (1293-1291)
Setí
I (1291-1278)
Ramsés
II (1279-1212)
Meremptah
[o Merneptah] (1212-1202)
Seti
II (1202-1196)
Amenmose
(1202-1199)
Siptah
(1196-1188)
Tauseret
(1196-1188)
XX DINASTÍA (1188-1069)
Setnajt
(1188-1186)
Ramsés
III (1186-1154)
Ramsés
IV (1154-1148)
Ramsés
V (1148-1144)
Ramsés
VI (1144-1136)
Ramsés
VII (1136-1128)
Ramsés
IX (1125-1107)
Ramsés
X (1107-1098)
Ramsés
XI (1098-1069)
En el
año XIX de
Ramsés XI (1080
o 1079) es
proclamada la era
de la «renovación
del nacimiento», por parte de Herihor, gran sacerdote de Tebas que se convierte
en faraón en Tebas (1080-1072), seguido por Pianj (1072-1070), mientras que
Ramsés XI continúa reinando en el norte.
TERCER PERÍODO INTERMEDIO
XI A XXV DINASTÍAS
(fechas
discutibles)
XXI DINASTÍA (1069-945)
Esmendes
(1069-1043)
Amenemnesut
0043-1039)
Psusenes
I (1040-993)
Amenemope
[o Amen-em-Opet] (993-984)
Osorcón
el Viejo (984-978)
Siamón
(978-959)
Pinedyém
[o Pinudyém] l (1054-1032),
rey,
tras haber sido gran sacerdote de Tebas.
XXII DINASTÍA (945-730), LLAMADA «LIBIA»
Sesonquis
I (945-924)
Osorcón
I (924-889)
Sesonquis
II (890-889)
Takelot
I (889-874)
Osorcón
II (874-850)
y
Harsiesis [o Harsaiset] (870-860), rey,
tras haber sido gran sacerdote de Tebas.
Takelot
II (850-825)
Sesonquis
III (825-773)
Pimay
(773-767)
Sesonquis
V (767-730)
XXIII DINASTÍA (818-715), LLAMADA «LIBIA»
Se reconocen
diferentes linajes de
faraones en el
Alto y Bajo Egipto; la cronología
es imprecisa y discutida, y la duración de los reinados no se ha establecido con
certeza.
Petubastís
l (818-793)
Iuput
I
Sesonquis
IV
Osorcón
III (787-757)
Takelot
III (764-757)
Rudamón
(757-754)
Iuput
II
Peftanauybast
(740-725)
Dyeutiemhat
Nemalot
Padinemti y
Osorcón IV (730-715) (?)
XXIV DINASTÍA (730-715) (EN EL DELTA)
Tefnajt
[Tecnactis] (730-720)
Bocoris
(720-715)
XXV DINASTÍA (750-656), LLAMADA «ETÍOPE»
Kashta
(750-747) (¿ocupa Tebas?)
Pianji
(747-715)
(715
indica la conquista de todo Egipto por Pianji)
Shabaka
[o Shabako] (715-702)
Shabataka
(702-690)
Taharqa
(690-664)
Tanutamón
(664-656)
Y
pequeños soberanos en el Delta:
Gemnef-Jons-Bak
(Tanis)
Petubastis
II (Tanis)
Penamón
(Delta occidental)
Neshepsos
(Sais)
BAJA ÉPOCA
XXVI
Dinastía hasta la conquista de Alejandro Magno (fechas fiables)
XXVI DINASTÍA (672-525), LLAMADA «SAÍTA»
Necao
I (672-664)
Psamético
I (664-610))
Necao
II (610-595)
Psamético
II (595-589}
Apries
{589-570}
Amasis
(570-526}
Psamético
III (526-525}
XXVII DINASTÍA: PRIMERA OCUPACIÓN PERSA
Cambises
II (525-522}
Darío
I {522-485}
Jerjes
I {485-465}
Artajerjes
I (465-424}
Darío
II (424-405)
XXVIII DINASTÍAAmirteo (405-399)
XXIX. DINASTÍA (399-80}
Neferites
I £99-380}
Psamutis
(393}
Acoris
(393-380}
Neferites
(380}
XXX DINASTÍA
Nectánebo
l (380-362}
Teo
(362-360)
Nectánebo
II (360-342)
342
333: segunda ocupación persa (a veces se la denomina Dinastía XXXI)
30
a. C.-395 d. C.: Egipto, provincia romana.
395-639:
Egipto bizantino y copto.
639:
invasión árabe
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Que era el escriba
Jonsu-Hotep
[2] En ciertas escenas de
la vida cotidiana de Amarna, ¡todos los personajes están representados con
las mismas características físicas!
Teniendo en cuenta
que el conjunto de la población no está afectado por
el mismo mal, debemos llegar a la conclusión de que nos hallamos en presencia
de criterios artísticos relacionados con Atón, marcando un deseo de
originalidad y una ruptura con el admirable estilo de los reinos anteriores.[
3] El «pequeño himno a
Atón» estaba grabado en cinco tumbas de Amarna y el «gran himno» en la de Ay.
[4] Sin aportar pruebas
convincentes, ciertos egiptólogos no dudan en afirmar que Tutankamón era el hijo de Akenatón y Nefertiti.
[5] Horemheb significa
«Horus en fiesta». Según sus otros nombres, es también «el Amado de Amón», «el
Elegido de Ra» y «Sagradas son las mutaciones de la luz divina (Ra)». Vemos el
equilibrio deseado entre la divinidad mayor, Ra, y «el dios oculto», Amón, que
forman juntos la entidad Amón-Ra, secreto y transmisión de la luz creadora. Los
ramésidas continuarán aplicando este simbolismo: por ello a veces se estima que
Horemheb, último faraón de la XVIII Dinastía, fue también el fundador de la
XIX. Reinó de 1321 a 1293 a. C.
[7] Su título lo situaba
como sucesor de Tutmosis III y de Amenhotep III. Heredero y símbolo de Ra, la
luz divina, Seti I era el encargado de reafirmar la regla. «Toro poderoso que
aparece en Tebas», se relacionaba con el ka de sus antepasados y debía alimentar
a las Dos Tierras. Amado de Ptah, le iba a tocar un destino de onstructor.
[8] Amón, Re-Harakhty,
Ptah, Osiris, Horus y el ka de Seti I convertido en antepasado. Así se
representan los tres grandes centros espirituales, Heliópolis (Re-Horakty),
Mentís (Ptah) y Tebas (Amón), a los que se añade la tríada osiriana.
[9] Conocido por el nombre
de templo de Gurna
[11] Simbolizan a la pareja
primordial, Shu, el aire luminoso, y Tefnut, el fuego creador
[12] Algunos consideran que
esta tumba es la más bella de las creadas por los artesanos egipcios.
Restaurada gracias a los fondos de la Fundación Getty, de Los Angeles, hoy es
accesible sólo a un pequeño número de visitantes durante pocos minutos.
[13] El dios que permite
«deslizarse» en los espacios subterráneos y esperar la eternidad osiriana.
[14] e denomina así al
monumento funerario del faraón Shepseskaf (IV Dinastía, hacia 2504-2500 a. C.).
Tiene la forma de un gigantesco sarcófago y las dos piezas que lo componen
recuerdan el interior de las pirámides de Kefrén y Micerino.
[15] Setne deriva de sem,
setem, «el sacerdote sem», encargado de realizar el ritual de
apertura de la boca, función que ocupó con
frecuencia el hijo de Ramsés; y Jamois es una simple adaptación fonética de su
nombre.
[16] Era la hija del faraón
Psusenes I (1040-993 a. C.). Su sarcófago de madera, con el rostro grabado y en
pan de oro, fue hallado en 1875, en los escondrijos de Deir el-Bahari
[17] Estas capillas habían
sido construidas en la colina de Dyeme, donde reposaban los dioses
primordiales, devueltos a la luz con ocasión de determinados rituales.
[18] La ciudad de Tot.
Jemenu, «la ciudad del Ocho (la ogdóada creadora)», cuyo nombre árabe es
Ashmunein.
La traducción de los
textos de la tumba de Petosiris es de Gustave Lefebvre.
[20] Suponemos que el autor
se refiere a integristas musulmanes, relativamente activos en Egipto en los
últimos años.
También escrito
Anjsheshonqy.
[22] Uno de los discípulos
de Hermes, Tolomeo, constataba: «Yo sé que he nacido mortal, criatura de un
día. Pero cuando trazo en mi espíritu las espirales sinuosas de las estrellas,
mis pies ya no tocan el suelo, yo festejo con Zeus, lleno de ambrosía, alimentado
como lo están los propios dioses».
[1] Como se puede ver en
un extra de Le Nouvel Observateur, nº 47, 2002, «La sabiduría hoy»:
«Presentarse como sabio no sería hoy más que una postura, o una ilusión
narcisista y elitista» (A. Boyer, p. 70); «Detestable sabiduría» (E.
Roudinesco, p. 88); «Ya no necesitamos esta palabra que huele a cerrado, la
tradición» (J. Gayón, p. 95); «Todas nuestras modas intelectuales han repudiado
deliberadamente, pacientemente, concienzudamente, la sabiduría» (R. Girard, p.
22). Tales constataciones hacen
incluso más necesaria una historia de los sabios de Egipto.
[2] Véase H. Brunner, Die Weisheitsbücher der Ägypter. Lehren für das Leben, Munich 1991; C. Jacq, La
sagesse vivante de l’Egypte ancienne, París, 1998; P. Vernus, Sagesses de
l’Egypte pharaonique, París, 2001; J. Quagebeur, «Les Saints égyptiens
préchrétiens», Orientalia Lovaniensia Periódica, Lovaina, 8, 1977, pp. 129-143.
[3] La palabra «faraón»
deriva del egipcio per a‘a , «el gran templo».
[4] Otra interpretación es
«aquél que viene de la región de la plenitud» (Annales du Service des
Antiquités de l’Égypte, 66.1987, p. 125 y ss.).
[5] Este pedestal de estatua se conserva en el
museo de El Cairo (JE 49889). El significado de algunos de los títulos de
Imhotep sigue siendo oscuro.
[6] Se conocen siete
pequeñas pirámides escalonadas, que datan todas ellas de la III Dinastía, del
Egipto Medio hasta Elefantina, la gran ciudad del sur. Su función sigue siendo enigmática:
¿símbolos del poder
real, modelos reducidos
de arquitectura, evocaciones del
montículo primordial surgido del océano de energía en el momento de la
creación?
[7] Lo acompaña, por
primera vez, su madre Jeredu-aj, y su esposa, Renpet-neferet, «el buen año». Su
padre se llamaba Ka-nefer, «el poder de creación realizado a la perfección».
Por una inscripción de Deir el-Bahari, Imhotep habría nacido en Menfis el 16
del tercer mes de la estación shemu (el verano), es decir, aproximadamente el 6 de
junio
[8] También llamado
Snéferu. (N. del T.)
[9][9]
El término nefer, perfección, significa igualmente «el bien, lo bueno, lo
bello, la perfecta realización». Maestro de Maat, a Snefru se lo califica
asimismo como «aquél que existe perpetuamente en perfección» (unen-neferu), a
saber, el epíteto principal de Osiris, «el ser perpetuamente regenerado».
[10] Las tres
grandes pirámides de
Snefru corresponden aproximadamente a un volumen
de 3.682.500 metros cúbicos, y la gran pirámide de Keops, a 2.600.000 metros
cúbicos.
[11] No parece que
Hordyedef haya sido faraón, aun cuando su nombre está inscrito en el interior
de un cartucho en un graffito de Widi Hammimet. Una estela llamada «falsa
puerta», conservada en el Museum of Fine Arts de Boston (29-2-37) muestra a Hordyedef
cuando respira una flor de loto, acto ritual que solía ser realizado sobre todo
por sacerdotisas. El texto indica: «Que la voz salga para él en plena fiesta,
cada día»
[12] Llamado, poco
afortunadamente, Libro de los muertos.
[13] Esculturas etruscas
en terracota, procedentes
de un templo
de Mater Matuta (Museo Etrusco, Roma) prolongan el simbolismo
egipcio. Vemos, en efecto, una comunidad de siete sacerdotisas de diferentes
tamaños, que representan a los siete grados.
[14] Texto y traducción: C. Jacq, Les
Maximes de Ptah-Hotep. L’enseignement d’un sage en temps des pyramides , 2004.
[16] La pirámide, que mide
43 metros de altura y 57 de lado, se llama Nefer-sut , «la Belleza de los lugares»
[17] En egipcio, Waset, la
«ciudad del cetro poderoso».
[18] Hacia 1878-1842 a. C.
según una de las hipótesis, pues la duración del reinado (entre diecinueve y
treinta y nueve años) sigue siendo objeto de discusión.
[19] O bien «el segundo
[hermano] de Osiris». Los otros cuatro nombres de Sesostris eran «Divino de
transformación», «El que se transforma», «Divino de nacimientos», «la potencia
creadora de la luz divina aparece».
[20] Por el contrario,
ningún rey varón podía reinar sin gran esposa real, ya que Faraón es
fundamentalmente una pareja que reúne a las dos polaridades principales de la creación.
[21] Los otros tres nombres
eran «Rica en poder creador» (useret-hekau), «Verde por sus años»
(wadyet-remput) y «Divina de apariciones» (neteret-ja‘u).
[22] 1498-1483 a. C. La
tradición le atribuye veintiún años y nueve meses de reinado, haciendo remontar
su inicio a la época de la regencia.
[23] Senenmut fue asimismo
el preceptor de la hija de Hatshepsut, Neferure. Se le dedicaron estatuas-cubos,
una especie de piedras cúbicas de las que surgen las cabezas del preceptor y de
su alumno, simbolizando el despertar de la conciencia que nace de un material
purificado. Amigo único, iniciado en los secretos de Amón, maestro de todas las
obras de Faraón, Senenmut se hizo excavar dos tumbas. El techo de una de ellas
está decorado con notables representaciones astronómicas (Deir el-Bahari nº 353). Está muy discretamente representado en Deir
el-Bahari, cuyo constructor fue, probablemente, pues no estaba destinado a ser visto,
deseando únicamente asociarse en secreto al culto de su soberana. Véase P. F. Dormán,
The Monuments of Senenmout, Londres-Nueva York, 1988, y The Tombs of Senenmut,San Antonio, 1991
[24] Una de las designaciones
más corrientes del faraón es hem «el servidor»
o «sirviente».
[25] El martilleo de las marcas de ciertos nombres
de Hatshepsut sigue siendo un enigma. La efigie y los títulos de la
reina-faraón siguen estando visibles en lugares de fácil acceso, ¡pero están
borrados en lugares retirados y poco accesibles! En Deir el-Bahari, su templo
de los millones de años, su ka está intacto, garantizando su vida eterna. Hablar
del odio y de la
venganza de Tutmosis
III hacia Hatshepsut
es inexacto. Es probable, por otro lado, que la mayoría de los
martilleos hayan sido ejecutados en la época de Ramsés II, por razones todavía
oscuras.
[27] La elección del
animal, el toro (ka), marca la predilección por la energía creadora que
alimenta las grandes obras.
[28] Dyeser-ja’u. Como
Hatshepsut, Tutmosis III se refiere a su glorioso antepasado. El faraón Zóser,
«el Sagrado» por excelencia.
[29] Edificó monumentos en
el Delta, en Heliópolis, en Abydos (véase KMT 8/4, 1997, p. 48 y ss.), en
Dahshur, en Medamud, en Erment, en Tod, en Karnak, en Esna, en El-Kab, en Edfu,
en Kom Ombo, en Elefantina y en Nubia.
[30] J.-M. Kruchten, Les
Annales de prêtres de Karnak (XXIe.-XXIIIe dynasties) et autres textes
contemporaines relatifs à
l’initiation des prêtres
d’Amon , Lovaina, 1989. A lo
largo de un período de unos doscientos años se cuentan sólo ochenta iniciaciones.
[32] Amenhotep II
(1453-1419 a. C.) y Tutmosis IV (1419-1386 a. C.).
[33] 1386-1349 a. C.
Recordemos que el nombre concreto es Amenhotep, «Amón está en plenitud», y no
Amenofis.
[34] En el lugar de Qurnat
Murrai.
[35] Bajo el nombre de
Itit. Se le atribuyó asimismo Apis como padre y Seshat como madre
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